Ciudad de México, julio 16, 2026 11:36
Guillermo Fabela Opinión

COSECHA ROJA / Viaje muy corto a la eternidad

Los artículos de opinión son responsabilidad exclusiva de sus autores.

Una pareja vive un traslado aterrador con delincuentes y, cuando todo parece perdido, un giro inesperado los salva.

 POR GUILLERMO FABELA QUIÑONES

Cuando escuché sus palabras, sentados sobre una llanta en la parte trasera del carro, un repentino estremecimiento nos hizo apretar nuestras manos entrelazadas. Abrumados por el desconcierto, con la mirada nos transmitimos la irritación que nos causó semejante trato. Sin ningún respeto a nuestra condición de invitados a la boda, los mozalbetes soltaron majaderías que me cayeron como un golpe al hígado. Su actitud nos pareció insultante, sin siquiera mirarnos ni mucho menos dirigirnos un saludo. El solo hecho de meternos en un vehículo destartalado, sin asientos, era de por sí degradante.

 Mi novio y yo viajamos desde Mérida invitados a la boda de mi sobrina, invitación que rechacé en un primer instante, como si por dentro algo me empujara a no hacerlo; me sobrepuse, al constatar que sería un desaire imperdonable que pondría fin a una relación de por sí desapegada, no sólo por la distancia, sino porque nuestros intereses comunes se habían diferenciado.  Aún más a partir del momento en que mi novio y yo decidimos cambiar de ambiente; hastiados de una ciudad conflictiva, cada vez más insegura, no obstante los resquemores de nuestros padres, y los malos presagios por aventurarnos en una ciudad con fama de cerrado regionalismo, como Mérida.

En los primeros meses nos había costado adaptarnos a costumbres diferentes a las nuestras, chilangos irremediables; aunque nuestro interés por aprender y respetar los hábitos y tradiciones de los yucatecos, nos hizo ser aceptados y ser vistos sin recelos. Pero ahora, escuchando al par de aprendices de malandros de barriada, experimentamos la fragilidad de nuestra situación, un sentimiento jamás sentido que nos comunicamos con la frialdad de nuestras manos, entrelazadas firmemente. Sabíamos que tratar de poner un alto a su cretinismo sería contraproducente; para ellos, nosotros seríamos los ofensores al pretender callarlos: en su territorio podían hacer y decir lo que les viniera en gana.

Comprendimos que no tenían noción de su pésima actitud si toda su vida habían aprendido a comportarse y hablar así; no conocían otro lenguaje ni mucho menos la necesidad de respetar a otros; de hecho, nos estaban haciendo un favor al conducirnos a un hotel sin tener que buscar un taxi que a esa hora de la madrugada sería imposible hallar. Afianzamos nuestra incertidumbre; estábamos recibiendo un servicio que nos podía costar mucho más que el pago a un taxista; lo inferimos, al escucharlos sin referirse a nosotros, sino a una situación de la que otros amigos de ellos habían sido los protagonistas: asaltaron a una pareja de fuereños, que al igual que nosotros habían asistido a una fiesta en el barrio. “La pendejearon, se les pasó la mano y no los remataron… ¿Te acuerdas que la mujer murió en la ambulancia?”, dijo uno de ellos. El otro asintió con un desdeñoso movimiento de cabeza, luego respondió: “Qué pendejos, me cae, el cabrón se felpó horas después… lo supieron al día siguiente y se tuvieron que pelar”. Sus risotadas al recordar ese suceso nos hicieron sentir un escalofrío repentino que nos obligó a estrujarnos aún más las manos, ya humedecidas por el sudor.

La impotencia de sabernos tan vulnerables, igual que los infortunados a quienes se referían, como si su muerte hubiera sido comparable a la de unos perros callejeros al ser atropellados, recrudeció  nuestra indefensión. Y nuestra angustia, al ver al que iba junto al chofer sacar de su chamarra una pistola, la cual mostró con actitud jactanciosa, entre una retahíla de palabras cargadas de ironía, sarcasmo y veladas amenazas. Lo único que se nos ocurrió, como un acto reflejo, fue sonreír y hacer muecas, como aprobando sus maledicencias cargadas de odio al mundo, a la vida, al otro diferente como en realidad lo éramos nosotros.

Así continuaron, entre risotadas y una entusiasta competencia entre los dos por evaluar cuántas fechorías habían cometido cada uno por su cuenta, como si hablaran en un dialecto incomprensible por tantas groserías, demostrativas de su absoluta incapacidad para hablar coherentemente, situación que nos fue poniendo más aprensivos al paso de los minutos, en un recorrido inacabable hacia un hotel que no se vislumbraba por ningún lado. Las callejuelas vacías, con baches que nos movían como figuras de trapo, sentados sobre la llanta en vez de asiento, mientras tratábamos de superar un temor que iba en aumento, me pareció que el tiempo se había detenido en lo alto de una montaña rusa por una falla eléctrica. El carro parecía seguir en el mismo espacio, con las fachadas de casas y edificios, todas iguales, escasamente iluminadas por arbotantes desperdigados sin orden.

De pronto, el vehículo se frenó al entrar en un callejón sombrío; pensamos que habíamos llegado al hotel, como supusimos al ver que el copiloto abría la puerta con displicencia, guardaba la pistola en la espalda debajo del cinturón, hecho inesperado que nos puso más nerviosos, más vulnerables, más cerca de nuestro fin que de un hotel inexistente. El mozalbete caminó por un callejón oscuro, mientras el que hacía de chofer se ponía a encender un carrujo de mariguana con una parsimonia asombrosa, sin tomarnos en cuenta en absoluto, como si fuéramos un par de bultos que se trasladan de un sitio a otro, motivo por el cual, supuse, no traía asiento la parte trasera. Me dieron ganas de llorar; mi novio se dio cuenta, con sus ojos tan expresivos me dio a saber que sería un grave error: nos pondría en una situación de mayor vulnerabilidad. Estábamos a su merced, lo que debíamos hacer era mostrarnos ecuánimes. ¿Acaso no éramos invitados a la boda, aunque se nos hubiera tratado como advenedizos? Si el par de perdularios así nos calificaban, no podíamos esperar un trato respetuoso. Tampoco de igualdad, imposible en nuestra circunstancia, diferentes a ellos en todos sentidos.

En silencio le reproché a mi sobrina habernos tratado con una indiferencia que no merecíamos, misma que hizo extensiva al par de granujas cuando les ordenó que nos trasladaran al hotel más cercano, no al que llegamos, en el centro de la ciudad, sin recomendarles un trato especial por ser parientes. No se despidió de nosotros con un abrazo demostrativo de cierta consideración, de un mínimo respeto; ahora, depositados como objetos en un espacio dedicado seguramente a trajinar mercancías, o váyase a saber qué otras cosas, nuestra vulnerabilidad iba en aumento al paso de los minutos, mientras el humo y el olor nauseabundo del cigarro  me hacía sentir nauseas. La cabeza empezaba a darme vueltas; pensé que muy pronto podría perder el control; lo impidió la ecuanimidad de mi novio, sus manos apretando las mías con sus grandes dedos firmemente asidos a los míos.

Los minutos transcurridos en el lapso en que el copiloto se bajó del carro para tocar en una puerta, verlo entrar y después salir se me hicieron eternos. Cerré los ojos para hacerme a la idea de vivir una pesadilla que tendría que terminar en cuanto los abriera. Seguramente estaría dormida en el cuarto del hotel; pero mi novio, con sus ojos expectantes, me hizo volver a la realidad: estábamos a merced de un par de aprendices de rufianes, lo que los hacía más peligrosos. Así lo corroboré al escucharlo decir a su compinche que todo había salido bien, le mostró un fajo de billetes al momento de espetar que sólo había tenido que “apretarle un poco al viejo cabrón”. Al unísono los dos soltaron una risotada que, curiosamente, me alivió la tensión que empezaba a sentir en la parte superior de la espalda. El chofer puso el carro en movimiento y recomenzamos un recorrido sin rumbo, absurdo porque nos parecía que seguíamos dando vueltas en las mismas callejuelas con hoyancos y baches, los mismos perros deambulando en busca de comida, el mismo silencio sólo roto por los ladridos repetidos por un eco imposible de ubicar. Las bravuconadas iban en aumento, a medida que los dos compartían la bachicha, hasta hacer ininteligibles sus procacidades plagadas de odio contra todo en su mundo.

Lo más preocupante para nosotros, en la penumbra de la madrugada, era no ver algún anuncio que nos indicara la cercanía de un hotel; con el frío calando más duro por llevar las ventanillas abiertas, situación que por otro lado era ventajosa al aliviarnos del fétido olor de la mariguana. Llegó el momento en que se olvidaron de nosotros; así lo creímos por su total indiferencia hacia quienes supuestamente debían llevar a un hotel. Esa era su misión, que al parecer en ese momento no contaba para ellos, absorbidos por el consumo del enervante que muy pronto acompañaron con tragos de licor barato de una botella que también compartían. Yo tenía la esperanza de que una patrulla policiaca se cruzara en nuestro camino, entonces pediría ayuda a los uniformados, no nos quedaba otro recurso. Con todo, mi angustia se acrecentó cuando esa posibilidad se hizo impensable: de una bocacalle salió una patrulla y nos dio alcance con la torreta de luces tricolores apagada; se nos adelantó y obligó al par de pillos a detenerse. El copiloto se apeó rápidamente, se acercó al vehículo de los uniformados, se inclinó sobre la ventanilla del chofer sin perder la calma, lo vi sacar unos billetes que entregó al policía y regresó tranquilamente.

Cuando ambos carros se pusieron en marcha, le dijo a su compinche que ya se conocían, podían seguir su recorrido sin peligro alguno; fue entonces cuando se percataron de nuestra presencia; el chofer soltó una carcajada siniestra que secundó su compinche al momento de sacar su pistola para revisarla. Mi novio y yo intercambiamos miradas que lo decían todo: nuestro fin había llegado, del modo más absurdo imaginable: asistir a la boda de la sobrina que en su infancia era mi favorita y yo su tía más confiable. Los años la habían cambiado, tanto que se había enredado con un sujeto nada recomendable, razón por la cual no nos habían invitado a la amplia mesa donde compartía la familia; dejaron que mi novio y yo nos acomodáramos en una mesa apartada, después de darnos cuenta que no nos darían un trato cordial, como lo esperábamos al entrar al amplio salón donde se celebró la fiesta. Cuando nos aburrimos, unas dos horas después, me acerqué a mi sobrina para despedirme y “agradecer” su invitación; me pidió que nos quedáramos más tiempo, le dije que me sentía indispuesta y prefería marcharme. Debe haberse sentido ofendida y llamó al par de mozalbetes para ordenarles nos llevaran al hotel; le di las gracias, creyendo que nos preguntarían el nombre y la dirección. Salimos detrás del par de desalmados, arrepentida de haber aceptado la invitación de mi sobrina, malestar que se aceleró al ver que no tenían intención de hacernos un favor, sino simplemente conducirnos a un hotelucho de paso. En silencio le pedí perdón a mi novio por haberlo embarcado en un viaje tan desagradable.

Ahora no nos quedaba más que esperar un milagro que nos salvara la vida, tanta era nuestra angustia; estábamos a merced de bestias inconscientes, no de seres humanos; no podíamos esperar nada bueno de su parte, ni un poco de misericordia, teniendo como motivo de su existencia acumular puntos curriculares en su carrera delictiva, que ahora les brindábamos nosotros. Oponer resistencia no tenía sentido: les daríamos la excusa para justificar su crimen. Nos abrazamos, resignados a morir, ese era nuestro destino. Comencé a orar en silencio; entonces ocurrió el milagro anhelado: el chofer me preguntó qué hacíamos en la boda, quién nos había invitado, le dije que la novia era mi sobrina, hija de mi hermana. Noté que hacía un mohín de sorpresa, miró a su cómplice y le dijo que guardara su arma. En menos de diez minutos apareció a nuestra vista el letrero luminoso, con luces centelleantes, de un hotel cuyo nombre me pareció burlesco: Motel de la Alegría.

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