POR LETICIA CALDERÓN CHELIUS

La reputación es una de las cualidades que más define a las personas. Una buena reputación es un bien preciado que se cuida y cultiva. Es la suma de lo que nos hace respetables y decentes y lo contrario, la mala reputación, nos pinta como inaceptables y hasta detestables. Las personas construyen su reputación a partir de lo que proyectan en su hacer cotidiano más la suma de sus actos, por eso, la reputación se va construyendo y tiene matices, cambia, mejora o empeora y cuando es mala, hasta puede redimirse, pero implica grandes sacrificios, casi apostólicos, lo cual francamente esta difícil.

 

Sin que todo sea blanco o negro, la reputación suele cargarse hacia algún lado.  Su complejidad estriba en que una “mala imagen” también puede ser algo planeado con la intención de imprimir miedo y distancia para poder actuar sin ningún escrutinio cercano. Por eso, algunos alimentan la mala reputación que sus actos han construido como una forma de hostilidad premeditada. Por su parte, para quien tiene una reputación dañada es muy difícil que aunque pretenda que se le vea diferente, pueda cambiar de un día al otro. Por tanto, la reputación puede ser una loza sobre nuestros hombros o unas pantuflas para caminar suavemente por la vida.

Un ejemplo para entender el alcance de la reputación construida en el tiempo es lo que pasa con tantos y tantos políticos que se presentan socialmente como redimidos pero que no hay forma que puedan convencer ni a su madre. Así pasó recientemente con el caso de la diputada del PRI, Sandra Vaca, ex representante del líder de ese partido en Ciudad de México, Cuauhtémoc de la Torre, acusados ambos de inducir a la prostitución a mujeres que desconocían sus intenciones.  A la señora su partido la intentó instalar de presidenta de la Comisión Legislativa de la Ciudad de México de Atención al Desarrollo de la Niñez. La furia colectiva que desató este nombramiento permitió que se revirtiera semejante burla y que finalmente se corrigiera dicho nombramiento. Su reputación la exhibió y aunque ha ido librando obstáculos con ayuda de sus aliados igualmente de reputación por los suelos, hay limites y socialmente esta marcada. Lo que impresiona es lo cara dura que pueden ser algunas personas para atreverse a desafiar la memoria de la sociedad en su conjunto.

Pero veamos más ejemplos para entender esto de la reputación. Si algo marca nuestra ciudad y sobre todo nuestra demarcación ahora Alcaldía Benito Juárez, es la depredación inmobiliaria, el abuso del uso del suelo y las construcciones como hongos sin plan maestro ni de impacto de ningún tipo. Justamente por estos asuntos hay varios políticos que se han ganado una reputación que va de pésima a fatal. El problema empieza cuando dichos personajes, como Christian Von Roehrich, otrora Delegado, pretenda continuar el que se percibe como su negocio en este campo, a través de Coordinar la Comisión Legislativa de Reconstrucción. Dicha comisión cuenta con recursos millonarios que el Sr. Von Roehrich demostró no saber destinar eficientemente cuando tuvo la oportunidad de hacerlo, como lo muestra el caso de los damnificados que siguen viviendo en las calles de esta zona de la ciudad. En su momento la entonces Delegación recibió recursos suficientes para enfrentar dicha emergencia y el dinero se fue a otras prioridades pero no a lo que importaba. Este caso confirma aquello de que la reputación es un bien preciado que te da credibilidad o una lapida sobre la espalda. A ver, ¿qué alguien diga que su gestión fue impecable y las victimas fueron atendidas en tiempo y forma?

Hay otros ejemplos que ayudan a entender la importancia de cuidar y preservar la reputación de decencia mínima porque si no, como se dice tanto entre tantos, personajes como Federico Döring que pretende presidir la Coordinación de Planeación junto con Víctor Lobo, tienen ambos la reputación de “mercaderes de influencias”, o los casos de Jorge Gaviño, Fernando Aboitiz y Valentín Maldonado, todos nombres a quienes el tufo de la corrupción les sale cada vez que se les ve llegar y aún así pretenden que se les designe como presidentes de Comisiones de interés general como las del aeropuerto y la de participación ciudadana. Comisiones Legislativas que no pueden darse el lujo de que reputaciones tan manchadas las ensucien de entrada.

La reputación no es un acto de fe ni una suerte de malabarismo circense que puede marearnos con aquello de “donde quedó la bolita, dónde quedó la bolita”. Es implacable y suele hacerse presente para bien y para mal. Es una carta de presentación o una alarma contra incendios sociales. Es un as bajo la manga para el noble y un escudo contra quien no merece otra oportunidad. Como dicen por ahí, #tenemosmemoria y esa siempre saldrá a la luz. Que cada quien cuide su reputación y la preserve en buen lugar porque obviamente, importa.

 

 

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francisco

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