POR FRANCISCO ORTIZ PARDO

A mis ex compañeros del Madrid. 

El 14 de marzo del 2014, en un acto conmemorativo del exilio español organizado por los gobiernos de España, de México y de la Ciudad de México, así como la UNAM y el Colegio de México, entre otras instituciones educativas, los integrantes del coro de alumnos de primaria del Colegio Madrid estuvieron a punto de entonar el himno republicano español ante representantes de la Monarquía ibérica: Tremendo lío diplomático se habría armado de no ser porque alguien se percató de que dicha escena sólo era posible en una película surrealista de Luis Buñuel. Así que los pequeños se limitaron a dedicar Cantares a Joan Manuel Serrat, sentado allí en el Museo de la Ciudad de México, al que conmovieron hasta las lágrimas.

Y es que ni por la izquierda anti sistémica que irrumpe en España en estos tiempos pasa ya el recuerdo de que aquel país fue una República. Pero en el Colegio Madrid, fundado en un castillo de cuento por los exiliados españoles el 21 de junio de 1941, hace justamente 75 años, esa raíz se mantiene vigente como una filosofía aplicada que hereda a los estudiantes valores de libertad y pluralidad. No es sueño ni añoranza, sino una forma de vida. Una tercera república, en la que se iza la bandera de tres colores –rojo, amarillo y morado— y donde efectivamente se enseña y se canta el himno republicano, el “Himno de Riego”.

Originalmente, el Colegio Madrid se ubicó en un predio de 7,476 metros cuadrados, rodeado por tres líneas ferroviarias, en lo que fue un chalet de verano en la época porfiriana, estilo suizo afrancesado de cinco pisos. Quedó dañado tras la Revolución Mexicana y abandonado a su suerte; después se alquiló como vivienda. El 24 de abril de 1941, según consta en escrituras, fue comprado por José Andreu Abelló a Hugo Scherer en 120 mil pesos. Se adaptó como plantel educativo y el 21 de junio de ese año abrió sus puertas como Colegio Madrid, una institución liberal y humanista fundada por los exiliados republicanos españoles.

El Chalet Scherer, que así se le nombra en archivos históricos, era una construcción de más de 3,000 metros cuadrados, distribuidos en cinco pisos y diez habitaciones. En 1958 fue demolido por el entonces Departamento del Distrito Federal para ampliar hacia el poniente la avenida Extremadura (hoy Eje 7 Sur). En compensación, el gobierno dio al Madrid un inmueble –otro “castillo” veraniego–, que perteneció al secretario de Hacienda de Porfirio Díaz, José Ives Limantour.

Era un terreno muy arbolado, ubicado en Avenida Revolución 849, entre Andrea del Sarto y Giotto; finalmente todo fue arrasado para sustituirlo por horrendos paraderos de microbuses en las postrimerías del gobierno de José López Portillo y los inicios del de Miguel de la Madrid, cuando se construyó la Línea 7 del Metro.

Según recuerda el ex alumno Francisco Calderón Córdova, actual vocero de la Procuraduría Ambiental de la Ciudad de México y vecino desde niño de la cercana San Pedro de los Pinos,  además de su emblemática casona con escaleras de madera chillona, el predio tenía un campo deportivo con una pista de atletismo, frontones y estanques de arena. Con el tiempo el colegio se amplió con otros dos edificios cercanos, uno en la esquina de Empresa y avenida Patriotismo (frente al Colegio Williams, que permanece ahí) y otro muy extenso, donde finalmente se estableció la preparatoria, en lo que hoy es el Eje 7 Sur Extremadura, entre Patriotismo y Revolución.

“Y había un castillo y tenía una historia. Era un castillo precioso que tenía sus cuatro torres, una gran entrada con el techo muy alto y una bellísima escalera”, recordó Margarita Villaseñor Ponce, profesora de la UNAM y ex alumna del Madrid. “La madera de sus pisos rechinaba cada vez que pasábamos como si quisiera contarnos su historia. Estaba rodeado de altísimas palmeras y grandes árboles, aún conservaba algunos de los jardines que seguían siendo muy grandes y debieron ser más, porque ya se habían construido muchos salones alrededor”.

Javier García Galiano escribió una leyenda en Nosotros ahora, revista oficial del colegio:

“Durante muchos fines de semana de los años sesenta, ahí se filmó En el balcón vacío, de Jomi García Ascot. Se decía que los sótanos conducían a una red de subterráneos, en cuya exploración clandestina había desaparecido un alumno de nombre desconocido, por medio del cual podía llegarse a las alcantarillas de avenida Revolución o al castillo del Colegio Williams”.

En 1979, la leyenda del castillo y sus historias se trasladaron con el colegio mismo a unos terrenos bastos, viejos ejidos de la zona de Coapa, que fueron donados por el gobierno de López Portillo. Pero el cambio no alteró ni su identidad ni sus prácticas educativas. Hasta la fecha, por ejemplo, se mantiene en la primaria la tradición de las “viñetas”, que tuvo su origen en el Instituto Escuela, fundado por los republicanos en la capital española en tiempos de la Guerra Civil. Al iniciar cada jornada, en una libreta los alumnos deben hacer un dibujo que lleve al costado la fecha y los datos climáticos y debajo una “composición” de libre elección. El método ha sido detonante no sólo de la creatividad, sino de la buena lectura y escritura, que distingue en sociedad prácticamente a cualquier ex alumno, independientemente de su profesión.

El primer director del colegio fue Jesús Revaque. Originalmente los empleados, profesores y alumnos eran españoles y lo financiaba el gobierno republicano en el exilio. El programa de festejos por el primer aniversario del colegio, el 25 de junio de 1942, publicado en un artículo de Carta de España, es muestra de los fuertes vínculos que mantenía la comunidad del colegio con el país ibérico: El Dragoncillo,entremés de Calderón; un viaje lírico por el folklore de varias regiones españolas, interpretaciones de La del Manojo de RosasAlma asturiana y La verbena de La Paloma; recitaciones de romances y poemas de Juan Ramón, Machado y Enrique de Mesa y una escenificación de El mancebo que casó con mujer rica del Infante Don Juan Manuel.

“El deseo de retorno era entonces una ilusión y no un espejismo”, se escribió en esa revista del gobierno español. “En esos primeros años, gracias a los fondos honestamente administrados del gobierno republicano, cientos de niños y niñas pudieron comer a diario en las instalaciones del colegio. De los 460 alumnos en 1941, 50 en el Jardín de Niños y 390 en Primaria, se pasa a 160 y 725 en 1947. Pese a lo político de sus orígenes, ni la mínima sombra de adoctrinamiento perturba la indiscutible calidad de la enseñanza y comienza a gestarse un sentimiento de hermandad entre los alumnos que aún hoy perdura”.

Lo dicho: Una forma de vida.

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