Ciudad de México, octubre 28, 2021 10:44
Opinión Rebeca Castro Villalobos

Sorpresivos noventas

Los artículos de opinión son responsabilidad exclusiva de sus autores.

Agradezco a cada uno de mis hermanas y hermanos el amor que con su presencia le externaron a Rebeca, mi mamá y tocaya, dejando de manifiesto que podemos estar a cargo de la felicidad de los demás.

POR REBECA CATRO VILLALOBOS

Hace exactamente un año y un mes que escribí estos párrafos, primero sólo como desahogo personal; posteriormente decidí compartirlo con mis hermanas y hermanos, a sabiendas que en su mayoría, si no es que todos, me darían tremenda reprimenda. Hoy termino de publicar la historia porque la ocasión lo amerita: Rebeca,  mi mamá y tocaya, cumplió 90 años.

Para tener un poco más de contexto, fue en julio cuando inicie el escrito. Después de convivir y compartir alimentos en casa con mi madre, ella se despidió de mi con un beso en la mejilla. Una acción nada  fuera de lo común o espectacular, pensarán. El caso es que estábamos (y estamos) en pandemia. No me le había acercado más allá de los metros reglamentarios, en casi cinco meses y ese día ella, remarco, me besó.

Fueron momentos en el que no supe cómo reaccionar, porque a la vez me invadió un cumulo de sentimientos, más porque mi madre, confieso, pocas veces demuestra esa parte tan sensible que todos tenemos en menor o mayor grado; empero ese sábado no tuvo empacho en externarme su cariño.

Retomo parte del texto de  julio: “Ahora, en estos tiempos cuando el mentado virus nos ha impedido disfrutar a los seres queridos como se debe, abrazarlos, besarlos y más; es ahora cuando ese beso lo disfruté en demasía. Aclaro, no temo contagiarme, ni tampoco contagiarla; y bueno, por mi parte me la juego; es mi madre; quien me agradece una comida y una tarde de música de Chopin y Alberto Cortez, pláticas diversas pero con una lucidez que asombra. Yo y ella compartimos en común la soledad. Desde su viudez he procurado que no lo resienta y por su parte mi madre me ha hecho sentir importante, a pesar de que somos una familia numerosa, ocho hijos para ser exacta, ha volteado hacía mí y me ha procurado

He de referir que desde que mi padre falleció, hace ya casi nueve años, mi amor se volcó casi totalmente a mi mamá. Y escribo “casi” porque yo ya con pareja se me impide llenar al cien por ciento todo mi corazón.

Desde que papá vivía sus últimos meses (nos dejó a los noventa y cuatro) procuré que mi madre disfrutara la vida, con sus amistades, ya sin ninguna otra obligación por quehacer en las tardes de burócrata, le propuse cuidarlo cada jueves de la semana, a efecto de que ella fuera por unas horas al café con un grupo de sui generis amigas, del cual lamentablemente solo sobrevive mi mamá

Y el calificativo para ese clan de amistades, se lo ganaron a pulso haciendo y diciendo ocurrencias, que hasta los mismos meseros que las atendían optaron por sonreír y dejar de  sonrojarse con sus dichos y chistes. Todavía recuerdo que en una de esas tardes, para festejarse por algún motivo, organizaron una “pijamada” en uno de los hoteles a la entrada de la ciudad.

Si mal no recuerdo, fueron seis las que participaron en esa “farra” que inició un viernes por la tarde y concluyó el sábado con un ameno desayuno. De lo poco que se me permitió enterar, se pusieron sus respectivos atuendos para desde las mesas de una a solitaria alberca brindar con refrescos, cocteles y bebidas espirituosas, en algunos casos.

La tertulia tuvo que concluir cuando los pocos empleados que quedaban pasaron a retirarse y ellas, a su vez, decidieron una última bebida y /o refresco en uno de las tres habitaciones reservadas. Al día siguiente, después de un suculento desayuno, fueron despidiéndose; en el caso de mi madre, la recogieron para dejarla finalmente en casa, donde mi padre no cesaba de cuestionar dónde se encontraba.

Otra ocasión que mi mamá me puso en serios aprietos con mi amado padre, fue cuando se escapó a la Ciudad de México a ser parte de una fiesta sorpresa para su amiga de la infancia. que llegó a los ochentas. Sin embargo, mientras ella disfrutaba el ágape, mi papá primero no quería acostarse y mucho menos dormir. Al día siguiente le amaneció buscando en las recámaras para dilucidar dónde dormiría Rebeca, hasta que gracias a Dios arribó en el auto designado exprofeso para ella.

En fin, hay varias y variadas anécdotas de mi relación con la tocaya, pero nunca pensé que esas travesías culminarían con el adiós de sus  amigas  –por cierto dos de ellas en pandemia– y con las cuales ya sólo mantenía contacto telefónico.

Describiendo un poco lo ocurrido el pasado cinco de junio, cuando sin ni siquiera imaginarlo mi madre dejó su sillón, apagó la televisión y casi obligada inició el descenso desde el segundo piso a un amplió lobby y comedor, en donde pudo ver a sus ocho hijos juntos, lo cual ha sido muchas veces inimaginable porque no se coincidía y menos en esta maldita pandemia. Pese a que todos e la familia están debidamente vacunados, se tomaron las medidas prudentes y necesarias para conmemorar tan importante fecha. Agradezco a cada uno de mis hermanas y hermanos el amor que con su presencia le externaron a Rebeca, dejando de manifiesto que podemos estar a cargo de la felicidad de los demás.

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