Ciudad de México, julio 18, 2026 16:39
Cartones Revista Digital Junio 2026

GARABETOS / Aunque la Clara se vista de ajolote…

Mientras los ajolotes invaden bardas, puentes, estaciones y campañas oficiales, los baches, la basura, el ambulantaje y la inseguridad se resisten a desaparecer. El cartón de Garabetos pone el dedo en la llaga.

STAFF / LIBRE EN EL SUR

Algo raro está ocurriendo en la Ciudad de México. No, no hablamos de que desaparecieron los baches. Tampoco de que el ambulantaje se ordenó solo, ni de que la basura decidió recogerse por voluntad propia. Lo raro es que, de pronto, los ajolotes están por todas partes.

Sales de tu casa: ajolote.

Cruzas un puente: ajolote.

Llegas al Metro: ajolote.

Doblas una esquina: otro ajolote.

A este paso, cualquier día uno abrirá el refrigerador y encontrará un ajolote supervisando los huevos.

La administración de la capital decidió que el simpático anfibio de Xochimilco sería el rostro de la nueva Ciudad de México. Y vaya que se tomó en serio la tarea. El pobre animal ha trabajado más en estos meses que varios funcionarios. Aparece en bardas, murales, estaciones, campañas, anuncios y cuanto espacio público encuentre disponible.

Por eso el cartón de Garabetos da exactamente donde duele. “Aunque la Clara se vista de ajolote…”

Y alrededor del personaje aparecen las viejas amistades de cualquier capitalino: baches, basura, ambulantaje, inseguridad, corrupción y bloqueos.

Porque ése es el detalle.

Nadie tiene nada contra el ajolote.

El ajolote cae bien.

Nunca asaltó a nadie.

Nunca cerró una avenida.

Nunca apartó lugares con cubetas.

Nunca abrió un puesto de calcetines a media banqueta.

El problema es que terminó convertido en la cara visible de una ciudad donde los pendientes siguen acumulándose más rápido que los murales.

La lógica oficial parece ser que si algo tiene suficientes ajolotes, automáticamente se vuelve mejor. Una calle llena de hoyos, pero con ajolotes. Una estación saturada, pero con ajolotes. Un puente despintado que ahora luce flamante porque tiene un ajolote gigante observando el tráfico.

Y uno se pregunta si el siguiente paso será pintarles ojitos de ajolote a los baches para integrarlos al proyecto urbano.

Lo más curioso es que el ajolote auténtico, el de verdad, sigue peleando por sobrevivir en Xochimilco, mientras su primo burocrático goza de una expansión inmobiliaria espectacular. Uno está en peligro de extinción. El otro ya conquistó media ciudad y parece dispuesto a seguir avanzando.

Claro que los defensores de la estrategia tienen razón en una cosa: las ciudades necesitan símbolos. París tiene la Torre Eiffel. Nueva York tiene la Estatua de la Libertad. Ciudad de México tiene al ajolote.

El problema surge cuando el símbolo empieza a multiplicarse más rápido que las soluciones.

Porque los ciudadanos podrán admirar el mural, tomarse la foto y hasta encariñarse con el anfibio. Pero cuando revientan una llanta en un bache del tamaño de una alberca olímpica, el encanto suele durar poco.

Y eso explica por qué la llamada “ajolotización” ha generado tantas burlas, memes y comentarios sarcásticos. No porque el símbolo sea malo. Al contrario. El ajolote es probablemente más popular que cualquier político que haya ocupado el Palacio del Ayuntamiento. El problema es que, al hacerlo omnipresente, el gobierno terminó convirtiéndolo también en el recipiente perfecto para todas las frustraciones urbanas.

Por eso funciona tan bien el cartón de Garabetos. No se ríe del ajolote. Mucho menos de Xochimilco. Lo que pone en evidencia es esa vieja costumbre gubernamental de confundir escenografía con transformación.

Y mientras la discusión sigue, el anfibio sonríe desde la pared.

Quizá porque sabe algo que los demás ignoramos.

O quizá porque él tampoco encuentra cómo esquivar los baches.

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