Ciudad de México, julio 20, 2026 15:43
Deportes

Y La Condesa se convirtió en una sucursal de Madrid

El festejo de España como campeón mundial de futbol reunió a cientos de aficionados en La Cibeles.

Convierten por momentos en villano a Messi, marcado por los señalamientos de haber sido favorecido por la FIFA. La selección española llegó 20 veces a la portería; Argentina, apenas una.

FRANCISCO ORTIZ PARDO

Una niña de seis años porta orgullosa la bandera española y la camiseta de la selección campeona del mundo. Está ahí, en La Cibeles de la colonia Roma Norte, límitrofe con la Condesaa, acompañada de sus dos hermanas y sus padres, disfrutando de una fiesta que parece haberse trasladado desde Madrid hasta la Ciudad de México.

De pronto, un amigo de la familia se acerca con una fotografía en cartón con el rostro de Lionel Messi.

—¡Sácale la lengua! —le dice el aficionado gordachón, también vestido con la camiseta roja de España.

La niña se esconde entre las piernas de su madre.

—¡Sácale la lengua a Messi! Hoy todos la traen contra él.

La pequeña niega tres veces con la cabeza, a igual número de insistencias del hombre. Su actitud contrasta no sólo con los coros que predominan en el lugar —entre ellos algunos insultos dirigidos al delantero argentino—, sino también con el espíritu deportivo que el propio seleccionado albiceleste no mostró del todo tras derrotar a Inglaterra en semifinales, cuando celebró exhibiendo una manta alusiva a las Islas Malvinas.

Efectivamente, hoy (casi) todos la traen contra Messi. En este espacio ubicado en los límites de las colonias Roma y Condesa, donde decenas de aficionados españoles celebran el campeonato del mundo alrededor de la fuente de La Cibeles, el que para no pocos es el mejor futbolista de todos los tiempos carga también con el peso de las sospechas sobre un supuesto favoritismo arbitral hacia Argentina durante el Mundial: el rostro más visible de la corrupción que atribuyen a la FIFA.

Los bares y restaurantes que rodean La Cibeles están abarrotados. Entre la mancha predominante de camisetas rojas aparecen algunas verdes de la selección mexicana y una enorme bandera tricolor que alguien ha desplegado entre los asistentes. La multitud es numerosa, pero manejable.

Personal del Gobierno de la Ciudad de México decomisa bebidas alcohólicas a quienes pretenden ingresar con ellas al perímetro del festejo, mientras elementos policiacos han cercado el monumento para impedir que alguien quiera emular las celebraciones madrileñas y termine bañándose en la fuente.

La tarde ayuda. No llueve. Por grupos comienzan a escucharse canciones populares españolas y los inevitables cánticos futboleros. Por momentos, basta mirar alrededor para imaginar que uno está en Madrid y no en la Ciudad de México.

Durante unas horas, el espacio que rodea la fuente de La Cibeles —réplica de la emblemática escultura ubicada en el Paseo de La Castellana de la capital española— dejó de ser un rincón chilango para convertirse en una auténtica sucursal madrileña.

Horas antes, España había hecho méritos más que suficientes para levantar la Copa del Mundo. El marcador final de 1-0 resulta incluso engañoso para quien no vio el partido. La Roja fue ampliamente superior de principio a fin y redujo a Argentina a su mínima expresión futbolística.

Las estadísticas son contundentes: veinte llegadas españolas a la portería rival contra apenas una argentina. La posesión del balón, la presión alta y el juego colectivo fueron patrimonio exclusivo del conjunto ibérico durante buena parte del encuentro.

Argentina nunca logró sentirse cómoda sobre el terreno de juego y dependió, una vez más, de algún destello individual de Lionel Messi que esta vez nunca llegó. El astro argentino, despedido entre lágrimas al concluir el encuentro, vivió una final discreta, bien controlado por la defensa española.

España dominó las bandas, recuperó rápidamente el balón cada vez que lo perdió y supo administrar la ventaja sin renunciar al ataque. El conjunto argentino lució desconectado y sin capacidad de respuesta. Para muchos especialistas, el marcador terminó siendo generoso con los sudamericanos.

La superioridad española alimentó, además, las conversaciones que horas más tarde dominarían el festejo en La Cibeles. Si durante el Mundial hubo quienes señalaron un supuesto trato preferencial de los árbitros y de la FIFA hacia Argentina, la final pareció zanjar cualquier discusión futbolística: España fue mejor prácticamente en todos los rubros del juego.

Quizá por ello, el campeonato fue celebrado por los aficionados españoles con una mezcla de alegría y reivindicación deportiva. Para ellos, no sólo había ganado su selección: había ganado el mejor fútbol.

Cuando el silbatazo final confirmó el campeonato, comenzaron los abrazos entre desconocidos, los cánticos de “¡Yo soy español, español, español!” y los inevitables “¡Campeones, campeones!”. Los teléfonos celulares se levantaron para inmortalizar el momento y los cláxones de los automóviles completaron la banda sonora de la celebración.

La Condesa confirmó una vez más sus profundos vínculos con España. Por una tarde de julio, sus calles, sus terrazas y su emblemática Cibeles hablaron con acento madrileño.

Compartir

comentarios

Artículos relacionadas