Presiones inéditas en Palacio Nacional
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Claudia Sheinbaum escucha a Juan Ramón e la Fuente en una conferencia matutina. Foto: Moisés Pablo / Cuartoscuro
Es absurda la idea de que la subordinación del país al crimen organizado no equivale a una pérdida de soberanía; sin un Estado de derecho es imposible que se fortalezca la independencia de las instituciones.
POR GUILLERMO FABELA QUIÑONES
En las últimas dos semanas, las presiones a la presidenta Sheinbaum parecen haber aumentado, luego del éxito del jefe de la Casa Blanca en la “extracción” de Nicolás Maduro para encarcelarlo en Brooklyn. La pregunta que flota en el ambiente político de ambos países, se refiere a las consecuencias para la salud, física y emocional de la mandataria, si las presiones se prolongaran más allá de su capacidad de resistencia, sin necesidad de recurrir a medicamentos que pudieran tener consecuencias posteriores. Es una situación inédita, pues una revisión histórica de las experiencias de sus antecesores, después de las que vivió el presidente Cárdenas, no las tuvo ninguno. Mucho menos su antecesor, quien asumió el poder con enorme capital político y un escenario ideal para llevar a cabo sus promesas de campaña con firme apoyo popular.
Las presiones que el ex mandatario ejerce aumentan en la misma proporción en la que su prestigio se descarrila, al no poder actuar con el desenfado que era habitual en él para apuntalar su popularidad. Mucho menos ahora, cuando en Washington nadie lo apoya por toda la información que ha sido confirmada merced a las declaraciones de los capos mexicanos presos de por vida en la nación vecina. Paralelamente, aumentan para la mandataria mexicana a fin de que aproveche la coyuntura que brinda el apoyo de la Casa Blanca para desembarazarse de su antecesor y mentor político. Se trata de un proceso irreversible, como se advierte por la cooperación tan estrecha entre las principales agencias de seguridad de Estados Unidos y de México.
En la Casa Blanca no se tienen antecedentes de que les guste lidiar con dos grupos compartiendo el poder en un país que consideran dentro de su área de influencia. Mucho menos en la actualidad, con un mandatario con ambiciones tan afines a las de López Obrador. Tal situación, seguramente no la tenían prevista ni éste ni mucho menos la actual inquilina de Palacio Nacional; es fácil advertirlo en ella, quien en las últimas “mañaneras” se ha visto un tanto desmejorada. No se trata de una apreciación subjetiva, sino el resultado de la revisión de videos de hace seis meses a la fecha.
Los recientes acontecimientos en la relación bilateral son muy claros en el sentido de que la decisión de Trump de apuntalar su estrategia contra el crimen organizado en nuestro país, no es un asunto judicial sino de control político inexcusable. Se trata de un as que tiene guardado para sacarlo cuando su situación sea tan incómoda que no le quede otro recurso para evitar más daños a su administración. Tanto allá como acá se aplaudiría que tomara una decisión favorable al empresariado de ambos lados de la frontera, realidad que les reportaría buenos dividendos a los dos mandatarios. No es casual que el poderoso jefe del FBI viajara a la capital mexicana, con el pretexto de trasladar al capo canadiense que comparó con Pablo Escobar y el Chapo Guzmán.
La fotografía en la que Omar García Harfuch está custodiado por el embajador Donald Johnson y el director del FBI, Kash Patel, es por demás ilustrativa de que no habrá marcha atrás en una estrategia que va más allá de la cooperación bilateral, sino que está enmarcada en un proyecto de largo plazo que rebasa al tan controvertido jefe de la Casa Blanca. Así lo confirma el informe que dio conocer el Grupo de Implementación de Seguridad México-Estados Unidos, sobre la tercera reunión realizada en Washington el pasado viernes, donde el Departamento de Estado agradeció el traslado de 37 prominentes jefes de cárteles mexicanos y señaló que seis agencias estadunidenses y sus contrapartes de México participaron en esta reunión. Se acordó acelerar la entrega de capos y redes del narco, así como eliminar el riesgo del uso de drones de los cárteles, situación inaceptable en el Mundial de Futbol que inicia en junio próximo.
La presidenta Sheinbaum afirmó el pasado sábado que nuestro país “siempre va a ser libre y soberano. Nosotros negociamos, pero nunca nos subordinamos”. No tiene otro camino que negociar, lo que implica en primerísimo lugar independizarse de la tutela de su antecesor, en bien de todos, incluida la fracción obradorista. El pueblo de México, ese que creyó a pie juntillas en el tabasqueño, sería el más beneficiado, pues cambiaría el nefando programa asistencialista con la sola finalidad de control social, para enriquecerlo con proyectos productivos que derivarían en una economía que generara crecimiento real, impensable de continuar la actual política económica del obradorato. Si la mandataria quiere en verdad un México “libre y soberano”, no tiene otra opción.
Es absurda la idea de que la subordinación del país al crimen organizado no equivale a una pérdida de soberanía; sin un Estado de derecho es imposible que se fortalezca la independencia de las instituciones, y las mafias lo que menos necesitan son instituciones fuertes que las invaliden como organizaciones autónomas, estatus del que disfrutaron en el sexenio pasado por la impunidad durante todo el sexenio. Tan nefanda situación duró hasta que los poderes fácticos de Estados Unidos, con Trump como brazo ejecutor, decidieron poner fin a los enormes riesgos que significa un país doblegado por mafias incontrolables, que actualmente es su segundo socio comercial.
La negociación exitosa del T-MEC depende de los resultados que se logren en el combate a las organizaciones delictivas. Esto lo sabe perfectamente la inquilina de Palacio Nacional, de ahí que su prioridad no pueda ser otra que aceptar el imperativo de controlarlas, al precio que haya que pagar, pésele a quien le pese. En sus manos está demostrar con hechos concretos si está dispuesta a seguir adelante en su compromiso histórico de impulsar el progreso del país, o sumirlo en la mediocridad neonazi sin ninguna posibilidad de superar tal escenario, como así lo patentiza la realidad con las experiencias que dejan al subcontinente los desgobiernos de Venezuela, Nicaragua y Cuba en su decadencia irreversible, bajo el disfraz inútil de que se trata de “socialismo”.
Así facilitaron la labor de zapa contra sus pueblos a déspotas como Donald Trump, quien con sus hechos se equipara al despotismo de los dictadores latinoamericanos que han sido cómplices de la Casa Blanca, como Somoza, Trujillo, Batista, verdaderos trogloditas; hasta los que se disfrazaron de “socialistas” como Perón, Ortega y Maduro. Esto también debe saberlo la mandataria mexicana, pero también en la Casa Blanca, motivo por el cual sería un riesgo mayúsculo permitir que López Obrador mantenga su hegemonía como grupo político cuyas ambiciones rebasan la frontera sur de México, no obstante que las condiciones estén empezando a cambiar en el subcontinente.
El tiempo, antes un aliado del tabasqueño es ahora su enemigo, razón por la cual están arreciando las presiones a Sheinbaum. Están maquinando provocaciones que llevan a la práctica, como la demostración de impunidad que disfruta el dirigente de Morena en el Senado, Adán Augusto López; o la entrega de camionetas de lujo súper blindadas a los nueve ministros de la Suprema Corte, para demostrar que no asume su compromiso con el principio de la cínica “austeridad republicana”. Con todo, la trampa más peligrosa para ella está en la reforma electoral, en la cual se propone la revocación de mandato; independientemente del resultado, en el malhadado caso de que sea aprobada, su legitimidad quedaría en entredicho. No tiene sentido tal medida, pues como se dice popularmente, quedaría “como el cohetero”.
Sin embargo, lo más peliagudo para la mandataria está en revertir las políticas públicas del obradorato, mismas que de continuarse la llevarían al fracaso más contundente de su administración al final del 2026, situación que sus adversarios dentro de Morena aprovecharían para echarle a ella la culpa y erigirse como los salvadores; tal como lo hizo López Obrador como firme opositor y fundador de Morena. Los últimos datos del INEGI en relación con el empleo son reveladores en tal sentido: el año pasado se generaron un millón 57 mil 970 plazas, todas en la economía informal; mientras que en el sector formal se perdieron 103 mil 956 empleos. La tasa de inflación promedio en el sexenio de López Obrador fue de 5.2 por ciento, mientras que la de crecimiento osciló entre 0.8 al 0.98 por ciento. Un fracaso como éste sería fatal, no para Morena sino para el país y su futuro.
La única tabla de salvación de la mandataria es la negociación exitosa del T-MEC, pero lograrlo implica garantizar la seguridad interior del país, lo que a su vez obliga a poner punto final a la impunidad. Esto salvaría a los mexicanos de un régimen autoritario, como ya se avizora sin ningún empacho en Campeche y Veracruz, por ejemplo, donde la prensa libre es prácticamente inexistente.
Salir de este atolladero fatal, no será posible mientras la doctora Sheinbaum no asuma su responsabilidad y no se preste a farsas, como el denominado “Mundial Social”, que consiste en llenar plazas, escuelas y barrios con juegos de futbol, antes y después del campeonato mundial. Mayor desatino no se podía haber planeado para distraer a la población, pero asimismo para demostrar el apego de la mandataria a la demagogia del obradorato. Obviamente, el fracaso será monumental: el pueblo, por muy enajenado que esté, no está en condiciones de semejante manipulación sin sentido, cuando son un hecho los atentados en canchas futboleras, como la que costó la vida de once personas en Salamanca.

















