Ciudad de México, octubre 1, 2022 23:18
Dar la Vuelta Opinión Revista Digital Abril 2021

DAR LA VUELTA / La doble herencia de Tlacoquemécatl

Los artículos de opinión son responsabilidad exclusiva de sus autores.

Aunque existen diversas versiones, la mayoría coinciden en que el Cristo que preside dicha parroquia recibió el nombre de Señor del Buen Despacho, ‘por la rapidez’ con que respondía a las peticiones de quienes, desde 1648, iban a rezarle a la Catedral de la Ciudad.

POR PATRICIA VEGA

Pocas personas están al tanto de que en la Parroquia del Señor del Buen Despacho, ubicada en una de las esquinas del actual parque de Tlacoquemécatl, ubicado en la Alcaldía Benito Juárez, podemos encontrar una insólita muestra de la doble herencia, católica y prehispánica, que a grandes rasgos caracteriza a la cultura mexicana.

El Señor del Buen Despacho – cuya fiesta patronal es cada tercer semana del mes de julio e incluye la mayordomía de algunas familias más antiguas pertenecientes a lo que fuera el pueblo original de Tlacoquemécatl– tiene una peculiaridad: sus pies descansan arriba de una piedra de origen prehispánico descubierta e identificada en 1982 por la arqueóloga Ángeles Segura como un “cuauhxicalli” –cuauhtl = águila y calli = casa: la casa del águila—el recipiente utilizado por los aztecas para colocar los corazones de los humanos sacrificados en ceremonias de las que existen diversos registros históricos.

No es en balde que me declaro fervorosa creyente de Guadalupe-Tonanztin, el sumun de ese sincretismo religioso mexicano que hace latir al unísono corazones alimentados tanto por una herencia prehispánica como católica-española.

Aunque existen diversas versiones, la mayoría de las historias coinciden en que el Cristo que preside dicha parroquia, recibió el nombre de Señor del Buen Despacho, “por la rapidez” con la que respondía a las peticiones de quienes, desde 1648, iban a rezarle a la Catedral de la Ciudad, integrantes en su mayoría del gremio de plateros. Otra de las versiones más socorridas, señala que ese Cristo estuvo ubicado en el edificio de lo que fuera la institución colonial conocida como Santa Inquisición y a cuyos calabozos iban a dar las personas acusadas de herejía y, por lo tanto, condenadas a la tortura hasta aceptar sus supuestos crímenes y el castigo correspondiente: su futura e inminente muerte. En ese contexto, paradójicamente los condenados se encomendaban al Señor del Buen Despacho, tal vez con el deseo oculto de morir de una manera rápida y lo menos dolorosa posible.

Por lo que toca al edificio de parroquia en Tlacoquemécatl, no se puede definir con exactitud una fecha para su construcción original. Sin embargo, existen referencias a que tuvo su inicio como una humilde capilla ubicada en el centro de un pueblo que, a pesar de quedar rodeado de haciendas, se mantuvo en pie hasta que en 1950 se inició la construcción formal de la parroquia que hoy conocemos y cuya sacristía y primera crujía se edificó utilizando parte de los vestigios de la capilla original. Fue hasta una excavación especializada que tuvo lugar en zonas aledañas, de 1980 a 1982, cuando la arqueóloga Ángeles Segura se topó con material de origen teotihuacano y azteca, entre el que identificó a la mencionada piedra ceremonial.

El párroco en servicio durante el mencionado hallazgo arqueológico fue el que determinó que el lugar más adecuado para una pieza que había tenido un uso especial fuera el propio altar en el que se ubicaba el Señor del Buen Despacho, decisión que puso fin a un pleito aparentemente irresoluble entre vecinos que se adjudicaban el derecho a que el cuahxicalli encontrado permaneciera en sus respectivas casas por haber sido encontrado en sus terrenos. Y, santo remedio: la discusión terminó y todos aceptaron la nueva ubicación de la piedra prehispánica.

Sobre la imagen del Señor del Bueno Despacho, que se venera actualmente en la iglesia de Tlacoquemécatl, no se ha determinado con certeza su antigüedad. Sin embargo, se sabe que, por lo menos, un par de estas advocaciones de Cristo fueron realizadas, de manera anónima, con médula de pasta de caña de maíz, en el siglo XVII.

No es en balde que me declaro fervorosa creyente de Guadalupe-Tonanztin, el sumun de ese sincretismo religioso mexicano que hace latir al unísono corazones alimentados tanto por una herencia prehispánica como católica-española.

Considero un raro privilegio el vivir a unas cuantas cuadras de la casa del Señor del Buen Despacho, cuyos pies descansan sobre un cuahuxicalli.  Y cada que atravieso el Parque de Tlacoquemécatl –lo que sucede prácticamente todos los días—reflexiono en cómo nuestra cultura se alimenta con diferentes raíces y vienen a mi mente múltiples ejemplos de ello.

*La mayoría de los datos duros, provienen del libro “Tlacoquemécatl (Una villa condenada a muerte)” de Alfonso Correa Soto, Cuadernos de la Facultad de Filosofía y Letras. Universidad Veracruzana-México, 1962.

Compartir

comentarios

Artículos relacionadas