Ciudad de México, julio 28, 2021 09:43
Opinión Rebeca Castro Villalobos

¿Volverán las oscuras golondrinas?

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Con todo el dolor de mi corazón, y siendo yo admiradora del gran poeta Gustavo Adolfo Béquer, con su rima “Volverán las oscuras golondrinas…”, tuve que solicitar al jardinero que bajara el nido y lo colocara en otro lugar o casa del fraccionamiento…

POR REBECA CASTRO VILLALOBOS

Nunca me he sentido muy atraída por tener mascotas, salvo mis peluches y afelpados muñecos. Sin embaargo, a últimas fechas me llaman mucho la atención los pájaros, por sus múltiples sónidos que hacen al amanecer y porque debido a la temporada de calor, los escucho más nítdamente por la ventana abierta de mi recámara y me hacen evocar mis años de infancia.

Así, recientemente, cada mañana para no distraer ese sentir mantengo los ojos cerrados, y escuchando los chirridos, silbidos y trinos de esas aves me transporto a la habitación de mi abuela Catalina, mejor dicho a su cama ubicada a unos pasos de la puerta del recibidor de la casa, lugar donde se encontraba una enorme jaula doble en donde se albergaban gran cantidad de canarios.

También, aunque no recuerdo si en la misma pajarera, porque creo que tenía divisiones, se veían cotorros o pericos australianos. Eso sí recuerdo que en una jaula más chica, y separado del resto un Cenzontle o Zenzontle, que al decir de mis hermanos mayores era de un cantar precioso. En ese entonces, por mi corta edad, desconocía la clase de aves que cohabitaban con mi abuela, su hermana Amalia y mis tías bisabuelas Rebeca y Beatriz, en esa residencia

Lo que sí, cuando nos hospedamos con ellas, casi siempre los cuatro hermanos más chicos (Patricia, Arturo, Rocío y yo) era todo un ritual. Desde la asignación de camas, porque la recámara principal de una exquisita calidad y gusto, comprendía, además de ropero, tocador, taburete , solamente dos camas individuales. Los aposentos de Catalina en la misma habitación, pero dividida por una arquería, era de tamaño matrimonial, donde casi siempre quedamos con ella, yo (por mis temores nocturnos) y uno de los más pequeños.

No era necesario un despertador, si es que teníamos que alistarnos muy temprano y tomar el transporte a la escuela; el canto de esas aves eran la señal de alerta para apresurarnos al baño, vestirnos, desayunar y tener el visto bueno de mi abuela en nuestra apariencia. Aquí se me viene a la mente que utilizaba el jugo del limón para aplacar esos cabellos rebeldes para unas estiradas coletas con las que nos peinaba a hermanas y a mi.

He de relatar que para esas horas, casi siempre al alba, las pajareras ya estaban sin su cubierta nocturna, con papel periódico limpio en la parte inferior y llenos los respectivos comederos con alpiste al igual que su recipiente de agua. En caso de los canarios, se les ponía un pan de huevo, que siempre tuve curiosidad por probar. El pulcro y en demasía mañanero arreglo de esas madrigueras, era gracias a Picho, como cariñosamente le llamaban a Prisciliana Alfaro, una afable y admirada mujer que prestó por años sus servicios en Pocitos, que es la ubicación y apelativo de esa vivienda familiar.

Además de atender a los pájaros, Picho tenía la encomienda de prepara los desayunos, entre los que estaban los de mis tías bisabuelas, ambas mujeres jubiladas de lo que ahora es Teléfonos de México. Fue precisamente mi tocaya Rebeca la que se aficionó por tener pájaros, principalmente por los melodiosos sónidos que emitían; siempre trato de mantener su colección, si faltaba alguno, presta siempre lo suplía por otra ave.

Picho también acudía diariamente al mercado para regresar a cocinar. Creo que todavía me tocó verla guisar con carbón, pues la estufa eléctrica se adquirió después de muchos años.

Dentro del quehacer diario de esa casa, estaba también el alimentar a casi un centenar de palomas que se atiborraban en la azotea al mediodía. Esa labor corría a cargo de Amalia, quien gustosa subía al cuarto piso de la casa, y ya en azotea aventaba puños de maíz adquiridos exprofeso para esas aves. Muy a propósito de mi tía, gustaba también de tener gatos, que hasta la fecha me pregunto cómo los mantenía alejados de las jaulas.

El día en Pocitos terminaba. por lo menos para Picho, cuando acostaba, por así decir, a los canarios, pericos y al cenzontle. Retiraba el papel periódico mismo que para la cinco o seis de la tarde ya se ensuciaba; a tirar el agua y limpiar lo que restaba del alpiste. Ese ritual concluía todos los días, excepto los domingos que ella no asistía, cubriendo las madrigueras con pedazos de tela evitando culquier infiltración de luz.

Con nostagia recuerdo ese tiempo, aunque agradezco que las actuales circunstancias me permitan disfrutar de esos nuevos compañeros en las mañanas. Claro que tienen sus inconvenientes porque he tenido que limpiar el auto más continuamente, cambiar la ubicación de las macetas, cuya barda recién pintada en diciembre, urge de otro brochazo. Y es que descubrí que la llegada de la parvada matutina tiene mucho el que mi vecina deja diariamente platos con migajas de pan o alpiste.

No puedo concluir este texto sin relatar con mucha pena y pesar, a mi arribo al que ahora es mi hogar, hace más de 15 años, en los techos exteriores de madera, anidaban unas golondrinas. No obstante, al igual que mi padecer actual, en ese entonces no había quien limpiara la suciedad que dejaban en las ventanas, suelo y el jardín. Con todo el dolor de mi corazón, y siendo yo admiradora del gran poeta Gustavo Adolfo Béquer, con su rima “Volverán las oscuras golondrinas…” tuve que solicitar al jardinero que bajara el nido y lo colocara en otro lugar o casa del fraccionamiento.

Tal parece que con esa oda a la fatalidad y al amor perdido estoy padeciendo las consecuencias de mi actuar.

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