Ciudad de México, julio 18, 2026 23:07
Cine Cultura

La Cineteca en tiempos de la 4T, de modelo ejemplar a desgaste visible

Protestas, encarecimiento del acceso y deterioro visible como síntomas de un modelo insostenible

STAFF / LIBRE EN EL SUR

La Cineteca Nacional no siempre fue motivo de polémica. Durante años fue, más bien, una de esas raras instituciones que simplemente funcionaban: un espacio donde el buen cine convivía con públicos amplios, donde los precios permitían el acceso y donde la experiencia —desde la sala hasta los servicios más básicos— estaba cuidada. No era solo programación, era un equilibrio. Y ese equilibrio no surgió por inercia, sino de una estructura que entendía que crecer implicaba sostener.

Resulta incómodo, pero necesario decirlo: buena parte de esa expansión ordenada, racional y funcional ocurrió en los años etiquetados como “neoliberales”. Hubo inversión, sí, pero también lógica operativa, mantenimiento constante y una idea clara de servicio público. No era perfecto, pero sí era estable.

El contraste con el presente empieza a ser evidente. Bajo la lógica de la Cuarta Transformación, la apuesta ha sido la expansión: más sedes, más salas, mayor presencia. Ahí están la Cineteca Nacional Chapultepec y la Cineteca de las Artes como emblemas de esa política. El problema no es la expansión en sí, sino que no vino acompañada de una base capaz de sostenerla.

Esa falta de estructura terminó por hacerse visible en las últimas semanas, cuando trabajadores de la Cineteca cerraron taquillas en la sede de Xoco y permitieron el acceso gratuito como forma de protesta. Las denuncias no son ambiguas: contratación por honorarios, falta de prestaciones, jornadas extendidas y una sobrecarga de trabajo que creció al ritmo de la expansión. Es decir, más operación sin mejores condiciones.

La propia Marina Stavenhagen, directora de la Cineteca, lo reconoció con una claridad poco común: el modelo es “insostenible”. Y esa palabra no describe una crisis pasajera, sino el agotamiento de una forma de operar que ya no corresponde al tamaño de la institución.

A esto se suma otro factor que termina de romper el modelo original: el encarecimiento del acceso. Hoy, el boleto general ronda los 70 pesos, mientras que estudiantes pagan alrededor de 50. Pero fuera de ese esquema preferencial, un adulto con menos recursos paga tarifa completa. Es decir, el acceso ya no es tan accesible como antes, y la carga recae justamente en quienes no tienen descuentos.

El desgaste no se queda en lo laboral ni en el precio; se traslada al espacio. Filas largas, saturación constante, servicios irregulares y un deterioro cada vez más visible en las instalaciones. Los detalles —los baños, el mantenimiento— dejan de ser invisibles y se convierten en evidencia de una institución rebasada.

La paradoja es difícil de ignorar: hay más sedes, más público y más presencia cultural que nunca. Pero hay menos equilibrio. Y en ese desequilibrio aparece una forma de elitización más sutil, no basada necesariamente en el precio, sino en la experiencia: permanece quien puede pagar, quien puede esperar, quien puede tolerar el desgaste.

La Cineteca no ha dejado de ser relevante, ni ha perdido su capacidad de convocatoria. Pero algo se ha movido en su interior. Y cuando coinciden protestas laborales, reconocimiento institucional de la crisis y deterioro visible en el espacio, lo que está en juego ya no es solo la operación de un recinto, sino la viabilidad de un modelo que alguna vez fue ejemplar.

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