Ciudad de México, septiembre 26, 2022 03:48
Opinión Francisco Ortiz Pardo

EN AMORES CON LA MORENA / Petanca

Los artículos de opinión son responsabilidad exclusiva de sus autores.

Así fue como los cuatro pasamos de la petanca a Portugal, 10 días y dos mil y pico kilómetros de recorrido. No se me pida el cálculo del derroche de horas que han tenido nuestras pláticas sobre mil temas.

POR FRANCISCO ORTIZ PARDO

Mis amigos son generosos. No tanto a la hora de pagar la cuenta, sino cuando me he desaparecido por meses de las partidas de petanca pero que a mi regreso tratan de animarme con que tan solo unos tiritos previos me harán ponerme en la forma habitual, que en esencia es todo lo que queda del fracaso y lejos de las destrezas de los vagos expertos… pero que sabe a tierra y a complicidad, pese a la inconstancia.

La primera vez que le conté a mi chica de la extraña afición, ella me dijo –sonriente para contener la risotada– que eso lo conoció de niña, cuando vivió en Francia y veía jugarlo a los “viejitos”. Lo paradójico es que nuestro ritual de media semana es uno de los secretos para mantenernos jóvenes, aunque sea de sensación, le respondí. Y tal vez no me crea, pero cuando nos comportamos como unos chavos rebeldes incapaces de cambiar nada más que la rutina, las canas se nos destiñen y nos volvemos unos loquitos capaces de reírnos de cualquier cosa.

“El deporte en su forma actual surgió en 1907 en la Provenza francesa, aunque los antiguos ya jugaban una versión primitiva con bolas de piedra, que fue llevada a Provenza por soldados y marineros romanos. Su nombre procede de la expresión “pè(s) tancats” (“pies juntos”) en lengua provenzal”, pone la explicación de Wikipedia, ese invento con el que cualquiera se vuelve experto en lo que sea. ​  

La petanca es algo parecido a la rayuela… pero en versión sofisticada. “Es un deporte/juego en el que el objetivo es lanzar bolas tan cerca del boliche, lanzada anteriormente por un jugador, con ambos pies en el suelo y en posición estática desde una determinada zona”.

La idea se la debemos a Emilio, que tuvo a bien comprar las bolas, de metal tan pesado que eventualmente nos podrían proteger de algún vago de veras que nos quisiera agandallar en el Jardín Pushkin. Pero la verdad es que somos incapaces. La nobleza de Oswaldo nos libra de los malos pensamientos. Él es curiosamente el más calculador a la hora de los tiros. Se pone la bola entre ceja y ceja, casi en la penumbra del anochecer; me lo imagino haciendo fórmulas mentales einstenianas, instantáneas, ecuaciones sobre el terreno accidentado, a donde mira fijamente mientras junta los pies, para determinar el punto donde la bola se atora “como en el pantano” o donde corre por la grava hasta la avenida Cuauhtémoc. Y al tirarla su inocencia se vuelve humillante.

La leve sonrisa de Toño, su parsimonia ante el desfile de sus propias palabras bien colocadas, por momentos entre bocanadas de tabaco, impregna a esas tardes la melancolía de los sueños rotos de la República Española. Fue Toño quien nos llevó a los otros tres a conocer a su familia en la patria vieja, en Navas de Oro, Segovia, Castilla y León. Por él también nos clavamos en el costumbrismo español y nos tuvimos que comer las orejas de cochino que con tanta emoción y generosidad un tío suyo nos compartió en el bar del pueblo.

Esa es la identidad que compartimos, cada uno desde diferente sitio, que yo no tuve nada de exiliado pero sí de emocionado con el 14 de abril, en tiempos añejos de la prepa en que Emilio me invitaba a la ya anacrónica música del canto nuevo. Hoy yo soy el anacrónico, que él se ha vuelto al electrónico y además bailotea de una forma que sí me recuerda mi edad.

Pues así fue como los cuatro pasamos de la petanca a Portugal, 10 días y dos mil y pico kilómetros de recorrido. No se me pida el cálculo del derroche de horas que han tenido nuestras pláticas sobre mil temas. Y eso no lo hacen los simples amigos, sino los que durante los meses más críticos de la pandemia batieron el récord de encuentros semanales por zoom. Será por eso que cuando vuelvo a la cancha del Pushkin, ellos me reciben como para que no me vaya más. Y entonces pienso que no me siento viejo pero que si he de envejecer quiero que sea con su amistad.        

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