Ciudad de México, junio 1, 2020 20:33
Mayo 2020

Vecinos en cuarentena / Tomaré de nuevo mi bicicleta

POR VÍCTOR MANUEL JUÁREZ CRUZ

El encierro me ha servido para rescatar los recuerdos sobre mi barrio. Soy totalmente nativo de la ahora alcaldía Benito Juárez, ubicada en el ombligo de nuestra gran capital –la City, dirían los ingleses–. Los orígenes de mi familia paterna datan de mediados del siglo pasado, 1949, para ser preciso. Entonces, el tío Manuel Juárez Frausto, quien era jefe de publicidad del diario Excélsior, pudo hacer unos ahorros y comprarle una casota a la matriarca de la familia, la abuela Ana. Abuela ejemplar de una veintena de nietos.

Calles medio trazadas y llanos donde pastaban vacas y borregos circundaban la casona de la abuela Ana, situada justamente en el 825 de la calle de Pestalozzi, entre Eugenia y Concepción Beistigui. De a poco se iría poblando y arribarían los Baledón, los Rivera, las Gudiño, los Gutiérrez, los Valero y los Serrano Limón, entre los que recuerdo eran mis amigos de la “cuadra” y ganábamos las calles para jugar todo el día, durante las largas vacaciones de verano.

La convocatoria para el juego era un largo silbido que invitaba a las coladeritas, el tochito, las carreteritas, las carretas en bicicleta, el trompo, las canicas, el balero, el yoyo o el bote pateado. No había entonces videojuegos y la actividad física de “los muchachos” era muy intensa y variada. Tal vez por ello emergieron jugadores del soccer de la primera división como Rafa Puente, toreros de gran renombre como el Curro Rivera, y varios y grandes jugadores del Futbol Americano como los hermanos Arturo y Rafael Baledón –hijos del legendario mariscal de campo de los Pumas, Arturo el Pelón Baledón–. Y por supuesto yo.

Los días corrían placenteros y divertidos. Incluían largos recorridos en bicicleta por la colonia. Hacia el sur las travesías nos llevaban hasta Ciudad Universitaria, donde las rampas del estadio Olímpico Universitario eran todo un desafió. Los prados de las Islas, a un costado de Rectoría, era el escenario para hacer nuestras olimpiadas.

De camino nos topábamos con las arboledas, lo que ahora es el parque de Pilares y un enorme centro comercial. Justo al centro y rodeado de árboles frutales, se encontraba un claro que convertimos en nuestro campo de soccer y americano, y donde escenificábamos duelazos contra equipos de otras calles y colonias. Muchos terminaban en batallas campales, con hartos moretones y raspones.

La recompensa era tomarse un jarrito en la tienda de abarrotes de doña Paulita, a donde reculábamos todos sudorosos y agotados.

Pasado el tiempo apareció por ahí un equipo infantil de americano, los Yaquis de la Del Valle. Su paso fue breve pero memorable, pues emergieron buenos jugadores que emigrarían a los Gamos del Centro Universitario México (CUM), que recién renacía y congregaba a los hijos de las familias pudientes del rumbo. De los Gamos muchos emigrarían a equipos de la UNAM o el IPN. Y sí, de presumirse el nivel de tocho que jugábamos los niños de Pestalozzi, era tal la calidad y velocidad que acudían a retarnos hasta jugadores de liga mayor.

La casa de la abuela materna, recuerdo, era enorme. De tres pisos con un enorme jardín donde había árboles de duraznos, higos y naranjas. Había un tercer piso que alternábamos mi padre y yo, y que con el tiempo convertí en mi refugio. Ahí pretendía hacer un hoyo para comunicarme con los Baledón. A la entrada, en el largo garaje, una bella araucaria crecía de forma frondosa y saludaba a los visitantes. Los sábados y domingos eran como días festivos. La familia toda se reunía y la algarabía y corredero de primos y hermanos le daban una vitalidad y energía insospechada a la casona de la abuela Ana, Mamina para sus nietos.

Pero como todo lo bueno tiene un fin, la casona fue vendida –los ruegos de mi padre por conservarla no fueron escuchados por sus hermanas—  y en lo que fue su cede se levantaron dos edificios de condominios, donde se construyeron 20 departamentos. Lo único que quedó, como memoria del paso de la Abuela Ana y su familia Juárez Frausto, es la  hoy gigantesca y majestuosa araucaria o pino araucano –procedente de los bosques del sur de la Patagonia–, y que le da su nombre actual: “Torres Araucaria”.

Todos partimos y nos dispersamos por distintos rumbos al iniciar el ciclo de vida de lo que es la educación media superior o superior. Los amigos tomaron sus caminos, al igual que los primos y hermanos.

Pero yo no pude dejar mis rumbos, pues los dividía entre vivir ocasionalmente en el departamento de mi madre, en Pilares y Tenayuca o de rumie con compañeros de la universidad. Era un vago, pues, pero que se negaba a alejarse de sitios históricos y familiares. Nunca pude ni dese salir de mi colonia. Conocía cada calle, cada rincón y me tenía pleno de recuerdos.

Una foto de época en Tlacoquemécatl. En la foto aparecen, entre otros personajes de entonces, Curro Rivera y su padre Fermín, ambos toreros, y Pili, cantante española del momento.

Pero pudo más el trabajo y las ganas de hacer algo en la vida. Así el destino me llevó al diario unomásuno, y de ahí a mi último salto y morada en la también colonia del Valle de la hoy alcaldía de Benito Juárez.

Vivo en el barrio de Talcoquemecatl Del Valle, en el mismo centro de mi gran y querida colonia, de la que nunca he salido, ni saldré. Muy afortunado de mi ubicación, pues me encuentro a unas cuadras de las avenidas Insurgentes, Coyoacán y Félix Cuevas. Dispongo de todo lo necesario en materia de movilidad y acopio de todo tipo de productos y servicios.

Y así como rodé mis lugares de origen en bicicleta, ahora los camino y los disfruto. Tlaco conserva mucho de lo que fue un pueblo enclavado en la ciudad. Casi todos nos conocemos y saludamos con afecto. Así con los jardineros del parque, como Don Cacique, quien desde muy temprano barre pasillos y limpia jardines, como con los carniceros, carpinteros y demás personajes vecinales.

Tlaco, mi barrio me ha dado todo. Aquí conocí a mi esposa y madre de mis hijos. Aquí nacieron, crecieron y jugaron mis hijos, y ahora mi nieto. Ellos sí, dueños del parque que lo gozaron a plenitud desde los triciclos, bicicletas y los duelos de cascaritas y tochitos en las canchas de basquetbol, hasta las fiestas de cumpleaños. Mis hijos aún pudieron ser libres en su colonia, libres del tráfico vehicular, de la amenaza de delincuentes y demás asechanzas citadinas.

Mi mayor tristeza, al ver el transcurrir los años en mi colonia, es la vertiginosa transformación de una ciudad horizontal de bellas casas con familias grandes, a una vertical con grandes condominios de diminutos departamentos y donde ya no se escucha la algarabía de los niños y los servicios se saturan.

Aun así, amo profundamente a mi barrio de Talcoquemecatl. Sus callecitas arboladas, sus casas de estilo California colonial y sus techos de tejas, sus decenas de parques y zonas arboladas. Añoro los días de abril cuando mi amada mujer cumpliría años y gozaba de pisar las flores de las jacarandas, pues “tronaban”. Extraño los largos paseos a pie como mi amigo peludo “Kamel”, también oriundo de la Del Valle.

Una vez erradicada la pandemia que nos obliga a confinarnos, tomaré mi bicicleta de nuevo y como aquel niño recorreré todas esas calles llenas de recuerdos.

*Vecino de la colonia Tlacoquemécatl Del Valle. Por más de 30 años ha ejercido el periodismo en diversos medios de comunicación, en donde ha sido reportero y coordinador de asuntos  especiales, así como director de información. Es colaborador eventual de Libre en el Sur.

comentarios

Artículos relacionados