Ciudad de México, mayo 18, 2024 16:55
Dar la Vuelta Opinión

Santos, coníferas y uno de los mejores mercados de la ciudad

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El Mercado de San Pedro de los Pinos fue proyectado por los arquitectos Pedro Ramírez Vázquez, Félix Candela y Rafael Mijares entre 1952 y 1959.

POR RICARDO GUZMÁN

Cuando nací mi familia vivía en Calle Cinco, en San Pedro de los Pinos. Luego de emigrar a otras partes de la ciudad casi 35 años después regresé a vivir a la colonia donde no sólo aprendí a andar en bicicleta, sino que lo hice frente a uno de los mejores mercados de la ciudad.

Confieso que siempre me he considerado un apologista mi barrio, el único que mezcla santos y coníferas en su nombre. Me gusta su ubicación y perfil clasemediero, la lógica de ponerle números a las calles y sobre todas las cosas me gusta su mercado.

Según el Archivo Histórico de la Ciudad de México el Mercado de San Pedro de los Pinos fue proyectado por los arquitectos Pedro Ramírez Vázquez, Félix Candela y Rafael Mijares entre 1952 y 1959. Sí, el mismo Ramírez Vázquez que años después metió tremendo golazo con el Estadio Azteca y con el fantástico Museo Nacional de Antropología.

Este sampetrino recinto de mercantes destaca por ser un espacio bien iluminado con techos muy altos y amplios espacios. Sus pasillos son amigables con los marchantes que valoran poder caminar sin tener que sortear obstáculos.

Sin desniveles, mala iluminación, saturaciones, invasión de pasillos o trazos laberínticos, como pasa en muchos otros mercados chilangos, el de San Pedro también destaca por su excelente ubicación y por estar frente al pequeño parque Luis Pombo, nombrado así en honor al abogado oaxaqueño que donó los terrenos donde hoy se levantan tanto el mercado como el parque.

Y no todo es su buena arquitectura. Como buen mercado la diferencia la hacen sus puestos, donde destacan sus famosos pescados y mariscos.

Cuando iba de niño recuerdo que había más marisquerías o que tenían diferentes nombres. Ahora, con el paso de los años y aparentemente siguiendo la tendencia del capitalismo voraz, sólo dos grandes restaurantes (Altamar y La Fuente de la Juventud) lograron prevalecer y consolidarse como un duopolio. No me atrevo a recomendar uno en particular porque creo que ambos son igualmente buenos.

Cocina japonesa, muy buenas opciones de comida corrida, cortes a la parrilla, diversidad de tacos y garnachas, postres (busquen la gelatina de mamey) y un local de comida cubana de reciente aparición completan un auténtico menú de opciones para los cientos de comensales que recibe todos los días.

Como buen mercado mexicano la oferta se completa todo lo que la “hermosa damita” o el “fino caballerito” necesiten para su hogar, su cocina o su persona, y lo hace a precios que afortunadamente han logrado resistirse a la inflacionaria gentrificación que azota en otras colonias no tan lejanas. Nuevamente, reto a los lectores a comprobar la variedad de su oferta, la calidad de sus productos y sus precios.

Una remodelación en 2021 lo dejó una fachada muy bonita, letreros lucidores y pisos nuevos, pero a mi juicio unas banquetas demasiado altas. Esta obra le dio vida nueva a un recinto que es parte de la historia de la ciudad y el cual estoy seguro de que jamás decepcionará al visitante.

Es cierto que todos tendemos a defender lo nuestro. Esos rincones que definen nuestra historia y donde encontrábamos las cosas que nos gustan.

En mi caso el fantástico Mercado de San Pedro de los Pinos además de darme una buena alimentación también me dio muchos luchadores de plástico, y máscaras de luchadores (sí, soy fan del pancracio), y helicópteros de fricción y carritos y pelotas de plástico. Tantas cosas que marcaron la vida de un vecino casi sesentón que vive muy feliz en su barrio y el cual no piensa cambiar de mercado nunca jamás.

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