Ciudad de México, febrero 4, 2023 23:13
Opinión Revista Digital Noviembre 2022

Y la muerte hizo una pausa

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‘Tal vez como preparación frente a una de mis etapas favoritas del año o por la necesidad de frenar un poco el trajín diario y dedicar más tiempo a mi persona, una vez que la Muerte ha dejado sus saludos me dirijo a un encuentro conmigo mismo’

Por Oswaldo Barrera Franco

Ya despedimos a las visitas de ultratumba. Como siempre, se les agradece la deferencia y que hayan tenido a bien detenerse un momento ante altares y tumbas para compartir con ellas su anual festejo. Se bebió el mezcal y se comió el pan de muerto, dulce y salado, mientras las remembranzas se mezclaban con plegarias y susurros de confesiones un poco a destiempo, pero muy necesarias. Ahora, el cempasúchil se marchita y el terciopelo adquiere otra tonalidad, más oscura, para indicar que el camino de las ánimas ha quedo libre para dar paso a los vivos, a los que aquí seguimos.

Entramos en una pausa, un limbo entre los muertos y la anunciada natividad. Si eso no nos invita a reflexionar sobre nuestro propio tránsito en estas vastas llanuras de soledades colectivas, no sé qué más pueda hacerlo. Y es cuando comenzamos el recuento de lo que el presente año, y los anteriores, nos ha dejado.

En este ínterin, bien vale la pena tomarse un momento para apaciguar las emociones y entrar en modo reflexivo. Es lo que suele ocurrirme, tal vez como preparación frente a una de mis etapas favoritas del año o por la necesidad de frenar un poco el trajín diario y dedicar más tiempo a mi persona, una vez que la Muerte ha dejado sus saludos y me dirijo a un encuentro conmigo mismo. Como sea, así como las lluvias se retiran para darnos un respiro, también lo hace la necesidad de ir a contracorriente, en lucha constante con el ritmo frenético de las semanas, para fluir hacia el final del año.

Entre los pasos que doy por mi memoria, me tropiezo con el recuerdo de los tiempos de cosecha en una localidad de Puebla, cercana a la capital de ese estado. Es justo la época en que los amplios comales se llenan de tortillas hechas con la masa del maíz recolectado hace poco, desgranado y mezclado con cal. Pueden ser de varios colores: las hay de diversos tonos de rojo o azul, las hay más amarillentas también; se debe desconfiar de las que son muy blancas, ya que suelen ser de harina comercial. Alrededor de aquellos hogares, si recurrimos a la definición de esos espacios comunitarios donde suele alimentarse el fuego para preparar los alimentos, se reúnen las mujeres y los niños. Hay que aprender a echar la tortilla, extendiéndola con gracia y en un solo movimiento sobre el comal, y ver cómo se infla; cuando esto ocurre, aparecen sonrisas de complicidad en los rostros: hay un matrimonio en puerta.

La cosecha del campo viene muy a cuento con la cosecha de remembranzas e ideas. En los primeros meses se hacen los planes para el resto del año, así como se espera que la tierra descanse y se prepare. Hay que administrar los recursos, al igual que se guarda el grano en silos y bodegas, y se prevé lo que llegará más adelante, cuando arranque la canícula y luego arriben las lluvias. Es entonces que hay que sembrar. Se ara y se siembra lo que, con el transcurso de los días, llegará a ser un proyecto, un trabajo, una relación… La milpa suele ser generosa y permite que, al mismo tiempo, se plante maíz, calabaza, chile, frijol; en la variedad de lo que se cultive está el éxito.

“Es justo la época en que los amplios comales se llenan de tortillas hechas con la masa del maíz recolectado hace poco, desgranado y mezclado con cal. Pueden ser de varios colores: las hay de diversos tonos de rojo o azul, las hay más amarillentas también”.

Antes de que lleguen las heladas, es necesario adelantarse a ellas y hacer la pisca. No podemos dejar que la cosecha se congele o se pudra. Si sembramos tarde, puede que esto último ocurra. Si no hubo agua suficiente, o ésta faltó o llegó en demasía por diversos y ajenos motivos, se perderá lo sembrado. Es igual con otros aspectos de la vida: hay un momento para sembrar, para regar y desbrozar, y otro para cosechar.

A veces somos sólo eso, testigos de la siembra, limpieza y cosecha, en un ciclo continuo y sin pausas, esperando a ver qué se da en el terreno fértil del día a día; otras veces, más bien, somos lo que hemos cosechado, lo que cultivamos con esmero y esperamos ver crecer no en una temporada, sino a lo largo de varios años. Y ahora, en aquel campo desprendido, es tiempo de recolectar, antes de que los fríos lo quemen todo.

También es el tiempo de la recolección personal, de ver en qué parte del camino vamos. El anuncio de los días más cortos y las noches más largas nos conmina a ello. Nos reencontramos, una y otra vez, para luego dejarnos ir y ver si con ello ajustamos la brújula y tomamos las decisiones que hagan falta; no las correctas, sólo las que en ese momento necesitemos. Y así nos alistamos para la llegada del invierno, del fin de un año más y de la lista de propósitos que, como buena historia de ciencia ficción, nos gusta retomar cada vez que llegamos a estas fechas.

Como la nostalgia es consejera involuntaria, y en estos días es fácil dejarse seducir por sus encantos, mejor dejo que los crepúsculos adelantados dirijan mi mirada a horizontes que van más allá de los planes y las certezas. Viene bien soltarse y que el viento gregal y los cielos aborregados anuncien los cambios que acontecerán tras esta pausa que la Muerte nos ha dado. Hay cosas que no están en nuestro control y, muy a nuestro pesar, es mejor hacerse a esa idea y disponer el ánimo para lo que llegará, sí o sí, a tocar las puertas, para recordarnos que cosechamos aquello que hayamos sembrado.

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