Ciudad de México, octubre 21, 2020 10:36
Mariana Leñero Opinión

Los novios de mis hermanas

En la etapa de sus novios, aprendí a callar, observar y jugar sola. Mientras las Barbies besaban al chaparrito de Kid Acero ellas lo vivían de “adeveras”. Entre beso y beso  yo cambiaba pañales de muñecas de cachete inflado, brincaba con resortes y jugaba matatenas.

POR MARIANA LEÑERO

La diferencia de edades entre mis hermanas y yo es considerable y más aún en mi infancia y su adolescencia.  A mi edad y la suya  teníamos poco en común. Pero a cambio disfruté de sus risas por mis chistes malos, sus piquetes de ombligo, sus manos acariciando mis cachetes y las enseñanzas y cuidados que espero aun recuerden.

Lamentablemente cuando más quería su atención yo no era su primera opción. Estaban ocupadas con sus planes, ilusiones, pasiones y pretendientes. Les intentaba copiar y disfrutaba verlas. Así como me  prestaban sus gustos y  sus ideales también me prestaron su ropa.  Era más fácil arremangar pantalones y ajustar blusas que irme a comprar ropita de niña babosa.   Crecí rápido y me sentí grande antes de tiempo.

Vestía a la moda con diferentes estilos: al estilo Frida Kahlo, a la hippie de los setentas, a la de artista salida de estudio  o la que usa pantalones Jordache y zapatos de tacón de aguja. Fue difícil encontrar mis preferencias  pero así como su presencia en mi vida, acabé  teniendo las mías con el color de mis gustos combinados con los de los suyos.

Por la diferencia de edad me gané el título de la “consentida” o como me decían mis primas de Mexicali la “chiqueada”. Era caprichosa pero quién no lo va a ser cuando necesitas ser oída y atendida. Hay que ser berrinchuda y  gritar  para que te miren aunque sea por la mala. 

En la etapa de sus novios, aprendí a callar, observar y jugar sola. Mientras las Barbies besaban al chaparrito de Kid Acero ellas lo vivían de “adeveras”. Entre beso y beso  yo cambiaba pañales de muñecas de cachete inflado, brincaba con resortes y jugaba matatenas. 

Pasaron un montón de pretendientes por mi aduana. Había los divertidos auténticos y los bastante forzados con gracia de elefante. Lambiscones, barberos y repolleros.  Algunos creían que podían sobornarme con regalitos y pastelitos pero no sabían que al final las que decidían eran mis hermanas.

Recuerdo los de espíritu paterno que jugaban conmigo mientras esperaban que mis hermanas terminaran de embellecerse.  Estaban los guapos, los feos, los chaparritos y los altos.   Mientras ellos me hacían caso creyendo que acumulaban puntos yo solo aprovechaba su enjundia para que jugaran conmigo. 

No olvido a Jaime, el simpático con pantalones de pincitas, cadenita de oro y crucecita. El típico que le cae bien a las abuelitas. Lo recuerdo porque me regaló una guitarra.  Tampoco puedo olvidar al manoseador sin pudor que besaba a mi hermana mientras yo los miraba intrigada en el reflejo de la ventana de la sala.

Me caía re bien el idealista con look de Che Guevara que entonaba con su guitarra  y me enseñaba las canciones de la Nueva Trova.  Había varios a quienes les tomé  cariño, pero no estaba en mis manos detenerlos.  Se me olvidaban pronto mientras llegaban otros. 

Tuve que hacerla de chaperón. No estoy segura si mi madre tenía miedo de lo que pudiera pasar o también quería deshacerse de mí por un tiempito. 

Mientras “hacían sus cosas” algunos me regalaban manualidades para entretenerme. Aprendí a cocer pulseritas de hilo y chaquira, jugaba timbiriche, armaba rompecabezas, pintaba y me volví una asidua lectora.

Puedo decir que con mis hermanas aprendí a esperar y a ver a través de la ventana imaginando una vida en el lugar que dejaba su ausencia.  

Con ellas aprendí un montón: no le temo a la soledad y me entretengo sola fácil. 

Aun cuando viví la diferencia de edad un día las pude alcanzar. Me quedé y se quedaron conmigo.  Compartimos el ahora como iguales.  Lloramos, tenemos miedo, tenemos ilusiones en tiempo real y jugando en el mismo tablero.

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