Ciudad de México, abril 11, 2021 04:27
Opinión Rebeca Castro Villalobos

A ‘mentar madres’…

Según diagnóstico de un afamado dermatólogo de la Ciudad de México, mi padecimiento (dermatitis),  es producto de mi estado emocional y más que una costosa crema o pomada, me recomienda como el mejor remedio ese eficaz deshago terapéutico…

POR REBECA CASTRO VILLALOBOS

Existen diferentes enfermedades dermatológicas como lo es la dermatitis, la rosácea y el acné,  que se exacerbaron durante esta maldita pandemia, en algunos casos por el lavado frecuente de manos, el antibacterial y el uso de cubre bocas, según investigaciones. Pero también se les atribuye al estrés y a los consabidos problemas psiquiátricos y psicológicos que uno arrastra desde antes, o que son resultado de la actual situación que estamos viviendo.

En  mi caso, han sido estos últimos dos meses que mi ya de antaño problema cutáneo (dermatitis) se ha manifestado, desconociendo a ciencia cierta las causas de su rebrote. Mi duda se debe a que según consulta de un médico (geriatra de mi madre), es debido al obligado uso del gel u exposición a otras sustancias como es el cloro. ¿Pero hasta en la cara?, le pregunté vía texto y respondió afirmativamente.

No obstante, según diagnóstico de un afamado dermatólogo de la Ciudad de México, célebre por su buen humor, mi padecimiento es producto de mi estado emocional y más que una costosa crema o pomada, me recomienda como un eficaz deshago terapéutico… “mentar madres”.

Fue en mi adolescencia cuando mi problema se empezó a manifestar por primera. Recuerdo que Patricio, en ese tiempo mi pareja, me invitó un sábado por la mañana a trotar en la Panorámica del terruño. La entonces odisea no se pudo cumplir, toda vez que conforme medio corría, sentía el sudor que caía de entre mi cabello al cuello, produciendo un intenso “ardor”  que nunca antes había sentido, lo cual hizo que suspendiéramos el paseo.

Ya de regreso a casa,  tanto Patricio como mi madre observaron que en esa parte de mi cuello se encontraban  unas manchas rojas e inflamadas, y que al secar el sudor inició una comezón insoportable. Presta mi mamá llamó al médico familiar, que en esos años acudía al domicilio del paciente sin que tuviera que recibir un ingreso extra. Eran en realidad, otros tiempos.

Con esa primera prescripción que me dio el galeno, una pomada con cortisona (Quadriderm)  inicie mi lucha contra la dermatitis. En esa ocasión, las manchas en mi cuello se extendieron en los pliegues de la piel: parte interna del codo y en la corva de las rodillas por lo que la aplicación del medicamento llegó a ser parte de mi rutina diaria después del baño.

Pasaron años sin ninguna recaída. Sin embargo, como todo en la vida no es perecedero, durante mi época de reportera reapareció esa afección cutánea, manifestándose tan severamente que el uso de dicho ungüento ya no dio resultado, predominando pues la comezón o salpullido a tal grado que al rascarme y sentir un inmenso alivio, a la vez me provocaba sangrado. Posterior a esas crisis,  ocurrió una despigmentación en la piel.

Recuerdo bien esos años. El padecimiento ya me inhibía y/o cohibía mostrar mis brazos y  piernas, pero al mandamás del periódico en el que trabajaba se le ocurrió “uniformar” a todo el personal de su entonces prestigiado diario. En el caso de las reporteras: saco, chaleco, blusa y coquetas faldas; indumentaria a la que tuve que agregar unas incómodas medías para disimular un poco esas  manchas descoloridas.

Entonces acudí a un especialista, quien me diagnóstico  dermatitis atópica, instruyéndome un tratamiento de cremas, aceites, jabón e incluso shampoo, porque la comezón ya había llegado hasta el cuero cabelludo.  Fueron meses o acaso más de un año, que religiosamente me presentaba ante el galeno para constatar una  eficiente, pero lenta mejoría.

He de decir que uno de mis sueños cuando decidí estudiar periodismo y  ser reportera, fue el de viajar. Y  la  gran oportunidad se me dio estando yo asignada al Congreso del Estado, para cubrir  durante una semana la visita a Cuba por parte de una delegación de diputados locales. Y aunque mi dermatitis había disminuido un poco y esas manchas seguían siendo visibles, principalmente en las piernas, no fue obstáculo para emprender la tan ansiada y esperada gira.

Claro, a  pesar del calor que se pronosticaba en la isla, tuve que optar por llevar vestimenta que ocultara la despigmentación; pantalones y  largas faldas, y uno que otro overol tipo short que llegue a utilizar obligadamente con medias.  Mi indumentaria no fue obstáculo para que cumpliera mi encomienda de seguir (pero también perseguir) a los legisladores, quienes en su mayoría descubrí que decidieron cambiar su presencia en los eventos programados, por el acompañamiento de bellas cubanas.

A mi mente se viene el que siendo la única mujer  en el tour, los diputados no escatimaron atenciones para mi persona durante el vuelo, incluso en las primeras horas de estancia en La Habana, donde a todas luces, describo, se sintieron maravillados por las anfitrionas que esperaban sentadas en el lobby del hotel a los nuevos huéspedes.

Al respecto y en la oportunidad de entrevistar a algún integrante del Parlamento Cubano, negaban tajantemente que en la isla se practicara o respaldara alguna conducta, para ellos indebida, en los establecimientos turísticos.

En fin, después de tan ansiada experiencia, retomé a mis quehaceres en el diarismo y el padecimiento iba a menos hasta que desapareció o por lo menos “se ocultó”, resurgiendo de vez en vez sin mayores secuelas, ya  que oportunamente acudía a la que fue mi dermatóloga de cabecera por algunos años.

Aura, la doctora, me refería que mi padre, quien por bastante tiempo se convirtió en su asiduo paciente, tenía y tuvo el mismo problema de dermatitis, aunado a que por su piel delicada  se le formaban moretones en todo el cuerpo, por el rompimiento de los vasos sanguíneos.

Con tal antecedente del cual, consté, me dije entonces orgullosamente “heredera” de los padecimientos de mi papá, porque conforme mi edad han aparecido también los moretones, asumiéndolos como medallas de orgullo y agradecimiento por ser su hija.

Si bien reconozco que la dermatitis ha afectado en mucho mi vida, pero sabedora que no hay una cura que la erradique totalmente, lo único que me queda en estos últimos tiempos es aplicarme con una de las tantas recetas médicas: “¡a mentar madres!”

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