Ciudad de México, julio 1, 2026 08:32
Revista Digital Julio 2026

Precipitación artística

El agua constituye un elemento más de este magnífico lugar. Es otro huésped, más que ocasional, que nos acompaña por los entretelones y tras las bambalinas de la cultura.

POR OSWALDO BARRERA FRANCO

No para de llover desde hace rato, es un diluvio cerrado de verano que humedece todo hasta sentir que uno puede diluirse entre tanta agua, como si fuera una más de las siluetas que se perciben borrosas tras la cortina de lluvia espesa y constante que las distorsiona conforme la tormenta se atenúa lentamente. Las siluetas comienzan a distinguirse entre sí; dejan de ser contornos masivos e indefinidos en medio del viento que corre entre los edificios del Centro Cultural Universitario de la Universidad Nacional Autónoma de México, la entrañable UNAM, los que adquieren su forma definitiva y hercúlea entre la roca volcánica a partir de la bruma.

Cada una de aquellas construcciones de acabados y proporciones brutalistas, inauguradas en un ya lejano año de 1980, se proyecta imponente sobre los visitantes que deambulan por corredores, jardines y plazoletas en busca de un refugio que momentáneamente les dé un respiro del agua fría e inclemente que cae sobre ellos. Pueden encontrarlo en el confort de la cafetería, que mira a lo que fue el espejo de agua que marcaba el epicentro del vasto conjunto, donde desde hace décadas concurren diversas actividades artísticas y es lugar de encuentro para sus fieles asistentes y buena parte de la comunidad universitaria. Los visitantes pueden elegir entre danza, teatro, cine y, en particular, los conciertos semanales en la mayor de las salas, la Nezahualcóyotl, orgullosa sede de la Orquesta Filarmónica de la UNAM, que mantiene la tradición de presentarse los sábados por la noche y los domingos al mediodía durante sus esperadas temporadas, truene, llueva o diluvie.

Las otras salas son de dimensiones notoriamente menores, pero de igual interés para el público asiduo a este espacio, incluso bajo la amenaza de alguna veraniega tormenta, lo que le brinda una atmósfera melancólica única, al tiempo que se ofrecen espectáculos de danza en la Miguel Covarrubias, con el Taller Coreográfico de la UNAM; funciones de cine en las salas Julio Bracho, José Revueltas y Carlos Monsiváis, u obras de teatro en los foros Juan Ruiz de Alarcón y Sor Juana Ines de la Cruz, donde alumnos del Centro Universitario de Teatro, a espaldas de la Sala Nezahualcóyotl, representan a variados personajes en puestas de escenas clásicas o contemporáneas, muchas veces acompañados de actores y actrices de gran renombre.

En el último par de décadas, un edificio más reciente, sede del Museo Universitario de Arte Contemporáneo y proyectado por el arquitecto Teodoro González de León, contrasta por sus volúmenes de muros lisos, junto con amplias superficies de vidrio que aligeran la estructura, con los macizos muros estriados y de un tono gris oscuro de sus solemnes acompañantes, como la imponente Hemeroteca Nacional de México unos metros al norte, que parecen mirarlo con fingido recelo por su aspecto más luminoso y en el que el agua, como complemento a la lluvia, vuelve a tomar un papel protagónico con el nuevo espejo líquido junto a la entrada, parte distintiva de la plaza principal que sirve como acceso y está coronada por la escultura La espiga, del artista oaxaqueño Rufino Tamayo.

Y sin embargo, el conjunto, más que confrontarse, integra sus volúmenes y funciones en un solo espacio donde el arte, manifestación de la rica cultura universitaria, se expresa por donde quiera, tanto en imágenes y cuerpos danzantes como en acordes y parlamentos, y, por qué no, incluso archivos y lienzos, así como otras formas que alegóricamente le dan una notoria permanencia, gracias a las piezas del Espacio Escultórico que lo completan y transcurren entre la reserva natural protegida que rodea este complejo muestrario de arquitectura dedicada a lo artístico.

La lluvia colérica cede por un momento, lo suficiente para que la gente, no del todo confiada, pueda trasladarse de un edificio a otro, con un café o un libro en la mano, y los boletos listos para acudir al concierto o la función a punto de comenzar. Llegan apenas a tiempo, antes de un renovado arrebato pluvial, así como de la tercera llamada que indica el cierre de las puertas, para dar inicio al espectáculo. Por unas horas, los problemas y la tormenta se quedan afuera, y todos se dejan conducir por la armonía del arte omnipresente que recibe gustoso a cualquier visitante.

Y es que el agua constituye un elemento más de este magnífico lugar. Es otro huésped, más que ocasional, que nos acompaña por los entretelones y tras las bambalinas de la cultura que cobra vida en un espacio hecho justo para ella, en medio de la naturaleza, donde podemos refugiarnos del entorno citadino más allá de sus límites y a la vez empaparnos del extraordinario patrimonio de la UNAM en un refrescante día de lluvia.

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