POR MARCO ANTONIO ROMERO SARABIA

El domingo pasado, fue un día distinto en México. El ambiente en las calles, en los hogares y en las plazas públicas, era algo que no había pasado hace mucho tiempo. Muchos, puedo decirlo, jamás lo habíamos vivido.

Y es que no importaba si eras de izquierda o de derecha. Si eras rico o pobre. Ni siquiera a quién has votado. El júbilo que vivió nuestro país por motivo de las fiestas patrias que conmemoran el inicio de la lucha por la independencia, era mayoritario. Aplastante.

Y así estuvo el Zócalo. Un evento que los últimos años se había convertido en mero protocolo y para el que el gobierno en turno hacía cuanta maniobra podía para rellenar la plancha con gente que iba en contra de su voluntad, cambió de sentido.

Foto: Cuartoscuro

Esta vez, las imágenes eran distintas. Eran nuevas.

Gente llegando desde temprano a ocupar su lugar en la gran plaza. Un espectáculo cultural que homenajeaba las tradiciones de cada Estado de la república. Alegría en el rostro de familias enteras. Lágrimas de emoción. Un Zócalo de la República en el que a las once de la noche no le cabía un alfiler. VIVAS que salían del alma.

No es poca cosa. El pueblo de México veía por fin y después de años de lucha, a uno de los suyos salir desde el balcón presidencial. La imagen era poderosa: sin invitados especiales, sin ceremonias faraónicas, sin familiares presumiendo sus más caros ropajes. Pero con el pueblo. Con cientos de miles de mexicanos gritando y celebrando.

Este fue un grito diferente, porque el país comienza a ser diferente. El país, como Palacio Nacional, ya no le pertenece a unos cuantos. Es el pueblo y las grandes mayorías quienes tienen el poder e impulsan la transformación del país. Y por eso la gente, a pesar de los problemas que persisten, festejó por primera vez con entusiasmo.

Porque saben que queda mucho por hacer, pero que ahí, adentro de Palacio Nacional, hay alguien que los representa. Y que valió la pena todo lo que se tuvo que luchar para que Andrés Manuel saliera de ese balcón. Y que, como se lo dijeron miles desde abajo, no está sólo

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