Ciudad de México, septiembre 1, 2026 11:13
Revista Digital Septiembre 2026

De Los Pinos a San Lázaro

“Nunca extrañé los trajines de las giras presidenciales ni el jet lag de los periplos al extranjero. No hubo chance. Había que aprender el lenguaje parlamentario, qué era rutina y qué noticia entre tantas propuestas…” 

POR IVONNE MELGAR

Con el nervio punzante de quien desconoce sus rumbos de su nueva ciudad, en el inicio de septiembre de 2012, llegué a la Cámara de Diputados para darle cobertura a sus actividades.

La expectativa política rondaba en torno a las hoy estigmatizadas reformas estructurales de lo que se llamó el Pacto por México y, en mi caso, había concluido el tiempo de la crónica presidencial.

Estando de vacaciones familiares, mientras recorríamos el río que atraviesa Ámsterdam, sentí y decidí, no se en qué orden, que era hora de dejar de ser la reportera de Los Pinos.

Habían sido 10 años en esa fuente que entonces incluía viajes constantes a diferentes puntos del país y al extranjero, en los helicópteros de la Fuerza Aérea Mexicana y el avión presidencial.

Como representante de los periódicos Reforma y Excélsior, en medio de la prisa de enlaces, notas y búsqueda de señal, conocí desérticos y frondosos paisajes de las 32 entidades del país.

Y el Salón Oval en la Casa Blanca, las severas medidas de seguridad en el Congreso de China, el gozo de presenciar el mausoleo de Gandhi, el reiterado frío de Davos en varios días de enero de años distintos y decenas, acaso un centenar de ceremonias de Estado.

Era un privilegio profesional, sí, y una santa chinga aquella responsabilidad cotidiana que, después de cada gira, me dejaba exhausta, con más arrugas y una sensación de culposo abandono de la vida cotidiana de amados hijos y esposo.

Así que, armándome de valor, le dije al querido Carlo Pini (+) de mi deseo de cambio. Frunció el ceño, comentó que eso era como desdeñar la confianza que el diario me tenía y reprochó que aquello sonaba a una posición contraria al nuevo gobierno.  

Pronto, mi admirado amigo, maestro y jefe Gerardo Galarza me llamó para comunicarme que, el director Pascal Beltrán, la jefa Fabiola Guarneros y él, habían aprobado el relevo, asignándome el seguimiento de las actividades en San Lázaro.

Había ido en varias ocasiones al Palacio Legislativo en la comitiva de prensa de Los Pinos, gracias a los minuciosos operativos de logística que Mauricio Peters y Octavio Contreras diseñaban con el Estado Mayor Presidencial.

Todas mis incursiones previas estaban marcadas por la prisa, la tensión o esa ansiedad que generan las situaciones inciertas: el último informe de Vicente Fox en septiembre de 2006, entre rechiflas de la oposición que le impidió dar el tradicional mensaje desde la tribuna; la atropellada toma de protesta de Felipe Calderón tres meses después, a pesar de la toma del espacio de los diputados del PRD y las sillas que se aventaban al aire, y la entrega por escrito de su primer informe en 2007.

Los autobuses de prensa ingresaban por Avenida del Congreso de la Unión, como los invitados especiales y el mandatario en turno. Alguna vez subimos las escaleras del Frontispicio bajo una tormenta de miedo, como suelen caer en septiembre. La recuerdo porque los zapatos de piel que había traído de Buenos Aires se echaron a perder.

Y cómo olvidar la madrugada del primero de diciembre de 2006, cuando nos citaron sigilosamente en la segunda sección del Bosque de Chapultepec, de donde antes de las 6 de la mañana salimos hacia San Lázaro, donde el presidente Calderón saldría sorpresivamente tras banderas para gritar “sí, protesto”, frente al azoro del pleno y los representantes de los medios.

Con esos antecedentes volví en 2012. Esta vez en Metro y sin brújula para un recorrido a las entrañas de la representación política nacional, conociendo a sus mejores y más terribles personajes.

Comenzó así el aprendizaje y el tratar de entender cómo esas aspiraciones del México libre, igualitario y democrático que se registran en la Constitución tienen resortes en las cañerías de un sistema en el que coexisten las máximas manifestaciones del bien y el mal.

Nunca extrañé los trajines de las giras presidenciales ni el jet lag de los periplos al extranjero. No hubo chance. Había que aprender el lenguaje parlamentario, qué era rutina y qué noticia entre tantas propuestas que pronto se volverían insumos de la congeladora legislativa o ley.

Me di cuenta que, ahí, confluyen las hogueras de las diversas ambiciones y grillas que se volverían historias de poder o inconfesables secretos de su intento y boicot.

A diferencia de la cobertura de lo que hace y dice un jefe del Estado mexicano, en la Cámara hay 500 personas e igual número de biografías y posibilidades. Por varias semanas, acaso meses, me sentía como espectadora que llega tarde a la función de cine y se encanta de las escenas, pero teme haberse perdido aquella que le da sentido a la trama.

Centrada en los hombres y mujeres de las burbujas de cada bancada legislativa y en aquellos que lucían sus palabras y actos al margen de las cúpulas, poca atención le daba a la belleza del recinto.

Aunque el carácter multimedia del Grupo Imagen, al que pertenece Excélsior, me había dado la oportunidad de incursionar al relato radiofónico y a los reportes en televisión y, muchas veces, en vivo desde el otro lado del mundo, fue en 2016 que, como parte del equipo del noticiero estelar nocturno de Ciro Gómez Leyva, aprendí con él, enorme maestro, el tejido de la crónica para TV.

“¿Cuál es el momento de televisión?”, preguntaba el periodista en alusión al clímax del cuento real que esa noche pretendía compartir y en el cual debían combinarse un conflicto, sus protagonistas, emoción narrativa e imágenes dignas de proyectarse en el cuidado guión de Ciro en Imagen.

Entrenar el ojo para detectar esos segundos visualmente importantes y agudizar el oído de las voces que irían en la crónica me hizo disfrutar y padecer el recinto del gran salón de plenos de otra manera y valorar los puntos del famoso encuadre o “tiro” de la cámara cuando se necesitaran enlaces en vivo, coberturas en tiempo real que en el Congreso nunca faltan.

Fue en esa etapa que redescubrí la majestuosidad del frontispicio, el mural El pluralismo mexicano, que elaboró José Chávez Morado en 1981, año de inauguración de esta sede; y la belleza de las equis de México, inspiradas en las zonas arqueológicas mayas de Puuc y Uxmal, que conforman los edificios de madera, tezontle y cantera que estuvieron a cargo del arquitecto Pedro Ramírez Vázquez.

Me asombraba el descuido de mi atención que hasta ahora reparaba en la generosa extensión de la explanada, en el símbolo que era la máquina antigua que imprimió la primera Constitución de 1917, el sentido de los murales de madera que cubren el ingreso al salón y el colorido ensamble de rostros y acontecimientos de siglos que encuadran algunos encuentros de las comisiones legislativas en el vestíbulo del Edificio E.

¿Por qué nunca me había detenido a escuchar a los meticulosos guías que muestran, orgullosos, la pinacoteca de este emblemático Palacio? ¿Acaso la rutina de la nota diaria me había vuelto una periodista indolente ante el regalo que me daba la cotidiana asistencia a este recinto?

Esas interrogantes se burlaron todavía más de mi falta de concentración en la alegría gratis cuando la bella y querida Roselli Reyes Cuevas -siendo coordinadora de Comunicación Social del diputado presidente Porfirio Muñoz Ledo- me invitó en 2018 a conducir el programa semanal de Parlamento Abierto, la crónica institucional del quehacer de los diputados.

Al principio Iván Volovsek, el productor más adorable que he tenido, me enviaba el guión que previamente algún colega elaboraba. Pero cuando el querido Eduardo Arvizu dirigió Comunicación, con el diputado presidente Santiago Creel, cambió el formato, dándome el privilegio de confeccionar la crónica. Y así sucedió hasta septiembre de 2024.

Fueron seis años de un documentado recuento que grabamos con Iván, y los colegas camarógrafos, cada  jueves o viernes o incluso en sábado o domingo, si la carga laboral nos ganaba.

Parlamento Abierto se transmitía en las redes sociales de la Cámara de Diputados -algunas veces a YouTube- y se transmitía domingo y miércoles en el Canal del Congreso, teniendo siempre como telón de fondo algunos de los tantos preciosos “tiros” que el recinto ofrece.

Muchas ocasiones grabamos con el fondo del mural de Guillermo Ceniceros en el que se cuenta la historia de México a través de su vida constitucional. Me encantaba que las cámaras fueran enfocadas en la sección izquierda de la época prehispánica y colonial, pensando que ojalá le hicieran un guiño a Sor Juana Inés de la Cruz.

Otras tantas tuvimos el encuadre del grabado y tallado en madera de Adolfo Mexiac, Las Constituciones de México, un homenaje a los movimientos sociales que desembocaron en las transformaciones de la también denominada Carta Magna, destacando Morelos, la expropiación petrolera y el ahora tan regateado juicio de amparo y su principal impulsor, Mariano Otero.

El escenario preferido de Iván era el mural Sincronía Ecotrópica de Julio Carrasco Breton, una jungla en el que una diosa contempla la explosiva naturaleza que evoca, con una garza blanca  de ensueño que parecería pretender travesuras.

Mientras esperábamos que llegara el atril, que cargaran el teleprompter o que el ruido ambiental se diluyera, contemplaba agradecida cada tramo en el que estábamos rodando el programa.

La improvisada y casual  visita semanal al museo de San Lázaro se suspendió de tajo en 2020, con la pandemia.

Durante algunos meses del peor confinamiento grabamos en los camellones de Chimalistac y, cuando ya se pudo, disfrutamos de nuestra hermosa galería parlamentaria en momentos de soledad y silencio, teniendo solo para el equipo de Parlamento Abierto sus envidiables locaciones.

Ahora, en mis constantes idas a la Cámara, además de tomar una pausa para saludar a los gatos parlamentarios, y acariciar a los menos huraños, trato de detenerme unos segundos a mirar con la misma atención de los turistas y los visitantes externos el frontispicio verde, su escudo de bronce, los márgenes blancos y el color arcilla de las altas paredes que lo circundan, simulando una bandera. Y me rindo a la ilusión de grandeza y comunión que transpiran los salones abiertos y las obras de arte de esta galería parlamentaria que la vida de reportera me ha permitido recorrer.

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