Ciudad de México, febrero 28, 2025 08:52
Francisco Ortiz Pardo Opinión

EN AMORES CON LA MORENA / ‘Las Batallas’ en la colonia Roma

Los artículos de opinión son responsabilidad exclusiva de sus autores.

Al leer la novela de José Emilio Pacheco se remueve una melancolía personal, en mi caso de cosas que no viví. Al experimentarlo ‘en vivo’, el viento suave y fresco entra a los pulmones para recordarnos lo imborrable.

POR FRANCISCO ORTIZ PARDO

La vida vuela. Fue hace como 30 años. Tal vez más. La colonia Roma era para mí todavía un terreno por descubrir, aunque me habían contado que a mi abuelita Emily Pinchetti le encantaba ir a la Bella Italia, esa heladería a la que Carlos, el protagonista de Las Batallas en el Desierto, había invitado a Rosales, su compañero pobre en la primaria del Colegio México de la calle de Mérida. Para entonces también se me había convertido en una obsesión recrear mentalmente el ambiente que prevalecía cuando, hacia los años veinte del siglo pasado, mi abuelo José Ortiz vivió de niño con su madre en una de esas dos casas en el estilo victoriano de las Damas Pintadas de San Francisco, en la esquina de Insurgentes Sur y Álvaro Obregón.

Antes de eso fantaseaba con la colonia Roma. En medio de versiones siempre confusas, me gustaba hacer mi propia película de cuando Emily trabajó por ahí con su madre en una nevería familiar (¿qué más italiano que los helados?). Mi padre me contaba de cuando vivió de niño en la calle de Taxco, en la parte de la colonia menos glamorosa pero entrañable, la que describe Alfonso Cuarón en la película más laureada de la historia universal. Yo, habitante de ese polo sur de la ciudad que es Villa Coapa, imaginaba la vida de aquella zona anexada a las tradiciones europeas, cuando además en mi familia paterna prevalecían las pláticas de los ancestros italianos. En la parte más tradicional y opulenta, la Roma Norte, el porfiriato fue punto de partida de la creatividad de excelsos arquitectos que no solo aportaron una versión muy propia del Art Nouveau, sino que dieron rienda suelta a su imaginación con eso que llamamos el estilo ecléctico. En sentido estricto era una colonia tipo europeo pero en realidad más que eso: el sincretismo cultural, las contradicciones sociales y un costumbrismo mestizo que de forma tan genial plasmó José Emilio Pacheco en Las Batallas.

Iglesia de Nuestra Señora del Santo Rosario.

Con todo, conocí el David de la Plaza Río de Janeiro mucho antes que el original de Miguel Ángel que está en Florencia, Italia. Y me cautivé con las edificaciones circundantes, como la legendaria Casa de las Brujas, donde hubo un pequeño café en que daban crayolas para hacer garabatos en el mantel de papel estraza. Recuerdo haber echado unas monedas en la rocola de La Bella Italia (que lastimosamente desapareció hace tres años de la calle Orizaba) para escuchar Penélope, de Joan Manuel Serrat. También haber visto cantar, en el año 89, a Rita Guerrero en la azotea del edificio Balmori de Álvaro Obregón (al lado de lo que fue el cine que llevó el mismo nombre), en una protesta de artistas con la que se logró salvar el inmueble de la destrucción. Y por supuesto cuando mis padres me llevaban a los Bisquets de Obregón, que todavía no eran una cadena y todo era más rico.

Tal vez sea mi recuerdo más infantil cuando mi primo Esteban me invitó al departamento donde vivía con su madre y hermanas, en la calle de Jalapa. Más tarde me aproximé de otra forma a sus calles, a caminarlas y a descubrir sus múltiples rincones, muchos de los cuales repetí ahora en un recorrido fantástico por los sitios emblemáticos de las Batallas, la obra más querida de José Emilio Pacheco, que realizó la Cátedra de la UNAM que lleva el nombre del poeta, novelista y periodista cultural. Fue una conmemoración por el décimo aniversario de su fallecimiento.  

Como el paseo daba preferencia a los lugares de la colonia Roma que son nombrados en la novela, algunos otros de la vecina colonia Condesa –y de la Hipódromo Condesa–, como el Junior Club, quedaron fuera del plan.  En Mariana, Mariana, la versión de la novela en el cine con un guion de Vicente Leñero, que fue dirigida inicialmente por José Estrada y terminada por Alberto Isaac, aparece la casa de Mariana, la señora de la que se ha enamorado el pequeño Carlos, en una locación frente al Parque México. En la película, la dirección de arte aportó algunos acentos sobre la narrativa política de aquellos cincuenta de la modernidad alemanista, como cuando una imagen de Benito Juárez custodia al profesor de la escuela mientras da la clase, algo que nos recuerda que hoy la Cuarta Transformación hace una exaltación de aquellos lugares comunes de la historia oficial del PRI.  

En las inmediaciones de la casa de Carlitos.

Decía que hace como 30 años fue cuando me interné de otra manera en las calles de la colonia, la caminé y la conocí. Coincidió que en aquella época mi primo Rafael vivía en un departamento en la calle de Zacatecas, frente a la Plaza Luis Cabrera. Cuando todavía se llamaba Ajusco esa plaza, se cuenta en la novela que Carlitos aprendió allí a caminar, y todavía tuvo tiempo muy jovencito para lamentarse por los cambios sufridos en el entorno, cuando un día se sentó triste en una banca frente a la fuente en forma de trébol. Faltaban tres décadas para que llegara la destrucción provocada por el terremoto de 1985…

Rafa, mi amigo Mauricio Bonet y yo solíamos ir a un restaurante italiano al que luego sustituyó el Nonsolo, en una de las esquinas de la plaza, hasta que un día en que yo no estaba, ellos dos se enojaron con el dueño porque negó un vaso de agua a un niño pobre. Así que sentaron al pequeño con ellos y le compraron una cocacola. Luego de aquel episodio no volvimos. Aleccionado por su padre, Carlitos tiene en Las Batallas el gesto de invitar tres tortas a su amiguito pobre, cuando se lo reencuentra en Avenida Insurgentes y Álvaro Obregón; allí fue donde se enteró de un fatal desenlace.

En los tiempos de gloria de la colonia Roma, a mediados del siglo pasado, podían convivir tres clases sociales en la misma escuela. Carlos pertenecía a una especie de clase media convencional. Pero el bullying y el racismo era más que naturalizado. Sin embargo, lo que a la par del enamoramiento de Carlitos nos cuenta José Emilio Pacheco es una historia que al leer remueve una melancolía personal, en mi caso incluso de cosas que no viví. Al experimentarlo “en vivo”, el viento suave y fresco entra a los pulmones para recordarnos lo imborrable, que es el relato.

Así que caminé con mi papá por dos horas junto con otras setenta personas y volví a compartir con él esa pasión, como hace justamente un año que lo hicimos con más esfuerzo para hacer una crónica. Cruzamos por el parque Pushkin, el límite que siempre ha sido con la colonia Doctores y La Romita. Visitamos la Iglesia de Nuestra Señora del Santo Rosario, una réplica de Notre Dame de París que es donde Carlos confesó al cura “sus pecados”. Nos plantamos en la esquina de zacatecas y Córdoba para imaginarnos en una zona devastada por los temblores y la modernidad cómo habría sido la casa del pequeño. Acertamos sendas trivias y nos ganamos cada cual tres pesados volúmenes de la antología completa del Inventario de Pacheco, con los que habría que regresar en el Metrobús ejercitando las muñecas.

Mi papá fue el que contestó correctamente que Carlitos había invitado a Rosales a probar una nieve en la Bella Italia.

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