Ciudad de México, junio 22, 2024 22:20
Opinión Revista Digital Abril 2024

Amor de café

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La voz no hacía eco a lo que ella expresaba. Al parecer no tener pareja era una maldición terrible que no deseaba recordar y yo había tenido el descaro de recordárselo.

POR LUIS MAC GREGOR ARROYO

Tener un poquito más de 50 años y cuidar a una madre nonagenaria es algo que tiene su chiste. Bueno, si uno se lleva bien con su mamá; si no realmente puede ser una pesadilla. Sin embargo, en mi caso es lo contrario. Yo vivo por el sur de la Ciudad de México, en Tlalpan; así que enfrascarme en un viaje a la Alcaldía Benito Juárez requiere de cierto estado de ánimo, pues entre la ida y el regreso me puedo aventar hasta hora y media. Y si uno va con una joven de más de 90 años esto puede ser una verdadera aventura…

Bajar del Metrobús, cruzar la avenida y llegar al Parque Hundido, que es una verdadera belleza natural adentro de la metrópoli, vale la pena porque ahí uno puede seguir varios caminitos y encontrarse con reproducciones de grabados en piedra de diferentes culturas prehispánicas del país y también puede admirarse el reloj monumental, informando a los presentes de la hora. Claro con una mujer grande, que es mi madre, pues el recorrido es pintoresco con los comentarios llenos de conocimiento ancestral, el cual posee gran parte de los que han llegado a la tercera edad. Es como descubrir ese lugar verde por primera vez, aunque ya vayan como diez visitas en el corto plazo: los viejos siempre observan todo con ojos nuevos.

Muchos nonagenarios son un poco como niños, porque tienen un gran cariño para dar, pero sin dejar de ser añejos y haberse fermentado, para mejor, conforme les ha llegado la vejez. Si uno los escucha con atención verá que sus comentarios a veces parecen muy obvios, pero son cosa relevante para conocer la vida y a uno mismo. Es el mejor secreto guardado de la humanidad. Por ello en algunas tribus ancestrales el consejo de las comunidades estaba conformado por ancianos. Es que ellos, en gran cantidad de ocasiones, por su experiencia saben bien lo que es mejor, pero hay que prestar oído y dejarse de prejuicios.

También a veces voy al doctor en esta alcaldía y me suelo dar el gusto de tomar un café en un local que es un clásico de la Benito Juárez. Ahí, viendo cuadros y figuras de personajes de tiempos mejores, como The Beatles, Van Gogh, Elvis Presley y Edith Piaf, entre otros.

Es en esos breves recorridos por parte de esta Alcaldía, como si se viajara a otro espacio-tiempo donde uno puede encontrarse en el medio de una aventura. Se ve a los más jóvenes ir con sus perros por el parque, para hacerles realizar su ejercicio diario, y bajo ese pretexto conocer a las vecinas. Por algo debe de ser que el perro es el mejor amigo del hombre o, mejor dicho, el más sobresaliente, pues gracias a él muchas parejas se han formado.

En ocasiones me he aventurado al café mencionado y tomado asiento ya sea en las mesas de la banqueta o en las del interior del local. Lo usual es pedir uno de los varios paquetes que tienen para desayuno. Como ya es mi tradición, pido unos molletes que son servidos generosamente con el tradicional pico de gallo.

Con todo, una vez tuve la gran oportunidad de conocer a alguien en una mesa cercana. Realmente me sentí un poco temeroso de lanzármele y no ser correspondido. Es como esos sueños que uno vive como si fueran verdaderos. Es decir, alguna vez soñé a una mujer muy guapa darme un beso y creo que es el mejor beso que me han dado en mi vida. Desafortunadamente, hasta el momento no he conocido a la famosa mujer que me lo dio y, penosamente he tenido varias relaciones pero nadie me ha besado así.

Sin embargo, algo único ocurrió en el dichoso café: la mujer más hermosa que haya visto, una mujer en traje sastre obscuro, cabello semi ondulado, tez blanca, ojos no muy abiertos y una quijada ligeramente afilada, que le daba carácter, se me quedó viendo. Se veía con mucha confianza, esa primera mirada me dejó pensativo y un tanto animándome a decidir si le iba o no a dirigirle la palabra. Finalmente, cuando la volví a mirar y vi que era deseándome me acerqué, sin el menor recato al mostrador, donde estaba el dueño revisando algunas cuentas, y en vez de dirigirme a él le hablé a ella, sentada en la mesa pegada a la repisa, donde estaba la caja registradora:

—¡Hola! ¿Por qué tan solita?

Creo le di la impresión de que sólo me quería aprovechar del momento para un acostón, por lo que sus ojos se tornaron llorosos y su voz un tanto temerosa replicó.

—Es que no tengo pareja.

La voz no hacía eco a lo que ella expresaba. Al parecer no tener pareja era una maldición terrible que no deseaba recordar y yo había tenido el descaro de recordárselo. Así, lastimado me regresé a mi mesa tras preguntar algo en el mostrador.

Me concentré entonces en mis alimentos y como no queriendo volví la vista hacia ella unos minutos después. Se había ido. Sin duda había penetrado sus sentimientos pero con un efecto diferente al esperado. A veces las mujeres se espantan, a veces no… Ya habrá otra ocasión en ese café de la Benito Juárez para buscar el amor.

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