Ciudad de México, noviembre 24, 2020 20:45
Opinión Rebeca Castro Villalobos

Regreso a Machu Picchu

Hace diez años tuve la fortuna de conocer el Valle Sagrado de los Incas, al cual  me transporto mentalmente al enterarme de su reapertura al turismo mundial, luego de ocho meses de clausura debido a la pandemia, para revivir el recorrido que hice por esa ciudad portentosa… además de encontrarme sorpresivamente con un grupo de llamas, para mi hasta entonces desconocidas…

POR REBECA CASTRO VILLALOBOS

En mi recorrido virtual de noticias, me encuentro con la novedad que mi grandemente  admirada ciudad inca de Machu Picchu reabrió sus puertas al turismo el pasado domingo primero de noviembre, después de permanecer cerrada por casi ocho meses por la maldita pandemia; acontecimiento  que ocurrió con una ceremonia por la  noche, de luces proyectadas sobre las piedras del imponente  santuario.

Refieren que ya para el lunes se contabilizaban los visitantes, destacando al primero en entrar: el peruano Juan José García, quien ante periodistas, se dijo emocionado y convocó a todo el mundo a que acudan a tan emblemático lugar, ubicada en la Cordillera Oriental del sur de Perú, en la cadena montañosa de Los Andes a dos mil 430 metros sobre el nivel del mar.

Y es que desde el pasado 16 de marzo, la majestuosa ciudadela fue cerrada al público, lo que causó una aguda crisis económica en los pueblos del Valle Sagrado de los Incas, toda vez que el 70 por ciento de su población vive del turismo. Tan es así que incluso afirman que fue la también llamada Montaña Vieja (en queshua) la que puso en el mapa del mundo turístico a Perú.

Machu Picchu fue declarado Santuario Histórico Peruano en 1981 y está en la lista del Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO desde 1983, para posteriormente en el 2007, ser declarada como una de las siete maravillas del mundo moderno, en una ceremonia por cierto realizada en la no menos impresionante Lisboa, misma en la que se contó con la participación de cien millones de votantes en el mundo entero mediante una encuesta en Internet.

En mi caso tuve la fortuna de conocer dicha maravilla; a la cual  me transporto mentalmente reviviendo el recorrido que hice por sus sofisticadas paredes de piedra seca, que combinan enormes bloques, así como los edificios que se relacionan a las alineaciones astronómicas y sus vistas panorámicas. Además de encontrarme sorpresivamente con un grupo de llamas, para mí hasta entonces desconocidas, y las cuales corrieron al percibir mi presencia, perdiéndose entre las piedras.

Fue en el 2010 cuando tomamos avión rumbo a Lima, ciudad capital peruana, que para entonces, me refirió Paco, su centro histórico daba ya  otra imagen a la que tenía años atrás y que él conoció muy bien en su quehacer de reportero. Sin embargo, aunque se miraba ordenada y libre de vendedores ambulantes, en esta ocasión no dejaba de verse atiborrada de gente, quizás por la misma población o de visitantes que como nosotros admirábamos perplejos esos remodelados balcones de madera salientes de las mansiones coloniales que se encuentran alrededor de la Plaza Mayor, en donde también se localiza el no menos extraordinario Palacio de Gobierno, así como centenarias iglesias y monasterios.

Por cierto, en este martes 3 de noviembre, en que se conmemora a San Martín de Porres, viene a mi mente los trayectos que tuvimos que hacer al centro de Lima en busca de una estatuilla de este santo peruano mulato que  mi madre me pidió encarecidamente le llevará, mismo que actualmente por un descuido en la limpieza se halla “descuartizada”. El caso coincide con otra imagen de cantera del mismo Santo que se guarda en un nicho en la casa de mis padres, y al igual que la primera,  tuvo que ser restaurada, al caérsele asimismo la cabeza.

En  fin, en la capital peruana nos hospedamos en un sencillo hostal ubicado en el  afamado distrito de Miraflores, donde se concentra la mayor cantidad de parques y se puede admirar y disfrutar cercanamente el mar, en el malecón.  Fue ese mismo lugar en el que  dejamos la mitad de nuestro equipaje para trasladamos en avión a Cusco, la principal puerta de acceso a Machu Picchu.

Arribando al considerado por la cultura inca “ombligo del mundo”; en Cusco encontramos un céntrico hotel, en el que nos recibieron con el consabido Té de Coca, para evitar el malestar de altura, según nos aseguraron. No obstante en el caso de Paco el té no surtió efecto porque fue necesario un descanso de casi una hora para recuperarse del tremendo mareo que tuvo.

Ya pasando el malestar físico, al día siguiente emprendimos el viaje en tren de tres horas, en un repleto vagón de turistas, cuyo destino también era el conocer en vivo y a todo color la maravilla del mundo, para lo cual fue necesario hacer largas filas, primero para la adquisición de boletos, así como para la entrada al extraordinario recinto en que permanecimos todo el tiempo que se nos permitió, quedando yo sorprendida porque todo lo que había leído y visto al respecto, se quedaba corto en la majestuosidad del lugar.

A propósito del gran atractivo que turísticamente representa Machu Picchu, y el cúmulo de visitantes que diariamente se daban cita (tan sólo en el 2019 fue de un millón y medio de turistas), en una rápida vista me entero que Perú,  en el mes de agosto, era el séptimo país en todo el mundo y el segundo en Latinoamérica con más casos del mentado virus.

Al margen de la pandemia, en aquella ocasión nuestra estadía en Cusco se prolongó dos días, ciudad que destaca en su centro histórico por la Plaza de Armas con galerías, balcones de madera talladas y ruinas de murallas incas. Ahí también se admira el Convento de Santo Domingo, de estilo barroco.

Pero como todo lo que empieza termina, era obligado nuestro regreso a Lima, por el pasaje de avión ya programado que nos regresaría a México…  lo que no sucedió debido a un retraso en los trámites de documentación. Así pues, tuvimos que quedarnos otro día más y de suerte conseguimos lugar en el mismo hostal de Miraflores.

Termino mi relato, refiriendo que con la mala suerte de perder el avión, se presentó la alegre coyuntura de estar en la ciudad de Lima  la misma tarde/noche que anunciaron el Premio Nobel de Literatura, mismo que recayó en Mario Vargas Llosa, originario de Arequipa, Perú.

Vayan pues mis parabienes para que con la apertura de esa mítica ciudadela que es Machu Picchu, reanimen las esperanzas de todas las personas que viven y se ganan la vida en oficios dedicados al turismo.

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