Ciudad de México, septiembre 1, 2026 10:40
Revista Digital Septiembre 2026

Desde el Hotel de Cortés

“La idea era tomar un táxi con todo y maletas desde mi casa en la colonia Del Valle y llegar al Hotel de Cortés, previa reservación, en calidad de simples turistas…”

POR FRANCISCO ORTIZ PINCHETTI

Varias veces se lo sugerí a mi Becky querida y siempre le pareció una gran idea. Nunca sin embargo lo realizamos. Ella, que normalmente radicaba en la ciudad de Guanajuato, su terruño,  era una fanática de los Pueblos Mágicos. Visitamos 76, según un conteo que hice poco después de su fallecimiento. De los ubicados en las cercanías de la ciudad estuvimos entre otros en Tepoztlán y Tlayacapan, en Morelos; en Malinalco, Tepozotlán y El Oro, en el Estado de México; en Tequisquiapan,  Bernal y Jalpan de la Sierra, en Querétaro; en Chignahuapan, Cuetzalan, Zacatlán y Huauchinango, Puebla, en Pátzcuaro, Tlalpujahua y Angangueo, en Michoacán… Y en muchos más.  En particular le encantaba que nos hospedaramos en cabañas rurales con chimenea. Nunca  en cambio “viajamos” como turistas… a la Ciudad de México.

No era en realidad una idea original. Se me ocurrió a raíz de leer en Reforma y artículo de mi querida Guadalupe Loeza, en la que contaba que cada año ella y su pareja tenían la costumbre de hospedarse una noche en el histórico Hotel de Cortés, ubicad en la avenida Hidalgo, enfrente de la Alameda Central. Era una genialidad, ciertamente. Además de disfrutar del hermoso edificio colonial que ocupaba el hotel, uno de los más antiguos de la capital, con su patio central habilitado como restaurante, su ubicación resultaba estratégica.

Se trata de una estructura colonial antiquísima, datada originalmente del siglo XVII (1692) y construida en su origen como el Antiguo Hospicio de Santo Tomás de Villanueva. A pesar de ser popularmente conocido como Hotel de Cortés desde mediados del siglo XX (bautizado así en 1943 por su fachada barroca de tezontle y su aire virreinal), por supuesto que el conquistador español jamás lo conoció, ya que se edificó más de un siglo después de su muerte. Desde hace varios años, aproximadamente en 2012 y con subsecuentes proyectos de restauración y adaptación cultural, el inmueble dejó de operar como establecimiento hotelero para destinarse a proyectos museísticos, exposiciones de arte y espacios culturales.

La idea era tomar un táxi con todo y maletas desde mi casa en la colonia Del Valle y llegar al histórico Hotel de Cortés, previa reservación, en calidad de simples turistas. Como quien llega de Cincinnati, de Madrid o de Amsterdam de visita a la Ciudad de los Palacios. ¿Cómo la mirará un extranjero? Hospedarnos. Recorrer el edificio, tomar un café, asomarnos por el balcón… Y emprender luego un primer recorrido por las inmediaciones, incluido un paseo por de la Alameda Central, dejándonos sorprender con cada rincón, cada calle, cada edificio.

Subir al mirador de la Torre Latinoamericana y disfrutar desde el piso 44 de la espectacular vista de la megalópolis, a 166 metros abajo de nuestros pies. Caminar por la hoy peatonal, atiborrada calle de Madero, antes Plateros. Quizá entrar al Sanborns de la Casa de los Azulejos para mirar y un tentempié. Visitar las iglesias de San Francisco y la Inmaculada Concepción, el templo Expiatorio Nacional de San Felipe de Jesús, conocido como La Profesa, en la esquina con Isabel la Católica. No podríamos omitir el Palacio de Iturbide (hoy El Palacio de Cultura Banamex): imperdible. Cenar un pavo a la vizcaína en el Café Tacuba, hermoso, en la calle del mismo nombre. Dejar para el día siguiente el resto del recorrido y regresar al hotel. (Nótese el tono de guía de turistas).

Al día siguiente, según el plan, desayunaríamos por supuesto en el restaurante del propio hotel, para disfrutar de su patio central, que según versiones operaba como tal desde 1620.  El comedor estaba dispuesto alrededor del patio empedrado —con una fuente al centro y rodeado por los corredores de los niveles superiores del hotel boutique—, permitía disfrutar de platillos mexicanos al aire libre protegidos del bullicio urbano exterior. Siembre, todo, con actitud curiosa de un turista que por primera vez descubre estos lugares y se deja sorprender por ellos.

La segunda caminata sería con rumbo al casco histórico otra vez, ahora por la avenida Hidalgo hasta el hoy Eje Central (antes San Jan de Letrán). Entrar al Palacio de Bellas Artes solo para mirar la escalinata y el bello vestíbulo, acaso asomarnos al teatro si está abierto. Si es el caso, recorrer alguna exposición. Después habrá que apurarnos para una visita rápida al Palacio Postal, sobre el Eje Central, para luego tomar por la calle de Tacuba. Ahí, visitas obligadas son el Museo Nacional de Artes (Munal), en el antiguo Palacio de Comunicaciones, frente al cual está desde hace varios años la estatua de Carlos IV, conocida como El Caballito y el Palacio de Minería. Caminar luego por la calle Bolívar hasta 5 de Mayo. Ahí, una mirada al edificio original del Banco de México, para luego seguir gozando de la arquitectura de finales del siglo XIX, como el edificio París, para llegar al Café La Blanca, donde es imperdonable tomar al menos un buen café con algún pan.

La siguiente parada, absolutamente ineludible, es la cantina-restaurante La Opera, de estilo afrancesado, que conserva la famosa leyenda urbana del impacto de bala que, según se cuenta, disparó Francisco Villa al techo durante la Revolución Mexicana. Un tequila o una cerveza en la barra para darse valor, antes de caminar unos pasos y encontrarse con el platillo principal de nuestro recorrido: la Plaza de la Constitución. La Catedral Metropolitana, el Palacio Nacional, la Suprema Corte, los edificios del gobierno de la Ciudad (uno de ellos, el antiguo edificio colonial del Ayuntamiento), los portales con la célebre sombrerería Tardan y las joyerías, el Gran Hotel de la Ciudad de México, el hotel Majestic y el Monte de Piedad, ya en la esquina con Madero.

Pasaron los años sin que nos decidiéramos a dedicar un fin de semana a ese ejercicio turístico interior, que tanto imaginamos. Cuando el Hotel de Cortés dejó de funcionar como tal, trasladé mi fantasía al hotel Majestic. Hospedarnos en una habitación del segundo o tercer piso, con vista al Zócalo. “Podremos levantarnos muy tempranito, abrir la ventana, y mirar desde ahí el amanecer, teniendo de frente al Palacio Nacional, a la izquierda la Catedral, a la derecha el Palacio del Ayuntamiento”, le describía a Becky cada vez que me acordaba de esa ocurrencia. Ella se emocionaba y agregaba ideas a la idea original. “Podríamos pedir el desayuno al cuarto –decía por ejemplo– y tomarlo mientras miramos a la gran explanada, la gente, la izada de la bandera, y oíamos las campanas de Catedral…” Nunca lo hicimos.

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