Ciudad de México, marzo 1, 2026 07:17
Mariana Leñero Opinión Revista Digital Marzo 2026

El viento se me adelantó

Los artículos de opinión son responsabilidad exclusiva de sus autores.

El día del ascenso en Salkantay lo entendí de forma distinta. Entre jóvenes europeos que subían ligeros y risueños, yo negociaba con mis pulmones.

POR MARIANA LEÑERO

El viento no empezó en los Andes. Empezó en mi casa, en noviembre, cuando decidí irme a Perú justo cuando terminaba la temporada alta y comenzaba la baja porque podía llover. No era el momento más lógico. Tampoco el más cómodo. Pero algo en mí ya estaba en movimiento.

Pensaba que este viaje era un reto físico, una pequeña rebeldía contra la monotonía, contra la edad, contra la idea de que los años empezaban a instalarse en mis caderas y que el cansancio terminaría por acomodarse en las colinas de mis arrugas.

Pero lo verdaderamente atrevido no era la altura.

Era hacerlo sola.

En la montaña no se anda con mochilita ni con entusiasmo improvisado. Hay rutas, decisiones y acuerdos que se toman casi a ciegas. Recordé el contacto de un guía que Ricardo y yo habíamos conocido ocho años atrás. Encontrarlo en WhatsApp fue casi absurdo, como si una versión anterior de mí hubiera dejado la puerta entreabierta para este momento.

 —Mi esposa te puede ayudar —me contestó.

No agencia. No itinerario rígido. Intercambio de mensajes. Ajustes sobre la marcha. Durante un par de semanas afinamos detalles que eran más casuales de lo que muchos considerarían prudente. Transferí el dinero con el dedo ligeramente tembloroso. No por la cantidad, sino por lo que implicaba confiar sin contrato formal, confiar en alguien que no conocía bien  y,  confiar en mi propia decisión.

Elegí hacer dos hikes cuando todos sugerían que con uno bastaba. Si ya me iba a atrever, que no fuera a medias. Mi calendario laboral se comprimió como si tuviera que pagar la osadía por adelantado.

Nadie preguntaba demasiado. Pero sus miradas cambiaban cuando mencionaba la altura y las millas que caminaría cada día. No era una hazaña. Era una osadía medio imprudente.

Me dijeron que no habría señal. Sin comunicación. Sin conexión.

No conté todo. No expliqué cada detalle improvisado. Desde ahí, sin declararlo, el viaje ya comenzaba a ser mío.

Para lo básico, conté con la ayuda de Cathy, quien me orientó a elegir solo lo necesario.  Tom, Rabbit, ya me había enseñado años antes que siempre se puede caminar una milla más sin pensarlo demasiado, solo se camina. Llevaba sus voces en la mochila. No estaba del todo sola, pero sí en lo esencial.

A unos días de salir, mi amiga Lissa hizo lo que las amigas inteligentes hacen: preguntas incómodas. Pidió fotos del lugar donde me quedaría. Yo misma no había querido mirarlas con atención. En el chat aparecía un cuarto solitario con una cama que tenía una  almohada del tamaño de una hoja de papel y el cobertor era sospechosamente parecido al modelo rasposo que usaba mi abuelita en su casa.

 —Son solo el día que llego y una noche entre hike y hike—, intenté justificar.

En cuanto terminé, Lissa ya tenía tres opciones de hotel abiertas en su celular. Eran demasiado, pero esa misma noche encontré un hermoso hostal y decidí que al menos el descanso entre caminatas merecía comodidad.

Luego vinieron los tiempos. Cuatro vuelos conectados como si yo misma hubiera coreografiado un nado sincronizado olímpico. Me sentía orgullosa. Hasta que apareció la palabra “aclimatación”. A quince mil pies no basta con entusiasmo. Hacen falta días. Yo tenía veinticuatro horas.

Volteé con un asombro que pretendía decir: “Claro, ya lo había pensado”. Pero no. No lo había pensado. Y ya no había nada que hacer, amarré el miedo junto a mi mochila.

Para entonces estaba convencida de que el viaje era un paréntesis. No un síntoma.

El día de la despedida, Ricardo me miró con una mezcla de orgullo y miedo  contenido.  No imaginábamos que, horas después, cuando la señal desapareciera, se daría cuenta de que no tenía el contacto  de “mi esposa te puede ayudar” ni el del hostal que había reservado a última hora. Solo sería capaz de ver, en Google Maps, un punto detenido en medio de la nada. Y nada más.

El viento ya empezaba a colarse.

El día del ascenso en Salkantay lo entendí de forma distinta. Entre jóvenes europeos que subían ligeros y risueños, yo negociaba con mis pulmones. A los diez minutos pensé que había cometido una estupidez. A la hora estaba segura. El aire no entraba. El corazón golpeaba con violencia. Y por primera vez en mucho tiempo dudé que podría terminar.

En los hikes con Tom, por más miedo o cansancio que me atraparan, siempre tenía la certeza de que llegaría. Pero ahora no. Las dudas surgían a cada paso.

El viento no era romántico. Era crudo. Se metía en la respiración, en las piernas, en la inseguridad.

Y, sin embargo, después de un rato —no sabría decir cuánto— algo empezó a acomodarse. No la montaña. Yo. El mismo viento que me había dejado sin aliento comenzó a empujarme hacia adelante. No hacia arriba. Hacia adelante.

Me aclimaté. No solo a la altura.

Comencé a sorprenderme de mi fuerza, de mi ritmo, de mi buen humor, de ese yo que solo existía allá arriba. Un yo sin testigos, sin explicaciones, sin pasado inmediato. Me sentía feliz. Orgullosa. Sin pena. Simplemente feliz.

Entendí por qué hay quienes buscan volver siempre a la montaña. No por la cima, sino por esa versión de uno mismo que aparece cuando solo existe el siguiente paso.

Entre más alto subes, más pequeño se siente todo: las dudas, los errores, incluso las certezas. Lo difícil no es sentirlo allá arriba. Lo difícil es integrarlo cuando bajas. Quizá no sucede al mes de regreso. Ni al siguiente.

Quizá sucede hoy, mientras escribo esto, y entiendo que el viento no comenzó cuando decidí irme a Perú. Llevaba tiempo recorriendo mi casa, abriendo ventanas que yo creía cerradas, moviendo papeles que parecían acuerdos, cambiando la dirección de certezas que yo daba por hechas, empujando silenciosamente hacia un lugar que todavía no sabía nombrar.

El viento no me llevó a Perú.

Se adelantó.

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