Ciudad de México, agosto 18, 2026 20:05
Francisco Ortiz Pardo Opinión

Novela que desmenuza el instinto autodestructivo del amor

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“Curiosamente, la realidad íntima de la pareja revelada en Ana Karenina, se asemeja a la que vive la pareja retratada en la novela de Francisco Ortiz Pardo”.

POR GUILLERMO FABELA QUIÑONES

Leer en estos tiempos una novela como  Honrar Nuestro Amor  es una experiencia saludable: como regresar a los tiempos en que la literatura acompañaba nuestra convivencia cotidiana con un entorno cultural en ascenso, tiempos que añoramos como se extrañan los amores perdidos que dejaron huella imborrable. ¿Quién que rebase el medio siglo, con mediano nivel cultural, no recuerda con cariño las visitas a librerías rebosantes de libros a precios accesibles, con tirajes que permitían una pronta recuperación de lo invertido en su edición? Esta primera novela de Francisco Ortiz Pardo, en aquellos tiempos promisorios, estaría llamada a ser un best seller, por su brillante manejo del lenguaje, su actualidad atemporal, su estructuración clásica y la solidez de sus personajes.

Nos cuenta una historia que se desarrolla en un momento crucial de nuestro devenir humano: la pandemia de covid 19 que inauguró la etapa de la decadencia que será el común denominador de aquí en adelante, que la ciencia ficción nos ha dado muestras dramáticas insospechadas, como en las novelas de Philip K. Dick y en el cine de Ridley Scott, singularmente con su obra maestra Blade Ronner. Así se reconfirma que el arte, el arte que nace de las entrañas del artista, siempre se adelanta para trazar los caminos que vislumbra en sus pesadillas y en su caminar por las calles. Escrita en primera persona, nos ayuda a comprender mejor la pasión que desborda a los protagonistas, hasta llevarlos a situaciones incomprensibles para el común de la gente, la principal de ellas el instinto autodestructivo del amor en la mejor etapa de su desarrollo.

“Iba a ser el amor del sexenio. Pero yo hubiera preferido no haberla conocido”. Con tan rotundas palabras inicia el relato, que nos conduce a seguir su curso intrigados por qué, a final de cuentas, sucedió algo tan insospechado. Lo sabremos, ciertamente, pero nos quedará la duda sobre si fue falta de voluntad, de parte de la pareja, de salvar su amor por encima de contingencias que podrían haberse superado. ¿Será que La Insoportable Levedad del Ser” es el signo trascendental de nuestro tiempo? Para Milan Kundera parece que Ser es, en esencia, la condenación de nuestra interioridad; que, mientras más buscamos, menos viabilidad tenemos de hallar la salida al laberinto de la soledad que escudriñó nuestro genial Octavio Paz.

La pareja que se enfrenta al mundo, rebasada por circunstancias adversas, ha sido tema reiterativo de los narradores desde tiempos inmemoriales, a partir de que Ulises regresa, en viaje que parece interminable, en busca de Penélope, su mujer enclaustrada en su castillo en Ítaca. Cada siglo, cada nación con tradición literaria, ha tenido su Homero. Es previsible que, en éste que amenaza ser el fin de los tiempos, aquí en este malhadado país que es México, prototipo de la decadencia apocalíptica, quede Honrar Nuestro Amor como el manifiesto de la pareja absurdamente incompatible, que teniendo todo para honrar el amor a final de cuentas no lo consigue.

Paradigma imperecedero de ello lo es, sin ninguna duda, Ana Karenina, del inmortal León Tolstoi,  quien no necesitó del Premio Nobel para demostrar su grandeza. Curiosamente, la realidad íntima de la pareja revelada en esta obra monumental, se asemeja a la que vive la pareja retratada en la novela de Francisco Ortiz Pardo. Ana vive con su marido, alto funcionario del Palacio del Zar, conde Alexis Alexandrovich Karenin; su hijo, menor de edad, de nombre  Sergio. Araida, la protagonista mexicana, está casada con Huberto Funes-Gazal, también alto funcionario del gobierno federal, con un hijo también menor de edad, Tadeo.

Escrita con una prosa deslumbrante, en lucha firme para que no se diluya en poesía, nos cuenta la historia de una pareja de clase media alta, ambos segunda generación de emigrados españoles, quienes viven como predestinados a encontrarse, tanto así que una vez como matrimonio con todas las de ley, les llegó un hastío que disimularon para no herir a sus padres, después de que al conocerse ambos, en las grillas universitarias, sus familias “respiraron con alivio”. Podríamos decir que sufrieron pronto el bovarismo, síndrome creado con la popularización de la novela de Gustavo Flaubert, Madame Bovary, su obra maestra, publicada en 1857. Curiosamente, ambas mujeres, la rusa y la francesa, casadas con hombres “ejemplares”, favorecidos por la fortuna, respetuosos de las normas sociales, y admirados por sus coterráneos.

Las tres mujeres, hermanadas por su idealización del amor por encima de razonamientos que lo atan a los convencionalismos, no necesitan enemigos a su alrededor: el peor de todos lo tienen en su interior. Es probable que Tolstoi haya conocido previamente la novela del escritor francés, publicada en 1857 y lo haya motivado a escribir la suya veinte años después. No hace ninguna referencia en sus Diarios a Flaubert, eso no significa que no la haya leído, pues Tolstoi estaba muy atento a las novedades literarias, particularmente de Francia. 

Otro elemento que las une es la vaciedad de sus vidas, no obstante el  éxito social que las acompaña. Ni siquiera la maternidad es un aliciente a buscar el camino que las saque de su egoísmo, pues eso, a final de cuentas, es el estado interior más profundo en ellas. Son suicidas potenciales, aunque  Araida lo disfraza mejor; o mejor dicho, lo sublima con su entrega a su profesión, la cual la hace rivalizar con su marido: ambos parecen competir a ver cuál es más profesional, más disciplinado.

Líneas arriba hacía mención a su eficaz manera de manipular el lenguaje, de crear imágenes poéticas, metáforas que enriquecen la trama y ocultan la identidad de los protagonistas, la cual no es difícil identificar para la gente informada. Valgan unos ejemplos: “lo dijo como quien arroja una verdad en medio de la mesa para ver que hace ruido al caer”; “la barra de madera tenía cicatrices de conversación; “esa noche, al despedirnos, la ciudad nos devolvió al barrio como quien regresa una carta sin abrir”; “el amor crecía. El miedo también. Ambos se necesitaban para mantenerse despiertos”.

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