POR ARGEL GONZÁLEZ

La conmemoración del 50 aniversario del Movimiento Estudiantil de 1968 me obliga a reflexionar no sólo lo que nos legó como sociedad sino en términos individuales. Desde el lugar común, al movimiento estudiantil se le ubica temporal y geográficamente el 2 de octubre en Tlatelolco. No hay otro país en el mundo que tenga una fecha así en la que puntualmente los jóvenes y viejos de distintas generaciones confluyan para recordar el acto de barbarie, porque solo aquí, en medio de la revuelta planetaria, nuestro propio ejército disparó con alevosía y ventaja sobre una plaza llena de civiles. Y eso es imperdonable. La herida abierta hace medio siglo no cerrará mientras no haya justicia porque a diferencia de otras naciones con regímenes genocidas o dictaduras, los gobiernos posteriores resarcieron el daño con el castigo a los culpables y los asesinos están tras las rejas, pero aquí el PRI gobierno y el PAN optaron por la impunidad cómplice, por eso duele aún la masacre.

Sin embargo, el movimiento estudiantil es un proceso histórico y social que va más allá de la fecha y el lugar porque ha significado la llegada de todas posibilidades: la de disentir y de ocupar un lugar en el mundo.  Hay disidencias sexuales, políticas y religiosas. Quizás en esta era en la que acudimos a una dinámica de constantes transformaciones hay otras de las que aún ni me entero pero en mi caso mi disidencia es también resistencia a ser lo que la sociedad dicta para las mujeres: madres y esposas.

Foto: Especial

 

A los 19 años decidí que no quería ser madre. Ni entonces ni nunca. Ahora tengo 45 y sigo creyendo que ha sido la mejor decisión que he tomado. Respetuosa como soy, sin cuestionar nunca a nadie sobre la manera en que se viste, piensa o actúa he tenido que soportar desde muy joven toda clase de preguntas y comentarios, algunos de ellos ofensivos: “¿No puedes tener hijos?”, “¿No quisieron tener hijos contigo?, “¿Detestas a los niños?”, “Tan mal te trataron tus padres que no quieres perpetuar la especie?”, “Quién te va a cuidar cuando sean viejita?”, “Estás incompleta porque no has experimentado la maternidad”.

Más allá de la intención de quienes abren la bocota sin que uno les pida su opinión, tengo una vida que he construido con otras alas y cada uno de los señalamientos que han hecho bien pueden ser contestados: Biológicamente sí pude haber sido madre. Durante muchos años usé métodos anticonceptivos y llegado el momento, cuando construí una sólida y hermosa relación de pareja opté por la salpingoclasia o lo que es lo mismo, me ligué las trompas de Falopio para ejercer mi sexualidad sin consecuencias de hijos no deseados. Mi compañero de vida compartía mi decisión. Quizás porque en el país del que él proviene la sociedad es mucho más abierta, politizada y culta y sería raro escuchar comentarios tan infundados y hasta ridículos como esos de “¡Ay qué pena, que no tengas un angelito!”

Cuando alguien se atreve a expresarse así sonrío por dentro y lo veo con pena. Porque en primer lugar la antropología ha derribado ese mito de que la maternidad responde a un instinto femenino natural por lo que luego entonces todas las mujeres deseamos ser madres y ninguna de nosotras puede resistirse. No hay mentira más grande. Se trata de un constructo social, de una convención hecha por los seres humanos para seguir con el proceso reproductivo bajo las coordenadas de comportamiento social que conoce y controla pero eso nada tiene que ver con el mito que se ha acuñado acerca del “instinto maternal”.

Recuerdo que un fulano con el sostuve una relación de muchos años me dijo casi al final de nuestra vida en pareja que había esperado que con el tiempo se me “despertaran las ganas de ser madre”. Nunca entendí su desafortunado comentario. ¿Cómo es que eso ocurre? ¿Acaso un día te despiertas y te planteas abandonar tus proyectos personales y profesionales para dedicarte a la crianza de un hijo después de mucho tiempo de luchar por tus sueños?

Nací en 1973, cinco años después del 68. A mi generación la educaron todavía para casarse y tener hijos, pero la lucha que iniciaron las mujeres en esa década trajo frutos porque muchas de nosotras somos profesionistas independientes. Una parte considerable son madres pero ya no de diez o cinco hijos como se estilaba antes. Otras, como yo decidieron no serlo porque ejercimos nuestro derecho a disentir y a defender con garras y dientes nuestra decisión: la de la maternidad libre y voluntaria.

NoMo nos llaman en algunas latitudes. Es decir, No Mothers. En Europa desde hace varias décadas las mujeres deciden libremente si quieren o no tener hijos. Nadie las chantajea ni cuestiona porque nadie se mete en la vida de los otros. Pareciera que esa gente que opina y dice y defiende la idea de la maternidad, estuviera a la caza de quienes no tenemos hijos porque no se nos dio la gana para enviarnos al paredón por ir “contranatura,” como muchos me han dicho. Yo que recuerde, nunca me meto en la decisión de los demás ni siquiera acerca de la comida que van a preparar o la ropa que van a ponerse en una cita, menos sobre decisiones tan personales como el hecho de tener un hijo. Pero la ligereza de la gente para abrir la boca y decir estupideces es deslumbrante.

Una vez un taxista que conducía un Tsuru viejísimo cuyas vestiduras rotas intentaba disimular con un colorido sarape me hizo “la pregunta del millón”. Yo rondaba los 30 años. Y ante mi respuesta negativa reaccionó: “¿Noooooo? ¿Pero por quéeeeee? ¿Quién la va a ver cuando sea mayor? ¿O de plano, no tiene novio?”. Mientras el fulano hablaba efusivamente cual protagonista del capítulo más cursi de La Rosa de Guadalupe que usted recuerde, yo pensaba en los países que él no tendría nunca la posibilidad de visitar, los libros que no podría leer o las licenciaturas o posgrados que jamás estarían en su CV,  e insistía que mi postura era cruel porque “un hijo es una bendición”, esto ya, al borde de las lágrimas. Además, egoísta como le resultaba frente a sus ojos, me regañó por no creer en que “donde comen dos, comen tres” porque al fin “pobres pero honrados”. Me bajé unas cuadras más adelante perturbada por el atrevimiento, por la manera en que el conductor me juzgaba, por tener que darle una explicación que no tendría por qué haberle dado yo que ni siquiera tuve que decirle nada a mi familia, porque ellos respetaron absolutamente mi decisión.

Hellen Mirren dice que no son los hijos los que completan a las mujeres porque las mujeres venimos completitas de fábrica. Cuando escucho a alguien salir con el cursísimo argumento de la “incompletitud” me miro en un espejo de arriba abajo, y me noto más que completa: feliz, realizada, amada, acompañada por gente maravillosa en mi vida, con sueños y proyectos. No me encuentro  mutilación alguna por ningún lado.

En esta sociedad machista y misógina en la que la violencia doméstica es el pan nuestro de todos los días y todas las noches, las mujeres de mi edad que decidimos no tener hijos parecemos bichos raros. Es cierto que las nuevas generaciones se lo están replanteando y comienzan a cuestionar estos paradigmas acerca de la maternidad. Pero la verdad es que yo me siento feliz de tener la oportunidad de haber viajado por  mi país y por el mundo, de tener una enorme biblioteca -que he ido cuidando y alimentando con amor y pasión a lo largo de mi vida-, de enamorarme en diferentes latitudes, de haber estudiado no sólo una licenciatura sino dos, dos maestrías y un doctorado, al tiempo que decidí perseguir uno de mis sueños mayores: estudiar arte en el INBA. Y mi lista de proyectos es aun larga.

Reviso mi historia de excelencia académica, de premios concedidos por la ONU y la Suprema Corte de Justicia, de mis aportaciones a la investigación histórica, de los días felices de grabación de mi primer documental, de la primera vez que publiqué en un libro de cuentos que editó Conaculta, de las becas obtenidas por mis mérito propio y me pregunto si alguno de los que me conoce todavía duda si no me he realizado como mujer, porque para mí la realización está en la posibilidad de ser feliz y nada más. No en ideas con raíz religiosa o planteadas desde el prejuicio y la intolerancia.

Si para mí, asumir que no quería tener hijos me ha llevado a enfrentamientos verbales o discusiones apasionadas no imagino lo que deben vivir quienes disienten sexual o religiosamente. ¡Qué jodido que a estas alturas del siglo XXI creamos que los demás no tienen derecho a ser lo que quieren o a vivir como se les dé la gana!  Por eso aplico siempre el concepto de otredad que me enseñaron mis profesores de la Escuela Nacional de Antropología e Historia, que en términos coloquiales y para resumir la teoría académica significa “ponerse en los zapatos del otro”.

Sin embargo, estoy convencida de que los avances que hemos tenido las mujeres en México están vinculados a la lucha que dieron las activistas del 68, quienes no sólo pelearon por la resolución de los Seis Puntos del Pliego Petitorio, sino que enfrentaron el machismo en sus hogares: al padre autoritario que no permitía que las “señoritas decentes” anduvieran en las calles después de las nueve de la  noche y a los hermanos inútiles a los que sólo por ser hombres ellas tenían que plancharles la ropa y almidonarles los cuellos de las camisas. Estas valientes mujeres dejaron el ámbito doméstico y salieron para ganar la calle y así, caminar libres, a sus anchas, en la construcción de una vida pública más equitativa y justa para todos, pero también con demandas muy particulares nuestras: equidad y justicia.

En este medio siglo, reconozco a todas ellas y les agradezco el ejemplo de la disidencia, de la posibilidad que nos legaron de levantar la voz sin importar qué tan difícil sea el camino. Gracias a cada una que puso su granito de arena para que hoy día yo, como muchas podamos decidir sobre nuestros cuerpos, más allá de los discursos retorcidos y anacrónicos. Gracias por permitirnos rescribir nuestra propia historia.

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francisco

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