Ciudad de México, julio 18, 2026 16:41
Revista Digital Junio 2026 Vida

La anemia en la fábrica

La anemia fue una de las consecuencias silenciosas de la pobreza, las largas jornadas laborales y la desigualdad que enfrentaron las obreras mexicanas a finales del siglo XIX.

POR NADIA MENÉNDEZ DI PARDO

Cuando se piensa en las enfermedades obreras de finales del siglo XIX y principios del XX, suelen venir a la mente padecimientos relacionados con las fábricas, la contaminación o las epidemias urbanas. Sin embargo, existió otro mal menos visible y profundamente ligado a la experiencia cotidiana de muchas trabajadoras: la anemia. En aquella época, la medicina utilizaba términos como “clorosis” o “anemia clorótica” para describir la palidez y el agotamiento de numerosas mujeres jóvenes, incluidas obreras urbanas (Herrera-Garduño, 2022). Con frecuencia, esos síntomas se interpretaban simplemente como “debilidad”, “nervios” o una supuesta fragilidad natural del cuerpo femenino.

Detrás de esa palidez persistente había una historia social marcada por el trabajo extenuante, los bajos salarios y la desigualdad. Estudios sobre el Porfiriato, como los de Pérez Toledo (2003), Ramos (1989) y John Lear (2001), muestran que la modernización industrial mexicana se sostuvo sobre profundas diferencias sociales y de género. Aunque las mujeres desempeñaban tareas esenciales en fábricas y talleres, casi siempre recibían menores salarios y menos reconocimiento que los hombres.

En ese contexto, el deterioro físico de las trabajadoras era frecuente. Médicamente, la anemia se relacionaba con la falta de hierro y con la disminución de la capacidad de la sangre para transportar oxígeno. Sus efectos eran visibles: cansancio constante, mareos, palidez y debilidad. Para muchas obreras, sin embargo, esos síntomas estaban estrechamente vinculados con sus condiciones de vida. Los bajos salarios, la mala alimentación, las largas jornadas y el desgaste cotidiano convertían el agotamiento en una parte habitual de la experiencia laboral femenina.

A ello se sumaban otros factores. Muchas mujeres atravesaban embarazos continuos, periodos de lactancia y dobles jornadas en las que el trabajo asalariado coexistía con las tareas domésticas y el cuidado familiar. El descanso era escaso y la alimentación insuficiente. Aunque no siempre se diagnosticara con ese nombre, la anemia formaba parte de un conjunto de padecimientos asociados a la pobreza urbana y al desgaste de la clase trabajadora.

Hacia finales del siglo XIX también comenzó a fortalecerse un discurso higienista que vinculaba salud, productividad y moral. Como ha mostrado Ana María Carrillo (2005), las autoridades médicas y sanitarias del Porfiriato empezaron a preocuparse por las condiciones físicas de la población trabajadora, especialmente en las ciudades. Las prioridades seguían siendo epidemias como la viruela o la tuberculosis, pero también existía inquietud por la desnutrición y los cuerpos debilitados. Síntomas como mareos, agotamiento y palidez aparecían dentro de un lenguaje médico asociado al desgaste corporal producido por la pobreza.

La experiencia de la enfermedad también estaba marcada por el género. Muchas trabajadoras tenían acceso limitado a la atención médica y, cuando acudían a consulta, el cansancio o la debilidad solían interpretarse como rasgos “naturales” de las mujeres, y no como consecuencias directas de las condiciones laborales. En lugar de cuestionar las jornadas extenuantes o los salarios insuficientes, buena parte del discurso médico atribuía estos padecimientos a una supuesta sensibilidad femenina.

Las fábricas textiles y cigarreras representaban algunos de los entornos más duros para las obreras. Las jornadas podían superar las diez o doce horas en espacios mal ventilados, con altas temperaturas y tareas repetitivas. Diversos estudios de historia laboral han mostrado que el trabajo femenino era valorado precisamente porque resultaba más barato y disciplinado. Detrás de esa aparente “adaptabilidad” del cuerpo femenino existía una forma constante de desgaste físico.

La figura de la obrera agotada y pálida condensaba muchas de las contradicciones del Porfiriato: fábricas modernas sostenidas por salarios bajos, alimentación deficiente y jornadas extenuantes. Detrás de la idea de progreso industrial había cuerpos femeninos sometidos a un desgaste continuo y silencioso.

Visto desde el presente, el tema conserva una fuerte resonancia. Estudios recientes muestran que la anemia sigue afectando de manera importante a las mujeres en contextos de pobreza y desigualdad alimentaria (Shamah-Levy et al., 2013). Aunque las condiciones actuales son distintas a las de 1900, persisten problemas relacionados con la precariedad, el acceso desigual a la alimentación y la carga desproporcionada del trabajo de cuidados. En ese sentido, la “anemia de la fábrica” puede entenderse no solo como un problema del pasado, sino como parte de una historia más amplia sobre trabajo, género y desigualdad social.

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