Ciudad de México, noviembre 28, 2021 02:32
Mariana Leñero Opinión

Extensiones de amor

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Los hijos disfrutan de nuestro amor y necesitan de nuestra experiencia.  Pero en su visita surge de nuevo un milagro: nuestros hijos se convierten en nuestros maestros.

POR MARIANA LEÑERO

Bien dicen que los hijos son prestados, sin embargo cuando nacen  la sensación de posesión nos aleja de tal afirmación. Contacto físico en superficie blanda y aterciopelada. Contacto con olor a  dulce que se convierte en vida a través de los destellos de sus miradas.  

Tener hijos trasforma la vida, la multiplica no una, ni dos, ni tres sino indefinidamente.  Uno ama doble, ríe doble, sufre doble, espera doble.   Si guardamos silencio, sin juicios, sin culpa, sin control tendremos la oportunidad de sentir  la fuerza clara y milagrosa del amor.         

Aun cuando los lazos de amor se van trasformando con el tiempo para los padres permanecen puros como en su inicio. Pese a que llegará el día que nuestro camino llegue a su fin  nos reconocemos eternos  Como  lo son nuestros bisabuelos, abuelos, padres…

Con los hijos se vuelve a ser niño, se vuelve a ser joven.  Sus experiencias  despiertan nuestra memoria,  colocan en la superficie recuerdos de nuestra propia historia.  Los padres álbumes fotográficos, cajita de recuerdos blindada,  como tesoro. 

En su proceso de independencia nuestra dependencia a ellos se manifiesta. La inercia  a protegerlos  y querer detenerlos es evidente. Pero sucede el milagro,  la fuerza del camino que les espera y el recuerdo del camino que una vez a nosotros nos esperó, nos abre las manos y somos capaces de dejarlos ir.   

Cuando ya es tiempo nos convertimos en espectadores de la obra de su vida. A veces sentados en primera fila, otras en la última, otras no seremos invitados.          

Y  al mismo tiempo que nos colocamos en la periferia de su vida, nos adentramos al centro de la nuestra.  Nos toca dejar el asiento de espectador.  No es que durante su presencia nos hayamos perdido pero en el silencio que dejan cuando se van  se agudizan nuestros oídos para escucharnos, para escuchar a nuestra pareja y vivir juntos la alegría que trae nuestra vida.

La lejanía es necesaria, las separaciones son esperadas pero nunca definitivas. Extensiones de amor que nos muestran el camino del rencuentro.  

Los hijos disfrutan de nuestro amor y necesitan de nuestra experiencia.  Pero en su visita surge de nuevo un milagro: nuestros hijos se convierten en nuestros maestros.

A lo largo de su camino han recogido experiencias y conocimientos que están ávidos de compartir.  Que regalo más grande que aprender de quienes más queremos.

Es tiempo de dejar de mirarlos como aprendices. Resistirnos a la inercia de creernos más sabios. Llego la hora de aprender a  guardar silencio. Escuchar con atención,  preguntar y preguntar  y escuchar de nuevo.

En nuestra obra de teatro, llegan y nos enseñan a desmitificar el amor romántico e incluir personajes que están fuera de la heteronormatividad.   

Así como alguna vez les enseñamos a hablar, ahora ellos  aumentan nuestro vocabulario.  Aprendemos  a pensar con otros pronombres, no binarios parar actualizar  nuestra vida a partir de un nuevo lenguaje,

Como cuando les ayudábamos aprender a escribir ahora nosotros aprendemos de sus movimientos apresurados cuando navegan por los teclados. Mientras jugamos en el campo de la tecnología tendremos que enseñarles el valor de la paciencia   Entrenaremos nuestros oídos para escuchar su música y les recordamos los sonetos que  acariciaron sus sueños.    Extensiones de amor que se sostienen por los dos lados.

Será necesario evitar el olvido y traer a su recuerdo su propia historia. Y en la construcción de su camino nuevo y fresco recordarles que necesitar  y aprender aun de nosotros es parte de la vida. Nos rendirse y estar abierto es ser sabio.

Y como acertadamente dice mi comadre,  cuando los hijos crecen dejamos de caminar adelante, dejamos de caminar atrás, caminamos  a su lado al son de la música de la vida.

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