LETICIA CALDERÓN CHELIUS

Miguel Ángel Mancera obtuvo poco más del 60% de los votos que lo llevaron, de calle, a la jefatura del Gobierno de la Ciudad de México en 2012. Mancera no ganó por si mismo sino que lo hizo porque el gobierno que dejaba Marcelo Ebrard, su jefe entonces, logró lo imposible: que esta entidad tuviera brillo propio en medio de un sexenio de sangre y daños colaterales que iniciaron en el norte del país.

Mancera prometió gobernar escuchando, “decidiendo juntos” nos dijo y simplemente nos ignoró.  Hoy Miguel Ángel Mancera es candidato por la vía plurinominal al Senado de la República por el Partido Acción Nacional (P.A.N) cuando nunca se quiso afiliar al Partido de la Revolución Democrática (P.R.D) partido que abanderó su gobierno.

Recientemente el otrora jefe de gobierno se fue sin que nadie lo notara porque, cuentan, en esta ciudad no queda ya nadie que lo pueda extrañar. Su adiós fue como la de un burócrata de quinta que desde media hora antes de cerrar la ventanilla de atención al público nos anuncia que “ya esta cerrando”.

Hoy su ausencia no la recuerda casi nadie porque solo las ausencias que calan la entraña son memorables. Solo quedarán, tal vez, algunas de sus ocurrencias que de tan absurdas, tan inverosímiles y tan a “bote pronto”, dieron lugar a algunos de los momentos de mayor ingenio que los chilangos desbordamos con humor, como aquella de aumentar el precio del metro a punta de madrazos y la respuesta masiva del #puesmelosalto. O la de la prevención contra el hostigamiento sexual sonando un silbato que acabó entre los memes como el famoso #pitodeMancera.  Humor irreverente que no lo salvará del olvido.

Foto: Cuartoscuro

Inolvidable también su visita apenas tomó el puesto para saludar al Papa Francisco allá en el Vaticano con cuenta al erario. Y su intento descomunal de concesionar el espacio público de esta Ciudad que en el caso del Corredor Chapultepec que se detuvo por la furia ciudadana de no dejar pasar todas y por lo menos salvar alguna.

Ahora como sombra política Mancera apoya la continuidad de su  grupo a través de quienes trabajaron con él durante el sexenio en que pasó por aquí. Apoya abiertamente a la Sra. Barrales quien fuera, ni más ni menos, su Secretaria de Educación Pública hasta 2016 y luego su enviada al frente del P.R.D. Como candidata al gobierno de esta Ciudad incluso ella se desmarca de Mancera a la primera oportunidad y promete lo que sea con tal de lograr apoyos que Mancera no le aporta.

Difícilmente escucharán que ella lo nombre en público ni que repita alguna medida que se implementó en el periodo de gobierno que ya se fue aunque aún siga vigente. Así, su nombre, como el de un amante que se pierde en el tiempo de lo que fue, se borra poco a poco. El olvido es también dejar de nombrar un recuerdo. Mancera no cumplió lo que prometió. Nos engañó a muchos y como suelen hacer los políticos rapaces que brincan a otro puesto seguro antes que arriesgarse, “amarró hueso”.

La única manera que la democracia tiene para castigar a un político banal y frívolo es cobrarle el costo político de su conducta.  El castigo es simbólico porque como gatos muchas veces “caen parados”, pero el desprecio les duele porque un político nunca va solo, sino que aglutina a un grupo que gana con él o pierden juntos.

Por eso, las elecciones tienen su encanto para la ciudadanía, son el día y la hora de la cita que debemos agendar para cobrar cuentas, para reclamar a punta de taches en la boleta las ofensas y desplantes, las tareas no realizadas y las traiciones a la ciudadanía cuando se privilegió a los consorcios privados por encima de la gente. El día de la elección es el día en que por muy pequeño que parezca el voto individual ese papel representa el poder colectivo de desquitarse del maltrato y apostar por huir sin salir corriendo.

Porque votar no es solo un acto de apoyar a algunos sino también de ir en contra, ya sea de un proyecto, un grupo, o un personaje que simplemente como Miguel Ángel Mancera se aprovechó del cargo para el que, dicen cuando juran, prometió honrar sus promesas y que “si no lo hiciere que la nación se los demande”.

Pronto llegará el día, la cita se acerca y el castigo cívico para una conducta políticamente traicionera esta en las urnas. ¿Verdad que así tiene su encanto pensar en ir a votar?

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francisco

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