Ciudad de México, julio 24, 2021 19:00
Mariana Leñero Opinión

Cuando los padres envejecen

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Cuando los padres envejecen, envejece una parte de nosotros. Envejece la imagen de nuestro niño interior criado por ellos. Al pasar el tiempo, al pasarles a ellos el tiempo, esa imagen  se va haciendo clarita.  .

POR MARIANA LEÑERO

La vida sigue su curso, pasan los años y no se detienen. Crecemos, damos nuestros primeros pasos, decimos nuestras primeras palabras, aprendemos. Y así como nos pasan los años, igualmente les pasan  a nuestros padres.   A veces no lo sabemos o no lo queremos saber, hasta que sucede.  No es fácil aceptar cuando envejecen, ni cuando mueren. Estemos o no estemos preparados.  Si les duele, nos duele también a nosotros aunque sea desde otro lugar.  

Cuando los padres envejecen, envejece una parte de nosotros. Envejece la imagen de nuestro niño interior criado por ellos. Al pasar el tiempo, al pasarles a ellos el tiempo, esa imagen  se va haciendo clarita.  Se asemeja poco a la imagen de una foto, porque nuestro ser no se retrata. Pero hay que construirla de nuevo juntos.  Llenar esta imagen de color, de recuerdos y del mismo brillo que surgió  cuando nacimos y del que fueron partícipes.

Nuestros padres son la cajita de recuerdos guardados en el armario. Nos acercamos a ellos para que nos recuerden lo que se nos ha olvidado de nuestra historia.  Tienen nuestro código postal, nuestro tipo de sangre, nuestras ilusiones, nuestros llantos. Conocen nuestras limitaciones y nuestro precioso valor.

Desde que nacemos nuestros padres representan la primera luz de nuestra existencia,  el primer olor, sabor, color, palpitación y amor.  Creemos que si llegaron a tiempo para recibir nuestro primer suspiro también nos  despedirán al finalizar el camino.  Nos esperarán como lo hacían cuando terminábamos la escuela.  Pero cuando crecemos y somos adultos los lugares que ocupábamos cambian. Nos toca ahora cuidar su historia y sus recuerdos. Lleva tiempo asumirlo porque los cambios pasan de forma sutil  y silenciosa.  

Es probable que sabías que algún día lo tendrías que hacer pero tu niño interior se resiste a aceptar y creer que es una realidad.  En la infancia los padres nunca mueren, son  fuertes e invencibles.  Por eso cuando envejecen sentimos que perdemos fuerza y que somos vulnerables.

Regresionamos y volvemos a vivir la etapa egocéntrica por la que se pasa en la infancia. Sentimos que nos abandonan, lloramos,  hacemos berrinches, nos enojamos, somos injustos.  No queremos aceptar que ya no nos esperan al terminar la escuela;  ahora esperan que los visitemos y les demos alivio.  

Si escribo para reír, hoy escribo para llorar. Porque no hay dónde esconder lo que vivo en estos momentos.  Realidad dura de afrontar que se recrudece cuando se vive lejos. Realidad que nos envuelve,  hasta ahogarnos, por las limitaciones que trae la pandemia. 

Y aunque he aprendido a soportar el dolor de la muerte de mi padre aun no logro aprender cómo afrontar el proceso por el que pasa mi madre en vida. No quiero perder más tiempo para aprender hacerlo.  Sentarme con ella a mirar el sol, la luna, sin miedo a que pase el tiempo,  sino viviendo el tiempo.  

Quiero recordarle que es ella y que será siempre mi primera persona de amor. La que vio  por primera vez la luz de mi existencia y la de cada una de mis hermanas.  Nos regaló la vida, nuestro primer olor, sabor, color, palpitación y amor….  

Ella es la cajita de recuerdos guardada en el armario.  Ella tiene mi código postal.  Conoce mis limitaciones y mi precioso valor.  Estoy para esperarla afuera de la escuela y recordarle que ella vive en mí y en nosotras, en sus cuatro hijas. Porque en el amor, no importa el lugar que ocupemos, lo que importa son los lazos indestructibles que nos unen.

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