Ciudad de México, agosto 14, 2026 22:57
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Retiran la visa a Andy… ¿vendrán por él los gringos?

La revocación de la visa a Andrés Manuel López Beltrán enciende el debate político en México sobre posibles vínculos con la corrupción.

Mientras la presidencia califica la medida de Washington como politiquería, la oposición la usa para cuestionar al obradorismo.

STAFF / LIBRE EN EL SUR

A Andrés Manuel López Beltrán nunca le ha gustado que le digan Andy. La ironía es que ese nombre no se lo inventaron sus adversarios, sino Morena. A los periodistas nos consta: así comenzaron a llamarlo dentro del partido para distinguirlo de su padre y, al mismo tiempo, para reconocer el papel que realmente desempeñaba. Era el hijo del presidente, el heredero político, el junior al que había que acudir cuando una candidatura importante necesitaba el visto bueno del movimiento.

Ahora, Estados Unidos tampoco dejó espacio para los apodos. La visa fue retirada a Andrés Manuel López Beltrán, con nombre y apellido. Fue él mismo quien hizo pública la decisión mediante una carta dirigida a Donald Trump, donde acusa al Departamento de Estado de actuar por “politiquería” y niega haber cometido delito alguno.

La pregunta que inevitablemente recorre los pasillos políticos es otra: ¿Vendrán por él los gringos?

Conviene empezar por los hechos. No existe hasta hoy una acusación penal pública, ni una orden de captura, ni una solicitud de extradición contra López Beltrán. La cancelación de una visa es una decisión administrativa y, jurídicamente, no equivale a una imputación. Pero la política rara vez se mueve sólo por tecnicismos.

En el México de 2026, a cualquier personaje de alto perfil al que Washington le retira la visa se le coloca inmediatamente bajo la sombra de una sospecha: la de presuntos vínculos con la delincuencia organizada o con redes de corrupción que interesan a las agencias estadounidenses. Esa percepción puede ser injusta, pero existe, y es precisamente el efecto político de una medida que Estados Unidos nunca suele explicar.

El heredero del obradorismo

Andrés Manuel López Beltrán nunca construyó una carrera comparable a la de su padre. No fue gobernador, alcalde, legislador ni secretario de Estado. Su poder nació de otro sitio: de la confianza absoluta del expresidente y de la influencia que fue acumulando dentro de Morena hasta convertirse en el operador de las candidaturas y de la estructura electoral.

Quien quisiera competir por un cargo relevante sabía perfectamente dónde debía tocar la puerta.

Sin embargo, los resultados tampoco lo acompañan. Como responsable de la organización electoral del partido, Morena sufrió reveses importantes en entidades como Coahuila, Durango y Veracruz, muy lejos de la maquinaria prácticamente invencible que López Obrador heredó al movimiento.

Y, paradójicamente, el hombre llamado a suceder al líder casi nunca habla. Evita entrevistas, rehúye el debate público y rara vez expone ideas propias. Su principal activo político sigue siendo un apellido.

Escándalos antes que méritos

Donde sí aparece con frecuencia es en las páginas de los escándalos.

Primero fue el viaje de lujo a Japón; después, las investigaciones periodísticas que documentaron la relación de empresarios cercanos con contratos multimillonarios en obras emblemáticas como el Tren Maya. Ninguno de esos episodios ha terminado en una sentencia judicial contra él, pero sí alimentaron la percepción de que el hijo del presidente ejercía un poder extraordinario desde la discreción.

Por eso tampoco sorprendió su respuesta. Igual que tantas veces ocurrió durante el obradorismo, López Beltrán redujo el episodio a una palabra: politiquería. La misma explicación que durante años sirvió para desacreditar reportajes, investigaciones y cualquier crítica incómoda. El complot como argumento político.

Tiene razón en una cosa: las pruebas deben sustituir a las insinuaciones.

Claudia Sheinbaum salió en su defensa y sostuvo que la revocación tiene un claro trasfondo político. Exigió que, si existen pruebas contra cualquier mexicano, Washington las presente ante las autoridades nacionales y no utilice las visas como mecanismo de presión.

Pero también lo es que Donald Trump ha convertido la política migratoria en una herramienta de confrontación con México y que la oposición mexicana aprovecha cada caso para reforzar su narrativa de que el narcotráfico gobierna desde las estructuras del poder.

Hoy, Andrés Manuel López Beltrán insiste en que todo es una persecución. Quizá también volverá a pedir que no le digan Andy.

El problema es que ya no se discute un apodo. Se discute si el hijo del expresidente más poderoso y polarizante de las últimas décadas acaba de convertirse en el siguiente objetivo de la justicia estadounidense. Y esa es una pregunta que, por primera vez, dejó de sonar descabellada.

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