Ciudad de México, junio 15, 2024 01:09
Ivonne Melgar Opinión Revista Digital Julio 2023

Los parques

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Llegamos a esa esquina de Insurgentes con Porfirio Díaz en uno de los camiones que entonces cruzaban la gran avenida. Y nos sumergimos en una caminata que hizo escalas en las esculturas prehispánicas que emulaban un museo a cielo abierto y que terminó con la contemplación de las manecillas del hermoso reloj floral.

POR IVONNE MELGAR

Ir a los columpios del parque de la Centroamérica, la colonia aledaña a la nuestra, se volvió una ilusión vespertina cuando entendí que mi madre era totalmente diferente a las vecinas.

“Vamos un rato, aunque sea”, concedía ella, en medio del agobio de una exhaustiva triple jornada: su plaza de maestra en una primaria pública, sus horas de docente de asignatura en un colegio privado y sus estudios de sociología en la Universidad de El Salvador (UES).

Y aunque sentía un profundo orgullo por saber y contar que nuestra madre era una alumna universitaria y que pronto tendría su título de licenciada, a veces la tristeza de verla partir se convertía en un auténtico berrinche de reclamos: “Hoy no vayas a la UES, por favor, quédate”.

Su horario de estudiante era por la tarde noche y para conjurar aquella escena de la niña llorando atrás de la ventana de la casa, mientras su mamá esperaba el autobús de la Ruta 11, ella proponía ir antes a los columpios de la Centroamérica.

Así que esa brisa adicionada por las carcajadas que me causaba el vaivén, cada vez más intenso, de aquellas sillas de fierro mecidas y lanzadas por mi madre, Candelaria Navas, es la primera sensación que mi memoria corporal dispara ante la convocatoria de ir al parque, seguida del gozo bicicletero y la vagancia adolescente en nuestra llegada a México.

Porque de eso se trató el deslumbramiento de nuestras primeras exploraciones en aquel Distrito Federal de finales de los años setenta en el que disfrutamos la Alameda Central, La Fragata en Coyoacán, las áreas verdes de la Campestre Churubusco, el primer sitio donde habitamos, y “el parque del reloj”.

Fue todo un acontecimiento esperado por días conocer aquel lugar que, según relató nuestro padre Luis Melgar, además del marcaje cotidiano de la hora, tenía la gracias singular de estar hundido.

Llegamos a esa esquina de Insurgentes con Porfirio Díaz en uno de los camiones que entonces cruzaban la gran avenida. Y nos sumergimos en una caminata que hizo escalas en las esculturas prehispánicas que emulaban un museo a cielo abierto y que terminó con la contemplación de las manecillas del hermoso reloj floral.

Comimos manzana con chile, algodones de azúcar y tomamos jarritos de piña y naranja, en esa tarde de sábado que descubrimos que enfrente había un cine, al que prometimos volver.

El día que cumplí 14 años mi madre llegó a la casa en la colonia San Pedro Tepetlapa, nuestro segundo domicilio en el DF, en la zona de Xotepingo, por el Museo Anahuacalli, con una doble sorpresa: el primer disco de Emmanuel y un plan para ir al cine que teníamos pendiente.

Era una comedia estadounidense, creo que con Farrah Fawcett.

Al concluir la función volvimos al Parque Hundido para abrazarnos felices por aquel día en que cerraríamos la noche escuchando las canciones de “Íntimamente”, ese icónico LP en el que todos sus títulos se volvieron éxitos y que forma parte de nuestra banda sonora: “… el día que puedas me mandas con alguien, las cosas queridas de mi propiedad, las cosas comunes las tiras al aire, que vuelen sin rumbo, que no duelan más…nunca más…”. Y las de Tengo mucho que aprender de ti, Quiero dormir cansado, Con olor a hierba, Insoportablemente Bella, Todo se derrumbó dentro de mí…

Con la gratitud por esa tarde de 1979 recorrí el Parque Hundido el mediodía de mi cumpleaños de 2021, agradecida por volver a estar ahí, después de tantos meses de temores covidianos. Volví a sentir la brisa del columpio del parque de la Centroamérica, la certeza del amor de mi amadísima madre celebrando mi vida 42 años atrás y caminé cantando Dos gardenias para ti a todo pulmón, aprovechando que mi voz se perdía en medio del barullo que ahí fluye libremente.

Y es que esa canción había sido nuestro fondo musical en la visita que Martín, mis hijos y yo hicimos a La Habana en septiembre de 2019, convirtiéndose en un viaje plagado de añoranzas durante las horas duras de la pandemia, cuando abrazarnos con los demás se volvió un riesgo.

En el festejo de la reencontrada libertad del parque, frente al reloj floral, celebré cumplir años con el cubrebocas en la mano, acunándome con la sentencia que la compositora le cantó al piano a su amadísimo esposo, el intérprete del verso: “…y si algún atardecer… las gardenias de mi amor… se mueren… es porque han adivinado que tu amor me ha traicionado porque existe otro querer…”

Y es que los parques tienen esa gracia: reconfigurar los recuerdos que livianos paradójicamente cobran la densidad de los símbolos y los significados, como bien lo celebra Mario Benedeti en su poema del jardín botánico imaginando la confesión y las vicisitudes de los amantes, versos que conocí en el Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH) plantel Sur y que leímos en voz alta en Brooklyn una noche de agosto de 2016, cuando fuimos a celebrar los 50 años de mi hermana Gilda, con su bella hija María Paula Murillo, mi sobrina, y nuestra amada Madre, después de caminar entre flores, cactus, cedros, ceibas, rosas, lirios y madreselvas de todo el mundo.

Porque los parques se vuelven nuestros, una vez que su paisaje nos abraza y se incrusta en el álbum de la biografía compartida. Son islas de la naturaleza que desenredan sentimientos y delaciones, como me sucedió un mediodía en el Nueva York del maratón de 2022. Ahí, mientras Martín, Santiago y Sebastián Beltrán trotaban, intenté retomar la poesía con estos versos:

Frente al árbol anaranjado del Central Park la enorme incertidumbre no tiene dueño.

Es sábado 12 de noviembre, 11 años después del segundo avionazo del poder que enluta y envilece.

Era entonces, todavía, una mujer romántica, sencilla y sonriente.

Creía en la voluntad, en el amor medicina, en la pureza redentora de las palabras.

Ahora que las ardillas del parque saltan golosas y los corredores persiguen el inalcanzable latido de la saciedad…

Ahora que las flores plásticas de las carretas tienen la belleza y la gracia de quienes ahí conjugan la gratitud…

Acepto, cargo, lloro, disfruto y maldigo la fecundidad del azar, mientras el árbol anaranjado tiembla …

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