Ciudad de México, julio 18, 2026 23:26
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Entre Orizaba y Pachuca, el origen del futbol mexicano

Los primeros balones llegaron con mineros e industriales británicos durante el Porfiriato

Una historia compartida que ayudó a transformar un juego extranjero en la gran pasión deportiva de México.

STAFF / LIBRE EN EL SUR

Cada vez que la Selección Mexicana salta a la cancha en una Copa del Mundo, cada vez que el Estadio Azteca se llena o que millones de personas siguen un partido frente a una pantalla, vale la pena recordar una pregunta elemental: ¿dónde comenzó todo?

La respuesta conduce inevitablemente a dos ciudades separadas por apenas unos cientos de kilómetros, pero unidas por una misma historia industrial: Orizaba, en Veracruz, y Pachuca, en Hidalgo. Ambas aparecen una y otra vez en los documentos fundacionales del futbol mexicano y reclaman un lugar privilegiado en el origen del deporte más popular del país.

La historia comienza mucho antes de los grandes estadios, de las transmisiones televisivas y de los contratos millonarios. Hay que remontarse a las últimas décadas del siglo XIX, cuando México experimentaba un proceso de modernización impulsado por los ferrocarriles, la minería y la industria textil. Con las inversiones llegaron ingenieros, técnicos y administradores británicos, quienes trajeron costumbres que para los mexicanos resultaban extrañas: tomar el té, practicar el cricket y perseguir una pelota de cuero sobre un terreno improvisado.

Vale la pena notar que, aunque el cricket era el deporte predilecto de los británicos, nunca logró arraigarse más allá de sus círculos sociales. A diferencia del futbol, el cricket exigía una infraestructura costosa, un equipo complejo y un tiempo de juego que el obrero mexicano no podía costear ni disponer. El futbol, en cambio, se impuso por su sencillez democrática: bastaba con una pelota y un terreno baldío. Rápidamente se convirtió en el lenguaje común entre los capataces británicos y los trabajadores locales, quienes encontraron en la rapidez y la intensidad del juego una pasión mucho más afín a su realidad diaria.

En Pachuca, los mineros procedentes de Cornwall, Inglaterra, encontraron en los llanos cercanos a las minas de la Compañía de Real del Monte y Pachuca un espacio ideal para reproducir este deporte. En terrenos como Las Dos Estrellas o El Veladero, comenzaron a organizar partidos informales. De ese esfuerzo nació el histórico Pachuca Athletic Club, fundado en 1901. Entre sus impulsores destacaron figuras como Alfred C. Crowle, el gran motor del equipo, junto a William P. Harold y Robert J. Blackmore. Para ellos, el futbol era el hilo invisible que los unía en un entorno ajeno. Muchos de estos pioneros, como el propio Crowle, echaron raíces profundas en México, casándose y formando familias, y al fallecer fueron enterrados en el histórico Panteón Inglés de Real del Monte, donde sus lápidas siguen mirando simbólicamente hacia Inglaterra. Su legado cultural incluyó también el famoso paste, ese empanizado de origen córnico que se convirtió en el alimento básico de los mineros y un símbolo de identidad hidalguense.

Integrantes del Pachuca Athletic Club posan para una de las primeras fotografías conocidas del futbol mexicano, hacia 1903. En la imagen aparecen varios miembros de la comunidad minera británica asentada en Pachuca y Real del Monte, entre ellos el portero Charles A. Quickmire y el capitán William “Manco” Blamey, pioneros del balompié organizado en México

Mientras eso ocurría en Hidalgo, en la región de Orizaba se gestaba una historia paralela. Las grandes fábricas textiles de Río Blanco y Santa Rosa mantenían una estrecha relación con técnicos británicos de la Compañía Industrial de Orizaba. A finales del siglo XIX ya existían equipos organizados y, en 1898, nació el Orizaba Athletic Club, adelantándose tres años al equipo de Pachuca. Liderados por hombres como el capitán Duncan Macomish, George Macomish y C. M. Butlin, los trabajadores popularizaron la identidad de los Albinegros, llamados así por los colores de su uniforme, una estampa clásica que se volvió sinónimo de garra. A diferencia de los mineros de Hidalgo, muchos de estos técnicos eran más itinerantes; tras el estallido de la Revolución Mexicana en 1910, gran parte de ellos regresó a Gran Bretaña o emigró a otros países, dejando tras de sí un legado de gloria competitiva, pero con pocos rastros de su descanso final en suelo veracruzano.

Los Albinegros de Orizaba que compitieron en las categorías profesionales del futbol mexicano durante el siglo XX y principios del XXI no fueron exactamente la misma institución que el histórico Orizaba Athletic Club, fundado a finales del siglo XIX. Sin embargo, sí reivindicaron su legado, sus colores blanco y negro y la tradición futbolística de una ciudad considerada una de las cunas del balompié nacional. Más que una continuidad institucional ininterrumpida, los Albinegros representaron la herencia deportiva de aquel club pionero que conquistó el primer campeonato de liga en México durante la temporada 1902-1903.

La discusión sobre cuál ciudad merece el título de cuna depende de la definición. Si hablamos de longevidad, Orizaba lleva la delantera. Si hablamos de continuidad institucional, Pachuca gana la partida, pues el equipo veracruzano original se desvaneció tras los albores del movimiento armado, mientras que Pachuca logró trascender el paso de los años.

A un lado de la fábrica de Santa Gertrudis, en esta foto, se encontraba la primera cancha de los Albinegros de Orizaba.

Lo cierto es que ambas aparecen en los registros fundacionales. Cuando a principios del siglo XX comenzó a organizarse la primera liga formal, la Liga Mexicana de Football Amateur Association, los clubes de origen británico fueron protagonistas. En la temporada 1902-1903, los equipos de provincia tuvieron que enfrentarse a la poderosa organización de clubes capitalinos como el British Club. El Orizaba Athletic Club se convirtió en el campeón de aquella histórica liga, el antecedente directo de los campeonatos nacionales. Aquel logro tiene un valor enorme: fue uno de los primeros títulos registrados y simbolizó el paso del deporte desde los círculos cerrados de las colonias extranjeras hacia una práctica competitiva.

Los primeros partidos poco tenían que ver con el espectáculo actual. Los campos eran rudimentarios y los uniformes de lana distaban mucho de la sofisticación moderna. Sin embargo, ya estaban presentes los elementos esenciales que siguen definiendo al futbol: la competencia, la identidad colectiva y la pasión por los colores.

Con el paso de las décadas, el deporte abandonó sus enclaves industriales para expandirse. Surgieron nuevos clubes, crecieron las ligas y, con la llegada de instituciones con fuerte influencia española como el España y el Asturias, el futbol se democratizó, dejando de ser un pasatiempo de nicho para convertirse en la pasión que define la identidad de todo un país.

Hoy, cuando se habla de las grandes plazas, suelen mencionarse Guadalajara, Monterrey o Ciudad de México. Sin embargo, buena parte de la historia comenzó lejos de esos escenarios. Comenzó entre minas y fábricas textiles, entre silbatos de cambio de turno y locomotoras de vapor. Pachuca aportó la tradición minera y la continuidad; Orizaba contribuyó con su precocidad competitiva, el orgullo de sus Albinegros y la gloria de ser el primer campeón. Ambas construyeron los cimientos de un fenómeno que, iniciado por unos cuantos trabajadores británicos, terminó por convertirse en el corazón deportivo de México.

Tumba 637 del Panteón Inglés de Real del Monte. En ella descansan miembros de la familia Pengelly, entre ellos William Pengelly, uno de los futbolistas vinculados a los primeros años del Pachuca Athletic Club y del futbol organizado en México.
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