Ciudad de México, julio 1, 2026 07:22
Revista Digital Julio 2026

Lo que la lluvia deja oír

“Mis palabras no alcanzaban la resonancia, porque antes estaba la lluvia. Apenas nos separaban treinta centímetros…”

POR NANCY CASTRO

Las gotas empezaron a caer. Le confesé que durante meses había fingido estar bien para que no sintiera la obligación de quedarse. Permanecimos en silencio unos minutos.

—¿Y la colcha que hicimos hace un mes? La de parches, con nuestras camisetas.

El recuerdo me cayó encima de golpe. Sacar del armario las camisetas. Verle la cara cuando le propuse hacer algo con ellas. El sonido de las tijeras. Su risa. Yo haciendo un esfuerzo extra, mis ganas despertando a tirones, como un niño al que cada mañana hay que arrancar de la cama para llevarlo a la escuela.

La lluvia sugería un ritmo muy diferente al de mis palabras, el agua caía sobre el toldo en el que nos resguardamos y rompía en un ruido metálico.

—Nos distrajo. No te quería arrastrar a donde yo estaba.

Mis palabras no alcanzaban la resonancia, porque antes estaba la lluvia. Apenas nos separaban treinta centímetros. Aun así, entre los dos había tres diluvios.

—¿Nos distrajo de qué? ¿Y nuestras canciones que cantamos viniendo de casa de tus padres? Hace tres semanas.

La lluvia caía en picada mojándonos los pies, me llevó a otra lluvia: corríamos sin rumbo por una calle de un pueblo cuyo nombre ya no recuerdo, uno de esos que nos recomendaron para pasar el fin de semana cuando recién empezábamos a salir. Entonces no nos importaba empaparnos.

—Sí, sí, cantamos como quién repasa el repertorio. Y porque nos lo sabemos, porque había que hacerlo… porque…

—¿Por que había que hacerlo?—contestó pidiendo a la lluvia tregua.

Un trueno irrumpió. Dejé de escuchar lo que decía; su voz quedó muy atrás, ahogada.

Diez años habían pasado desde que nos vimos por primera vez. Sabía cómo sostenía la taza del café con el índice apenas separado del asa. Con qué pie se levantaba de la cama. El orden en que se cepillaba los dientes. Había aprendido la memoria de su cuerpo…

Aún así no podiamos movernos de ese resquicio que el día había preparado para nosotros.

La lluvia tupida, suave, comenzó a levantar un frescor.

—Estoy agotada.

Hizo un gesto de incredulidad y vino nuevamente el silencio.

Había aprendido a esconder el cansancio igual que se esconden las goteras: poniendo un recipiente debajo para que el ruido pareciera normal. Recordé cuándo había sido la primera vez que dejé a un lado el cansancio, escuchar el sonido de una respiración que si bien no me regeneraba del todo, me permitía sacar una sonrisa y disimular

—Agotada…¿de qué?

—El trabajo, la casa, la insistencia de parecer una mujer satisfecha han terminado por volverme una experta en disimular. No quería que tú también conocieras esa versión de mí.

El agua ya nos había empapado media pierna. Su mirada se deshacía entre los charcos y el ruido de los coches. En su cuerpo reconocí el impulso de salir corriendo, el mismo que aparecía cada vez que algo se rompía en casa y no se quedaba quieto hasta arreglarlo.

Sentí cómo el diafragma se me tensaba. Tragué saliva y seguí.

—Cuando llegaste yo ya venía cansada. No de ti. De todo lo demás. De ser la que resolvía, la que llegaba primero, la que encontraba tiempo para todo. Contigo aprendí a esconderlo. Tus manos sobre las mías, las canciones en el coche, la colcha sobre la cama… eran descansos, no soluciones. Yo confundí una cosa con la otra. Pensé que si a tu lado podía dejar de sentir el peso por un rato era porque me encontraba mejor. Pero el cansancio solo esperaba. Sabía que, tarde o temprano, volvería a encontrarme sola.

Y sola me vi reflejada en la humedad de la calle. La palabra me cimbró hasta los pies, Me erizó la piel. Durante un instante no supe si la había dicho para él o si acababa de decírmela por primera vez a mí.

La lluvia se fue afinando hasta volverse casi invisible. Nos invitó a salir del techo bajo el que nos habíamos guarecido.

Levantó la mirada.

Quiso tomarme de la mano.

Yo también.

Ninguno tuvo fuerzas para recorrer los últimos centímetros.

Esperamos un instante más, como si alguien fuera a hacerlo por nosotros.

Después nos echamos a andar.

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