Ídolos del abuso, símbolos de poder
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Julio y Donald. Ilustración: especial.
“Los dos son hijos de un fascismo recalcitrante: Trump, heredero de una fortuna; Iglesias, el futbolista que el franquismo apadrinó para convertirse en la imagen manufacturada de una época…”
POR NANCY CASTRO
MADRID. Mucho tienen en común Julio Iglesias y Donald Trump. Ambos pertenecen a una generación en la que los abusos de poder eran permitidos porque no se miraban, porque no se nombraban. Figuras contemporáneas que parecen encarnar una época en la que la impunidad —sexual, económica, simbólica— formaba parte de un ejercicio normalizado del poder. Ante los ojos de las autoridades eran intocables. Hoy, al menos, se puede hablar; y en muchos casos, afortunadamente, hay reparación y justicia para las víctimas.
Los dos son hijos de un fascismo recalcitrante: Trump, heredero de una fortuna; Iglesias, el futbolista que le franquismo apadrinó para convertirse en la imagen manufacturada de una época. No era cantante: fue una figura construida. Ambos, cobijados por sus privilegios, pasaron la juventud haciendo y deshaciendo bajo una impunidad blindada por el silencio. De eso no se habla.
El martes 13 de enero se dio a conocer la denuncia contra Julio Iglesias presentada por dos ex trabajadoras domésticas de propiedades que el cantante posee en República Dominicana y Bahamas. La acusación colocó bajo escrutinio a una figura que consolidó su fama como intérprete de la balada romántica, ícono del espectáculo latinoamericano entre las décadas de los setenta y los noventa.
En ese contexto debe leerse la presea entregada por Corina Machado a Donald Trump...”
De acuerdo con la denuncia, Laura y Rebeca —nombres ficticios— habrían sufrido múltiples formas de violencia: sexual, racista, psicológica, física y económica, entre enero y octubre de 2021, mientras trabajaban para el acusado. A Laura la obligó toda una noche a hacerle la felacion por los intensos dolores debido a un tumor en la espalda, le metía los dedos por todos lados, la abofeteó y amenazó. A Laura en sus sesiones de fisioterapia, le profirió tocamientos sin consentimiento, le apretó los pezones y la humilló.
“La casita del terror” es como, según los testimonios, se referían al lugar las empleadas de menor rango. Incluso dentro del trabajo doméstico existía una jerarquía rígida: algunas acompañaban, otras eran fisioterapeutas, otras jefas de servicio encargadas de ejecutar órdenes sobre quienes realizaban las labores más precarias.
Según el relato, Iglesias las habría agredido y acosado sexualmente, revisaba de manera habitual sus teléfonos, les prohibía salir de la casa y les imponía jornadas laborales de hasta dieciséis horas diarias, sin días de descanso ni contrato.
Durante décadas, esa conducta quedó disuelta en aparentes bromas ante la cámara y en anécdotas del seductor impenitente. La leyenda del casanova quedó fijada en la cultura popular. El propio Iglesias escribió en su autobiografía que su cuerpo necesitaba “hacer el amor todos los días, todas las noches”, y que eso lo hacía sentirse “un poco árabe, un poco como el jeque que en ocasiones escriben de mí los periódicos”. Su fijación con los tríos fue relatada por su exnovia Vaitiare Hirshon en Muñeca de trapo (2010): “Cada noche hay una mujer distinta en nuestra cama”. En ese mismo libro se menciona una escena en la que Iglesias mantuvo relaciones sexuales con una menor de 16 años en Galicia.
El poder masculino, cuando se normaliza, no distingue geografías ni industrias. En el caso de Donald Trump, a lo largo de los años han surgido múltiples señalamientos vinculados a su relación con Jeffrey Epstein y Ghislaine Maxwell.
Al menos seis mujeres han declarado que fueron presentadas a Trump por Epstein en contextos de grooming y abuso. Una de ellas era menor de edad. Cerca de veinte mujeres han acusado públicamente a Trump de manoseos, besos forzados o agresiones sexuales; conductas de las que el propio Trump se jactó en su momento, asegurando que su celebridad lo hacía intocable.
En 2023, la escritora E. Jean Carroll ganó una sentencia civil contra Trump por abuso sexual y difamación. A pesar de enfrentar decenas de cargos, Trump continúa siendo tratado como un actor político legítimo, incluso simbólicamente premiado en un sistema que insiste en separar el poder de la responsabilidad ética.
Este ciclo no es nuevo: es la consecuencia directa del anterior. La dificultad para erradicar estas prácticas evidencia hasta qué punto la violencia fue —y sigue siendo— estructural. Cambian los discursos, se actualizan las plataformas, pero los mecanismos de encubrimiento persisten. Nombrar, señalar, denunciar no es revancha: es memoria. Y sin memoria no hay posibilidad real de ruptura.
En ese contexto debe leerse la presea entregada por Corina Machado a Donald Trump. En el plano simbólico —porque el título de “Nobel de la Paz” es, por definición, intransferible— el gesto no puede entenderse sino como un acto meramente protocolario: una escenificación vacía que imita la liturgia del prestigio sin sostener su legitimidad. No se trata del galardón institucional, sino de su simulacro: un reconocimiento moral fabricado desde el mismo entramado de poder que ha tolerado —cuando no ejercido— la violencia, la exclusión y la impunidad.
¿De verdad estos son los íconos que se pretenden establecer como fidedignos? ¿Qué valor tiene una condecoración cuando quien la concede y quien la recibe comparten historiales atravesados por denuncias, abusos y la normalización del daño? El problema no es únicamente quién porta el símbolo, sino quién se arroga el derecho de otorgarlo y bajo qué lógica se vacía y se redefine una noción tan frágil y tan necesaria como la de “paz”.
Así, Julio Iglesias y Donald Trump no aparecen solo como individuos, sino como íconos de un mismo linaje: el del fascismo revestido de glamour, dinero y carisma. Uno desde la balada romántica, el otro desde la política-espectáculo, ambos protegidos durante décadas por estructuras que confundieron éxito con impunidad y prestigio con silencio. Sus trayectorias no son anomalías, sino síntomas. Nombrarlos no es un acto de escándalo, sino de memoria: la constatación de que el poder, cuando no se cuestiona, sigue premiándose a sí mismo, aun cuando su historia esté escrita sobre cuerpos vulnerados.















