Ciudad de México, mayo 16, 2022 04:25
Francisco Ortiz Pinchetti Opinión

POR LA LIBRE / La calle Perroquia

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Y no es que uno se enemigo del animal admirable considerado el mejor amigo del hombre.  Desde luego que no. Lo que pasa es que no deja de ser molesto el continuo tráfico de perros mientras se pretende pasar un rato de solaz frente a una taza de humeante y aromático café…

POR FRANCISCO ORTIZ PINCHETTI

A pesar de la proliferación de perros que sufrimos en la alcaldía Benito Juárez, y particularmente en la colonia Del Valle, no es fácil ver con naturalidad a un joven fornido que apenas puede controlar a cinco enormes Husky Siberianos, que parecen lobos, abrirse paso entre los parroquianos (algunos con sus propias mascotas, además) que ocupan las mesas exteriores del café Jekemir, en la calle Parroquia. O no sorprenderse con la presencia de un probable entrenador, que lleva siete perros de diversas razas, dos de ellos sin correa, sueltos, que cruza muy campante por el mismo lugar.

Por alguna extraña razón –que al menos yo no atino a dilucidar– esa transitada calle que viene desde la colonia Insurgentes Mixcoac, cruza la avenida Insurgentes Sur y continúa hacia el oriente se ve poblada durante las tardes de una sorprendente cantidad de transeúntes que pasean a sus mascotas. Durante varias horas, los perreros libran a los transeúntes que van y vienen, muchos de ellos de la tercera edad, sobre todo en el tramo entre Insurgentes Sur y la calle de San Francisco de esa colonia Del Valle Sur. La mayoría de ellos lleva a sus mascotas, como debe de ser, con la correa adecuada; pero también los hay que los dejan correr libres por la acera, como si ese espacio fuera para ellos solos. No falta alguno que lleva su perrito a bordo de un carrito tipo carriola, simpático, ni por supuesto el que prefiere llevarlo en brazos como a un bebé.

Y no es que uno sea enemigo del animal admirable considerado el mejor amigo del hombre.  Desde luego que no. Lo que pasa es que no deja de ser molesto el continuo tráfico de perros mientras se pretende pasar un rato de solaz frente a una taza de humeante y aromático café. Ya bastante es la existencia de establecimientos que se ostentan como pet friendly  —que en los últimos tiempos se reproducen como hongos— como para verse obligado a soportar un desfile interminable de “perrhijos”, como ahora les dicen. Ahora ya no solo es en los parques donde los perros llevan a sus dueños a pasear, sino que poco a poco se van apoderando de las aceras antes exclusivas para viandantes humanos.  Son frecuentes, además, los connatos de pleito entre perros, que por fortuna casi siempre se resuelven con un molesto duelo de ladridos y la habilidosa intervención de sus tutores pero que en ocasiones provocan tremendo susto a las personas con niños y a los viejitos como yo. 

Tampoco hay por qué soportar las infracciones que con mucha frecuencia cometen los perreros contra la Ley de Cultura Cívica de Ciudad de México, ni los restos de excremento que quedan en las banquetas, además de los orines,  a pesar de que los dueños supuestamente levanten las heces que depositan en ellas sus mascotas. Hasta hace poco, eso sólo se veía en los parques, sobre todo en las áreas jardinadas o con tierra.   

Entiendo que a esas personas nuestros comentarios pueden parecerles verdaderas herejías y muy probablemente nos cataloguen como enemigos de los animalitos sintientes. Nada más ajeno a la realidad. A mí en lo personal me gustan y me divierten mucho los perros, sobre todos los de las razas pequeñas. También me admira su inteligencia y su lealtad hacia su amo. Con lo que no estoy de acuerdo es con muchos dueños de mascotas que abusan, violan las leyes y ofenden con su indolencia a personas pacíficas que sólo quieren disfrutar un parque o caminar por las calles de su barrio. Por la calle Perrroquia, por ejemplo.  Válgame.

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