Ciudad de México, junio 24, 2024 06:21
Francisco Ortiz Pardo Opinión

EN AMORES CON LA MORENA / Jacarandas

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“En la eterna dualidad de la vida y la muerte, donde vivimos muchas veces y morimos otras tantas, las jacarandas siempre me acompañan”.

POR FRANCISCO ORTIZ PARDO

Tengo la fortuna de vivir en una zona donde cada año, desde principios de febrero, se descubre un espectáculo natural que se adelanta a la cosecha en el campo de los deliciosos mangos y va dejando en el piso fracturado por sus propias raíces tapetes de flores donde el azul se va volviendo violeta y cada vez más intenso hasta llegar al morado. Este año he constatado la emoción también en Chapultepec y Polanco, en el Paseo de la Reforma, en las colonias Roma y Condesa, en San Ángel y Coyoacán.

Las jacarandas son, en mi vida, la vida que me acompaña al ceder el frío y ocurre el necesario cambio de células epidérmicas de una temporada a otra, en el renacimiento que también lo es del alma. Pronto se van, dos, tres meses a lo mucho. Casi que cumplen con su propia misión al coincidir su debacle con la conmemoración de la resurrección de Jesús, en la Semana Santa, justo como ahora que comienza a caer la lluvia, desde el rocío hasta el aguacero, que tira sus pétalos y vuelve más penetrante su aroma para dar paso a otras flores de otros colores.

En esta eterna dualidad de la vida y la muerte, donde vivimos muchas veces y morimos otras tantas, las jacarandas siempre me acompañan, sin embargo. Parafraseando a Joaquín Sabina, que si alguien me roba el mes de abril no se lleva mis jacarandas, siempre a resguardo en el mismo lugar que comparten las alegrías y las tristezas. Ello ocurre aun cuando los depredadores inmobiliarios pretenden cercenar los sueños con cierras eléctricas y no pocas veces lo materializan en un edificio moderno y deschistado que no produce flores pero sí mucho dinero.

A lo largo de veinte años hemos documentado una tala masiva por obras privadas, en muchos casos contra las jacarandas. Era usual que los permisos de derribo por parte de la autoridad arguyeran que los árboles “obstaculizan” las nuevas construcciones.

¿Cuántas veces lo he escuchado, visto, sentido y resentido? Hace cosa de un año, a la vuelta de lo que llamamos el Paseo de las Jacarandas, en Amores, fueron talados dos ejemplares –registrados en el inventario de la Secretaría del Medio Ambiente— para no obstruir los accesos a una nueva tienda de La Comer.

Mi colega Patricia Vega nos acaba de contar en Libre en el Sur un estrujante pasaje del 2013, cuando por los mismos rumbos trabajadores de la hoy alcaldía BJ cortaron las raíces de una jacaranda para supuestamente reparar las banquetas y con ello provocaron que el ejemplar viniera abajo apenas unas horas después.

Hace ya más de una década, para hacer una plaza comercial en la esquina de Moras y Parroquia, que por cierto hoy tiene sin rentar la mayor parte de sus locales, también derribaron dos jacarandas añosas y frondosas que embellecían aún más la casona con reminiscencias del colonial californiano que fue demolida.

A lo largo de veinte años hemos documentado una tala masiva por obras privadas, en muchos casos contra las jacarandas. Era usual que los permisos de derribo por parte de la autoridad arguyeran que los árboles “obstaculizan” las nuevas construcciones, es decir que han resultado un estorbo para el desarrollo. Ya de remate había que soportar la voz de funcionarios con tono de suficiencia cuando alegaban que las jacarandas no debieron ser sembradas aquí porque sus raíces son muy invasivas, mientras que vecinos se quejaban del “basural” que producían las flores. El tema es análogo al de los nuevos residentes que se alteran al escuchar el estruendo de los fuegos pirotécnicos de las fiestas patronales llevadas a cabo por los pobladores originarios, que como lo indica el adjetivo, estuvieron antes que ellos. Es cosa de comprender que pagaron millones por su departamento y que no es justo que padezcan las incomodidades provocadas por irracionales costumbres ancestrales.  

Contra la ignorancia y el abuso hay, sin embargo, historias hermosas. Como la de Rossana Calderón, para quien era su hermanito menor, según me decía cariñosa. Ella salvó una jacaranda cuando se construyó una concesionaria automotriz al lado de su casa, en Nonoalco Mixcoac. Con la asesoría de biólogos y el apoyo de activistas, logró que el ejemplar de grandes dimensiones fuera trasladado con una grúa. Hoy la jacaranda luce hermosa, en el Eje 5 Sur y Patriotismo, a la orillita de San Pedro de los Pinos, y cada año nos vuelve a cautivar al proyectarnos nuevamente sus colores.

O la historia de mi jacaranda, la mía de mí, que la encontré apenas como una varita en un estrechísimo espacio de tierra que bordea el estacionamiento del edificio donde vivo. La llevé al parque de San Lorenzo, en Tlacoquemécatl, donde la plantaron primero los jardineros a unos metros de la iglesia de Santa Mónica pero fue aplastada por los perros que corrían sueltos; finalmente encontró la sobrevivencia, casi milagrosamente, al amparo de El Guapo, el célebre pirul que cayó por una tormenta la noche de un 15 de septiembre… y así caído retoñó. No sé cómo, pero es que la naturaleza resiste tanto como el amor cultivado.   

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