Ciudad de México, julio 19, 2026 07:44
Revista Digital Mayo 2026

La museografía del Yo 

“Quién me diría, que aquella réplica del diplodocus Carnegie perteneciente al Jurásico me llegara a dar una especie de bienvenida telúrica en el Chopo…”

POR ALEJANDRO ORDORICA SAAVEDRA

Con todo mi reconocimiento a Francisco Ortiz Pinchetti y Francisco Ortiz Pardo, por la proeza periodística de Libre en el Sur, en su 23 Aniversario  

Desde que crucé la puerta de un museo, advertí que más allá del goce estético o de añadidos a nuestro saber, emergía un caudal de emociones, sentimientos, estados de ánimo, creencias o desbordes, imaginativos, lo mismo en esos momentos presenciales que años después, extraídos de los archivos de la memoria. Eso constaté, cuando de niño mi padre me llevó al Museo del Chopo, el primero que conocí y todo un icono de la colonia en que vivíamos, del que quedé muy impresionado desde la entrada misma, con el esqueleto gigantesco de un animal que no conocía ni de nombre: el Dinosaurio. Y así, de otros vestigios y muestras del mundo natural, que a momentos mi padre sesgaba y que yo descubriría con el tiempo, como los fetos lechosos o los cerebros ennegrecidos, unos provenientes de genéticas fallidas y otros por el abuso del alcohol, envasados al vacío en formol, y confeccionados después bien sea en la escuela o en el seno familiar, como lecciones de vida o consejas de hábitos saludables. 

Quién me diría, que aquella réplica del diplodocus Carnegie perteneciente al Jurásico me llegara a dar una especie de bienvenida telúrica en el Chopo, sería el tema que seleccioné para participar con un cuento en el Concurso que sobre ese género convocó el propio museo, con motivo de su apertura en 1975. Y justo, imaginaba como el cuidador de esa inmensa estructura de hierro, que por las noches a la hora de concluir el horario de visita, daba tres vueltas alrededor de sí mismo, como si se tratara de un celoso y fiero perro cuidando de que ningún intruso violara ese espacio sagrado, y volver a erguirse y posar, en cuanto se abrían las instalaciones al público. Conocería a través del tiempo, otros muchos museos, en la ciudad de México y en algunas entidades, al igual que en mis viajes al extranjero, pero que no me detendré a pormenorizar sino tan solo a escoger unos cuantos que, además de mostrarme bellas pinturas, esculturas, antigüedades u objetos de arte o valor simbólico, me conectaron con diferentes vivencias y dimensiones. Así, cuando miré la pintura de los impresionistas, me enseñaron a intuir y desentrañar el misterio de la realidad, no digamos de otros artistas de diferentes escuelas, como un Van Gogh y la lucidez de la locura; Da Vinci y la apacible perfección; Picasso y Goya, o la versatilidad del genio humano; Rembrandt y el claroscuro del destino; Lautrec y la sublimación de la discapacidad… Y muchos más que traduje en percepciones, sensaciones y convicciones. 

O de aquí, entre nosotros, la abrumadora civilización de nuestro antepasado prehispánico, tan solo de sentirse inserto bajo la cascada inaugural del Museo de Antropología e Historia; o el gran Museo del Mundo Maya, en Mérida, Yucatán, que nos provoca desde su fachada, inspirada en una ceiba, la veracidad de lo eterno. Y ahí mismo, una sala dedicada al meteorito que cayó en la península, hizo un gran cráter y se le adjudica incluso el cambio climático que acabó con los dinosaurios, lo que me transportó a asociarlo con la idea de la impermanencia, de la hecatombe que podría desaparecer la vida en la Tierra, de la muerte misma.

Pero no todos los museos que se requieren o llegan a proyectarse cristalizan, sobre todo por el consabido castigo a la cultura en el gasto público, Como en mi caso, cuando llegué a concebir uno dentro de la Central de Abasto de la Ciudad de México, siendo director general, orientado justamente al comercio, pues resulta insólito que si desde nuestra nuestros orígenes apareció el deslumbrante mercado de Tlatelolco, no exista ninguno que aluda especial o exclusivamente a ese concepto, a pesar de contar con la asesoría del INAH y certificar su justificación. Una experiencia, que por igual me llevó a reconocer la existencia del agridulce sabor de las utopías, tan inalcanzables. Museos todos, que parecieron conformar una especie de gran máquina del tiempo al rescate del pasado, sin dejar de estacionarse en el presente y capaz también de entrometerse en el futuro. 

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