ARGEL GONZÁLEZ

Antes de que Pixar globalizara en una animación la bellísima tradición mexicana del Día de Muertos, la lente de Gabriel Figueroa ya había captado esta profunda y compleja relación que tenemos con La Parca, La Flaca o La Pelona, poco comprensible para el foráneo que no alcanza a entender por qué nos comemos “los cráneos de azúcar” o por qué escribimos e intercambiamos versitos jocosos que insisten en nuestra ineludible condición mortal.

Los escenarios privilegiados del estado de Guerrero, sirvieron para que en 1960, el equipo del cineasta Roberto Gavaldón filmara Macario, la primera película mexicana –y si no me equivoco, de todo el continente- nominada al Oscar como la mejor en lengua extranjera, aunque The Virgin Spring, de Ingmar Bergman resultara ganadora en esa edición. En el Festival de Cannes, Macario compitió en la categoría de largometraje, pero  La Dolce Vita, de Federico Fellini, se llevó la Palma de Oro. No obstante, considero que el mejor premio que puede dársele a una película es el hecho de que llegue a sus destinatarios y que éstos puedan apreciarla con atención, en su contexto, sin anacronismos o pretensiones baladíes.

Gavaldón, quien a lo largo de su carrera dirigió a actrices como María Félix, Arturo de Córdova, Dolores del Río, Jorge Mistral, Pedro Armendáriz y Libertad Lamarque, hizo para este film,  excelente mancuerna con el dramaturgo Emilio Carballido y el resultado de ello fue una adaptación que colocó a nuestra tradición como el marco perfecto para el desarrollo de la historia, íntimamente relacionada con la muerte. La película en blanco y negro muestra orgullosa las figuras artesanales que sólo en este país se construyen para la fecha, las ofrendas que ricos y pobres colocamos para nuestros difuntos, la calavera regalona que se da a los pequeños en esos días y los manjares culinarios ex profeso como el pan de muerto.

El cartél original. Foto: Especial

Protagonizada de manera magistral por Ignacio López Tarso, Macario es una de las más bellas películas de nuestra cinematografía, aun cuando duela el recordatorio que hace sobre la pobreza ancestral del mexicano, del hombre de campo que como Macario anhela que llegue el día en que pueda comer algo para él solo, sin tener que compartirlo con la extensa prole. El sueño de este desgraciado hombre se materializa en un guajolote, que su esposa –a la que dio vida la actriz Pina Pellicer- robará para él en un acto de amor.

 Inspirado en un cuento de Bruno B. Traven -ese enigmático escritor que se dio el lujo de reinventarse a sí mismo en numerosas ocasiones- Macario se adelantó a su tiempo, una época en que ni el mismísimo James Bond hubiera apostado por la CDMX para enfrentarse a la SPECTRE, siglas en español de la organización Ejecutivo Especial para Contraespionaje, Terrorismo, Venganza y Extorsión en medio de un colorido desfile en el que comparsas, marionetas, carruajes, zanqueros, acróbatas, bailarines y actores, sin así quererlo y de manera paradójica, colocaban las primeras piedras de la modernidad para una antiquísima tradición. Macario llegó antes que el México del siglo XXI se pintara la cara de calavera con tutoriales de youtubers y se vistiera de la manera más catrina y pintoresca. Macario estuvo a punto de ganar un Oscar 58 años antes de que Coco lo lograra. Macario es una película cien por ciento nacional que todo aquel que ame la tradición debería de ver para reflexionar sobre su propia mexicanidad y después poder recrearse en la animación de Pixar. En síntesis, mi recomendación es Macario antes de Coco.

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francisco

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