GARABETOS / El grito
El Grito también se adapta: cambia el discurso, cambia el ánimo y, faltaba más, cambia hasta aquello que estamos celebrando.
Cada septiembre gritamos lo mismo, aunque cada año parece significar algo distinto. Hubo un tiempo en que el ¡Viva México! venía acompañado de orgullo, campanas, confeti y la certeza —más o menos razonable— de que estábamos celebrando la Independencia. Ahora el grito parece tener que actualizarse según las circunstancias: un poco de patria, otro poco de coraje y una buena dosis de aquello que el gobierno de turno considera políticamente correcto.
También las fiestas patrias han ido perdiendo la costumbre de ser simplemente fiestas. Antes bastaba con ponerse algo verde, blanco o rojo, comer pozole y escuchar el mariachi sin necesidad de elaborar una tesis sobre identidad nacional. Hoy hasta el menú puede convertirse en declaración política y el Grito, en un ejercicio de interpretación: hay que estar atentos para saber qué se puede gritar, qué conviene callar y, sobre todo, quién tiene el micrófono.
Así que este año volveremos a escuchar el tradicional ¡Viva México!, aunque nadie garantiza que dentro de unos años siga siendo exactamente el mismo México al que estamos convocando. Porque si algo ha demostrado nuestra historia reciente es que el Grito también es materia de coyuntura: se adapta, se corrige, se resignifica y, si hace falta, hasta se le cambia la letra. Lo único verdaderamente permanente parece ser la fiesta… y la obligación de gritarla aunque sea para convencernos de que todavía tenemos algo que celebrar.
















