Acelérele chofer
La maestra “José” —como la llamaban sus alumnos— rompió la monotonía escolar al convocar a una expedición hacia el Museo de Historia Natural.
POR JUAN CARLOS PANTOJA
Como casi todos los lunes, la maestra José, así le llamábamos de cariño, entraba a nuestro salón con una espectacular sonrisa, muy buen humor, y en realidad afectuosa con los niños que ocupábamos el salón de los ya grandes, porque a partirdel cuarto año, en el que precisamente me encontraba, ocupábamos el primer piso eledificio escolar, dejando atrás la planta baja para los pequeños.
Buenos días niños, cómo están, qué tal su fin de semana, cuéntenme qué hicieron,a dónde fueron. Su inocente interrogatorio, involuntariamente provocaba diferenciasentre aquellos que podían tener paseos dominicales y los que no, aunqueciertamente, estas diferencias no eran tan importantes en aquella época, todavía noinfluían en el decidir con quien me quería juntar, quién podía ser nuestro amigo, y es que aún estábamos en la magia e inocencia infantil, donde “con los juegossiempre basta para comprender”.
-Niños guarden un poquito de silencio, voy a pasar lista, cuando escuchen sunombre, pasan conmigo, les voy a entregar una hojita para que se la entreguen asus papás, la próxima semana vamos a ir al museo de historia natural, si sus papás les dan permiso, mañana me traen la hoja firmada y el viernes me traen los 50 pesospara el paseo.
Las risas, gritos, brincos y abrazos se dispararon, todo era alegría desbordada, apesar de que bien a bien no teníamos claridad sobre el significado de visitar unmuseo y menos de un museo de historia natural. La semana transcurrió con gozosaintranquilidad, esperábamos con ansias el siguiente martes, aunque también habíacaritas tristes, porque a algunos compañeros no les autorizaron su permiso, ya fuerapor temores, poco fundados en aquella época, o por razones económicas.
Por fin llegó el tan esperado martes, desde tempranito, a las afueras de la escuela,vimos una decena de autobuses, cada uno con sus letreritos: primero A, segundoB, tercero A… ahí estaba mi camión.
Con una prisa y orden inusual, rápidamente ingresamos al plantel, nos formamosen orden, todos bien obedientes a las instrucciones y disciplinados, tomamosdistancia por tiempos, marcamos el paso, volvimos a tomar distancia por tiempos y atentos para dirigirnos formaditos al camión correspondiente con la marcha de Zacatecas como fondo.
Una vez ocupados los autobuses, se agudizó la aventura, risas, chistes, bromas a transeúntes, señas a los conductores que pasaban a nuestro lado y no podía faltar la interacción con el chofer: Acelérele chofer, acelérele chofer, que lo viene persiguiendo la mamá de su mujer. Este coro, como cualquier otra porra, carecía de todo contenido, pero dotaba de una excedencia de significado festivo.
Por fin llegamos al museo, íbamos recorriendo las distintas colecciones yexposiciones, un enorme oso polar al centro del patio, con las manos y garras enposición amenazante, lo vi enorme, tal vez era muy grande o quizá se trataba de un oso magnificado por la perspectiva infantil, haciendo parecer las cosas más grandes de lo que en realidad eran.
La exposición de los hombres primitivos nos permitió encontrar en ellos a nuestros compañeros: mira ahí está Juanito, Pablito, Lupita, risas y más risas. Lo demás fue lo de menos, lo que nos marcó de aquella visita fue la gratísima travesía, la convivencia con los compañeros, las bromas esgrimidas, la complacencia del chofer ante la petición de acelerar ese viejo camión.















