Ciudad de México, diciembre 1, 2022 23:17
Francisco Ortiz Pinchetti Opinión

POR LA LIBRE/ David

Los artículos de opinión son responsabilidad exclusiva de sus autores.

‘Durante algún tiempo, allá a principios de los años ochenta del siglo pasado, David y yo fuimos vecinos cercanos…’

                                                                    

A la memoria de David Huerta, un tipazo.

POR FRANCISCO ORTIZ PINCHETTI

Me impactó el lunes pasado la noticia de la inesperada muerte de David Huerta, un tipazo.  Teníamos  tiempo sin vernos, y eso me dolió más. Conservo muy gratos recuerdos de nuestra amistad. Incluida una inolvidable anécdota, nada grata, que aunque nos hizo vivir un rato de angustia y miedo acabó por convertirse en una pequeña –y con el tiempo divertida– historia común, digna de contarse.  

Durante algún tiempo, allá a principios de los años ochenta del siglo pasado fuimos vecinos cercanos. Yo compartía entonces mi departamento con Armando Ponce, amigo y compañero fundador del semanario Proceso. David vivía en el edificio de al lado, en la esquina de Tejocotes y Magnolias, en la colonia Tlacoquémecatl del Valle de la hoy alcaldía Benito Juárez.

Su depa, en el tercer piso, tenía un balconcito que daba al parque de San Lorenzo. Era frecuente verlo ahí, sentado en una mecedora, contemplando el panorama, que incluía una hermosa capilla franciscana del siglo 16. En aquellos tiempos, el hijo del gran cocodrilo Efraín Huerta usaba el cabello largo, vestía como hippie, usaba huaraches  y llevaba siempre su morral de mecate. Era bohemio, bonachón, siempre cariñoso. Tierno, diría yo.

Aunque él y Armando, poetas ambos, eran amigos de tiempo atrás, pues habían sido compañeros creo que en la prepa, pronto éramos tres los cuates que compartíamos charlas de literatura y política, a veces un ron, a menudo café… y a veces aventuras.  Uno de nuestros sitios favoritos era la cafetería de la panadería La Veiga, que estaba muy cerca, sobre Insurgentes Sur, en la colonia Insurgentes Extremadura. Con frecuencia íbamos a ese lugar a tomar café por las tardes o a cenar por las noches.

Yo me moría de miedo. Me temblaban las piernas. Supongo que David igual, porque cuando cruzamos miradas nos vimos aterrados. ¿Era un levantón? ¿Un asalto? ¿Un secuestro? ¿Una simple intimidación? ¿Una ejecución?”

La Panadería La Veiga fue fundada en 1954 por tres migrantes españoles. Fue pionera en la mecanización de esa industria, de modo que adquirió merecida buena fama en el sur de la ciudad. Adjunta al expendio de pan propiamente dicho había una cafetería muy del estilo de los negocios que emigrantes españoles abrieron en nuestra capital. Del tipo de La Blanca, de la calle Cinco de Mayo, en el centro histórico. Se hizo célebre por la concurrencia de intelectuales, periodistas y artistas que frecuentaban el lugar, situado justo frente a la célebre Tintorería Francesa y muy cerca de Liverpool.  Durante el movimiento estudiantil de 1968 fue lugar de reunión de activistas y líderes universitarios.

La Veiga. En los ochentas.

Funcionó hasta principios de los años noventa, cuando unos inversionistas adquirieron  los locales de casi media manzana con la idea de construir un centro comercial, una plaza. En realidad, el viejo local de La Veiga permaneció cerrado, abandonado durante años y años. Nuca se construyó la dichosa plaza comercial. Surgió luego la versión de que se levantaría ahí un hotel cinco estrellas… lo que tampoco ocurrió. Finalmente se construyó una torre corporativa en la que se alojan por cierto las instalaciones de El Heraldo de México, incluidos sus estudios de radio y televisión.

A La Veiga fuimos una noche a cenar, Emilio Hernández, otro amigo periodista de Proceso, ya fallecido también, que se hallaba temporalmente refugiado en nuestro departamento, y yo. Fuimos en mi auto, un vocho azul. Y ahí estaba como muchas veces David Huerta, a cuya mesa nos sentamos. Era el primero de diciembre de 1982. Lo recuerdo porque ese día ocurrió la toma de posesión de Miguel de la Madrid Hurtado como Presidente de la República, en relevo de José López Portillo. Eran entonces días tensos de la relación de Proceso con el gobierno, a raíz de que el famoso Jolopo no aguantó las críticas del semanario. Igual que su antecesor, Luis Echeverría Álvarez, con Excélsior. Había ocurrido meses atrás aquel episodio del “¿Te pago para que me pegues?” y el consecuente retiro de toda la publicidad oficial a nuestra publicación, a manera de castigo.

Cenamos, convivimos y platicamos largo Emilio, David y yo, probablemente del tema del día, que era la transición gubernamental. Al terminar, Emilio optó sorpresivamente por regresar a la casa a pié. “Prefiero caminar, para bajar la cena”, nos dijo muy formal. David y yo nos dirigimos entonces al estacionamiento de la propia negociación, en un terreno adyacente. Al salir para tomar obligadamente hacia el poniente la calle de Luis Carracci, a esas horas además de oscura solitaria, me percaté que tras de nosotros salía un auto oscuro en que viajaban dos sujetos. Media cuadra más adelante el vehículo se me emparejó y por la ventanilla derecha el copiloto sacó una pistola escuadra con la que me apuntó directamente a la cabeza.

 –¡Párate, cabrón! –ordenó.

Por supuesto obedecí de inmediato. Orillé el auto y lo detuve. Los dos tipos, con facha de agentes policiacos, nos obligaron a bajar. Lo hicimos con las manos en alto. Yo me moría de miedo. Me temblaban las piernas. Supongo que David igual, porque cuando cruzamos miradas nos vimos aterrados. ¿Era un levantón? ¿Un asalto? ¿Un secuestro? ¿Una simple intimidación? ¿Una ejecución?

–¡Bajen los brazos, que no los estamos asaltando! –dijo uno de ellos.

Cuándo traté de identificarme, el mismo sujeto topó mi credencial y la tiró al suelo. “Yo te consigo las que quieras, pendejo”,  presumió. Luego nos preguntaron que qué llevábamos, que dónde estaba la yerba. Nos catearon. A David le revisaron por supuesto su morral. Abrieron la cajuela y la cajuelita de guantes. Buscaron bajo los asientos. Nada.

–¡Lárguense! –ordenó finalmente el más corpulento; “pero esperen tres minutos después que nosotros…”

Así lo hicimos, sin hablar. Luego arranqué y rodeamos  por la calle Rodin para salir a Millet y volver al otro lado de Insurgentes, todo el trayecto en silencio…   Llegamos a la casa en busca de algún trago fuerte. Emilio estaba ahí, en pantuflas, plácidamente sentado frente al televisor. Nos recibió sonriente: “¿que tal?”, dijo.

–¡Hijo de la chingada!  –tronó David Huerta, fingiendo enojo. “Tú ya lo sabías…”

Válgame.

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