Ciudad de México, julio 18, 2024 14:56
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Yuni nunca deja de mirarnos

“Estaba más mimosa con nosotros y nos miraba más fijamente como si estuviese memorizando nuestras caras o estudiando nuestros gestos, y se restregaba contra nosotros como impregnando en su piel el olorcillo de nuestros cuerpos”.

POR ALEJANDRA OJEDA

Mi perra Yuni siempre estaba pegadita a nuestras piernas. Cuando me veía llorar se acercaba despacito, con la cabeza agachada, y me ponía una patita en la rodilla con un gesto tan suave que parecía que de verdad me estaba consolando. Cerraba su boquita y me miraba seria, de abajo para arriba. Entonces yo la acariciaba y ella empezaba a mover la cola y a contornearse por el suelo, no sé si para distraerme conscientemente o  sólo porque le gustaba lo que le estaba haciendo.

A veces me enfadaba porque yo quería seguir disfrutando de mi llantina y le decía que se estuviese quietecita, pero también es verdad que si yo la viese a ella soltar una lágrima, haría todo lo posible para consolarla. Y eso que a mí en realidad los animales nunca me han despertado una pasión extraordinaria: no me derrito cuando veo un perro diminuto por la calle, ni me sale de manera natural jugar con el gato de una amiga. De hecho, he tenido más perros, 3 en total, y a todos los quiero y los cuido -llevo 6 años siendo vegetariana- pero es que Yuni era una parte más de mi cuerpo. Tan tranquilita, no se desvivía por jugar con nosotros. Ella sólo se tumbaba y nos miraba, atenta para saltar si un desconocido se nos acercaba demasiado.

Cuando me dijeron que se estaba poniendo ya muy mala yo estaba en Madrid. Siempre me sentí triste por irme de la isla justo en los que sabía que iban a ser sus últimos años de vida. Ella ya estaba vieja, caminaba lento y se notaba que le costaba respirar. También estaba más mimosa con nosotros y nos miraba más fijamente como si estuviese memorizando nuestras caras o estudiando nuestros gestos, y se restregaba contra nosotros como impregnando en su piel el olorcillo de nuestros cuerpos.

Yo sabía que le estaban dando un tratamiento por los bultos que tenía en la barriga, y cuando mi madre me llamó yo estaba muy contenta, porque esto ya le había pasado varias veces y nunca había acabado en nada. Pero ese día, por teléfono, me dijo que me buscara un sitio para sentarme, que me tenía que hablar de una cosa. Sin que ella dijera nada más me puse a repetir “no, no, no, no, no”. Y de verdad creo que aún ahora,  después de un año, hay una parte de mi cabeza que lo sigue negando.

Me fuí corriendo a mi casa y seguí llorando en la cama hasta que llegó Regina. Ella se abrazó a mí y nos quedamos un rato en silencio, yo con mi cabeza apoyada en su hombro y ella acariciándome el brazo con la mirada fija, sin atreverse a hacer o decir nada. Cuando pasan estas cosas parece que nuestro propio cuerpo es ofensivo, que las palabras insultan al que ya no está o está a punto de irse. Por eso me gustó estar calladas.

Los perros de campo son perros con suerte. En la presa de Moya Yuni iba sin correa, olisqueando planta sí y planta también. No le gustaba mucho correr, y si le tirabas un palo o una piedra ella te miraba como diciendo “no esperarás que yo vaya a buscarla”, pero en la presa de vez en cuando sí que se pegaba alguna carrerita. Más que para perseguir algo, parecía que sólo quería correr por correr, a su pasito, sintiendo el viento y viendo los pájaritos.

Una tarde de esos tres días que tuve que esperar en Madrid para poder coger el avión y despedirme de Yuni, toda mi familia quedó en ir a mi casa. Subieron mis primos, mis tíos y mi abuela, todos para darle un último besito a la que fue la mejor perra de la familia -nadie me hará cambiar de opinión-. Me hicieron una videollamada y vi que ella ya no podía caminar, estaba acostada de lado, haciendo un gran esfuerzo para poder respirar. Mi prima Arena y mi hermano estaban acaraciándola, sentados alrededor de ella. Yo me volví a derretir en la pena, tanto por verla de esa manera como por no poder estar ahí junto con ellos.

Así que cuando volví a Gran Canaria mi madre, su novio y mi hermano me habían esperado para darle un último paseo. También vinieron mis primas, Sara y Arena. Todos juntos fuimos a la presa de Moya, la llevábamos en brazos y le hicimos tocar la tierrilla por última vez. Ella ya no tenía fuerzas para mirar a ningún sitio pero sé que era feliz y que sabía dónde estaba. Ya en casa recuerdo que me acosté al lado de ella, acurrucada con mi mano en su costado le besé la cabeza y las orejas, que las tenía más suaves que nunca. Memoricé todos los pelillos blancos y negros de su cara, tal y como ella había hecho conmigo, memoricé la textura de sus patas, su nariz, su cuello, y sé que ella sabía porque lo estaba haciendo. Ahora, si lo intento, realmente puedo recrearlo, y me gusta, no me arrepiento. Inmortalicé a Yuni y no sólo en mis recuerdos, podría jurar que está en mi piel, escondida en algún lugar detrás de la oreja o dentro del ombligo. No sé qué pasó pero aquella noche se quedó impregnada en algún rincón y me siento feliz al imaginarmela igual que siempre: con las patitas cruzadas y mirándonos desde abajito: “yo no me voy, no, no, no”, seguro que estaría diciendo.

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