El museo de nuestras ruinas
Foto: especial.
“A veces me pregunto si mi vida, nuestras vidas, podrían ser relevantes si fueran retratadas en los artefactos de un museo…”
POR MELISSA GARCÍA MERAZ
Facultad de Psicología, UNAM
Entrar a un museo es una de mis actividades favoritas. Durante mis estudios en la preparatoria, dos cosas me hacían sentir verdaderamente dichosa en la UNAM: la primera, asistir gratuitamente a un museo; la segunda, poder entrar a una biblioteca a leer libros o pedirlos para casa, también de forma gratuita. Simplemente, la UNAM, en las aulas del Colegio de Ciencias y Humanidades, sus facultades y sus bibliotecas, me cambió la vida. Ahí, la falta de una biblioteca en casa, una oficina o un espacio propio para el estudio dejó de tener sentido. Los grandes e imponentes edificios, como la Biblioteca Central o el MUCA, fueron espacios que me atrajeron desde el primer momento en que los vi.
Es cierto que no son totalmente “gratuitos”; en el alma de la universidad misma se sostiene la idea de que estos espacios emanan de la nación y existen para ella. Son los recursos de las personas que día a día se despiertan temprano y trabajan, los que sostienen estas instituciones y, quizá, también los que más lejos se encuentran de ellas. Pero esto no es una decisión individual: no asistir a un museo muchas veces no responde a la falta de deseo, sino a que se encuentran lejos del hogar, fuera del poco tiempo disponible para el esparcimiento, lejos de la posibilidad de incluir a toda la familia.
Por fortuna, no todos los museos son iguales. Algunos destacan por su cercanía con las juventudes escolarizadas, como el Museo de Antropología, uno de mis favoritos, donde realicé prácticas y que, en gran medida, fue el detonante de mis estudios en antropología social. Es difícil asistir un domingo: montones de niños caminan de aquí para allá con una libreta en la mano, intentando apuntar todo lo que les sea posible. Padres y madres detrás de ellos, buscando en ciertos momentos un lugar para sentarse. Otros museos son diferentes: algunos se acercan más a la modernidad, otros al arte. La Casa Azul de Frida Kahlo se llena de extranjeras y extranjeros listos para tomarse la fotografía.
Pero los museos, por fortuna, no terminan ahí. Algunos, como el MAN de Madrid, poseen una museografía que te invita a convertirlos en tus favoritos para siempre. Comentados, narrados, ejemplificados: una experiencia que conecta de inmediato. Recuerdo una museografía en particular, donde aparecía un paralelismo entre las piedras utilizadas y talladas en diferentes etapas de la humanidad y los objetos actuales. Primero aparecían varias piedras pequeñas y, enseguida, un pequeño video mostraba lo que podría corresponder hoy: una aguja; después, un cuchillo; luego, una lanza, hasta llegar a una gran piedra donde se descubría un video de una navaja suiza, incluso con destapacorchos. No recuerdo cuántas veces regresé a ver esa parte de la museografía para reír sin parar. Una piedra tan, pero tan grande que era utilizada en la edad de piedra para todo, incluso para “descorchar una botella de vino”. Una parte de la museografía que no buscaba representar fielmente un objeto histórico, sino ejemplificar los múltiples usos de las primeras herramientas humanas.
También es cierto que los museos no siempre permanecen dentro de las cuatro paredes que les hemos asignado. A veces “salen”, se “escapan” del lugar y se performan en las calles. En ocasiones, de forma institucional, llevando pequeñas muestras o exposiciones a lugares como estaciones del metro; otras tantas, en exposiciones de autoras y autores independientes en el espacio público. Allí aparecen no solo como vestigio o como historia, sino como creación que puede ser experimentada mientras se camina por la ciudad.
Es entonces cuando, creo, se da uno de los ejemplos más claros de ejercicio hermenéutico: cuando encuentras el mural situado, cuando la esquina de un edificio muestra parte de su historia reflejada en una columna o en un balcón de hierro forjado. Es ahí donde el arte se recrea y te hace parte de él; donde el museo deja de estar recluido y encuentra su camino más natural: el de la expresión situada.
El arte, la historia y el lenguaje se unen, se recrean y se apropian de la mirada, configurando una experiencia estética de lo bello y lo sublime que no es kantiana sino colocada en el mundo. Lo sublime de reír a carcajadas frente a una vitrina de museo. Lo sublime de recorrer un monumento en ruinas, imaginando —desde el museo de sitio— cómo habrá sido en el pasado. Lo sublime de pararse en un coliseo o frente a una pirámide y recrear el rojo en las paredes, los dibujos de jaguares y quetzales. Lo sublime de ver una pintura y sentir el deseo de llorar. De escuchar o leer la experiencia más triste y azul de Miró y descubrir cómo una sola gota de pintura puede conmover profundamente. No es para ninguno de nosotros un sentimiento aislado en la mente, sino una manera de encarar y habitar este mundo.
Como diría Gadamer, una obra de arte no es un evento privado de apreciación subjetiva; no contiene la belleza únicamente en la forma en que la contempla el espectador. Es, más bien, un acontecimiento en el que descubrimos una verdad sobre el mundo y sobre nosotros mismos: una fusión de horizontes entre lo que plasmó el autor, lo que dijo de su mundo y aquello que recae en el nuestro. El horizonte comprensivo que se abre al intentar entender la posición del otro, su sentir, su vulnerabilidad, su tristeza. El arte deja de ser una experiencia individual de gusto o apreciación y se convierte en una forma de estar en el mundo: un ejercicio de comprensión de las distintas maneras en que otros habitan la realidad, de formas similares o radicalmente distintas a la nuestra.
La estética es el encuentro con una verdad que nos interpela, nos sacude y modifica nuestro propio horizonte. Es un despertar consciente, como lo es la literatura narrada como arte, como lo es la historia situada en centros de interpretación comprensiva. También lo es la historia personal, descrita en diarios o en comunicaciones breves, que reflejan una verdad que no se encuentra solo dentro de los muros, sino también en la experiencia del espectador.
A veces me pregunto si mi vida, nuestras vidas, podrían ser relevantes si fueran retratadas en los artefactos de un museo. Podría llevar una piedra que me gustó mucho, una plancha o un tocadiscos antiguos que guardo por ahí. Podría llevar alguna prenda que he conservado como vestigio de un mundo que no existe más que en los recuerdos. Hace tiempo fui al Museo del Objeto y llevé conmigo una prenda. La exposición estaba dedicada a objetos de desamor: cosas o regalos que alguien te dio en una etapa de amor y que hoy ya no significaban sino olvido.
Decidí llevar un vestido rosa, uno que compré en una tienda de segunda mano. Cuando lo usé, me dijiste que te habías terminado de enamorar; que habías decidido ceder, decir: aquí tomaré el riesgo.
Me pregunto si Gadamer, en su intento por defender la centralidad de la interpretación y el lenguaje, habría aceptado también el lenguaje de los amantes: la creación de sentido que ocurre cuando dos mundos se encuentran y se transforman en un horizonte compartido. Como sugiere Ricoeur, narrarnos es también interpretarnos; comprender nuestra vida como si fuese un texto abierto, susceptible de nuevas lecturas, de nuevos enamoramientos.
Tal vez el museo no sea solo el lugar donde se resguardan los objetos del pasado, sino el espacio donde comprendemos que nuestras propias vidas también están hechas de vestigios, interpretaciones y fragmentos de sentido que esperan ser leídos. Nuestra propia historia, narrada, leída, entramada, con horizontes que se entrelazan entre historias de caricias, de risas y de llanto. Como recuerda Hayden White, no hay historia sin narración, ni narración sin interpretación.
Y quizá, sin saberlo, todos habitamos ya una pequeña exposición.
















