Juan Ramón de la Fuente: Una renuncia que no ocurre en el vacío
Juan Ramón de la Fuente a su llegada a Palacio Nacional, el 25 de marzo pasado. Roberto Velazco, su sucesor, a la izquierda. Foto: MarioJasso / Cuartoscuro
Migración, T-MEC y presión de Washington: el contexto de su salida
STAFF / LIBRE EN EL SUR
La renuncia de Juan Ramón de la Fuente a la titularidad de la Secretaría de Relaciones Exteriores fue presentada, oficialmente, como una decisión por motivos de salud. Una explicación sobria, difícil de cuestionar en lo personal, pero insuficiente para explicar el momento político en que ocurre.
De la Fuente no llegaba como un canciller más. Había apostado en este encargo —tras su paso como embajador en Washington durante el gobierno de Andrés Manuel López Obrador— su principal activo: la credibilidad. Una credibilidad escasa en la política mexicana y, más aún, transversal, reconocida por actores de prácticamente todos los signos ideológicos.
Ese capital le daba margen. Pero también elevaba la expectativa.
Su paso por la cancillería, sin embargo, termina por resultar frustrante. No necesariamente por errores propios, sino por la dimensión de las crisis que le tocó administrar y por los límites estructurales de una política exterior cada vez más reactiva.
Se va en medio de un escenario internacional crispado: la guerra en Ucrania, las tensiones en Medio Oriente con Irán como actor central, y la presión energética impulsada por Estados Unidos contra el régimen cubano han reconfigurado el tablero global. En ese entorno, México no define las reglas; intenta, a duras penas, sostener una posición.
Pero el frente más inmediato —y más incómodo— está en la relación con Washington.
Ahí, la política migratoria estadounidense se ha endurecido y ha colocado a México en una posición ambigua: contenedor de flujos y, al mismo tiempo, defensor de sus propios ciudadanos. Esa tensión ha ido escalando, y con ella, el desgaste diplomático.
La salida de De la Fuente ocurre, además, en pleno proceso de negociación del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá, uno de los pilares económicos del país, donde la interlocución política es tan relevante como los términos comerciales. Su experiencia en Washington no era un dato menor en ese contexto.
Más aún, deja el cargo tras la muerte reciente de otro mexicano bajo custodia del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos, un caso que se suma a una cadena de fallecimientos que han tensado la relación bilateral y evidenciado los límites de la protección consular.
Ahí es donde la política exterior deja de ser discurso y se convierte en presión real.
Porque mientras México exige condiciones dignas para sus connacionales en Estados Unidos, enfrenta al mismo tiempo señalamientos por la violencia que padecen migrantes en tránsito dentro de su propio territorio. Una contradicción que no se resuelve en comunicados, sino en hechos.
La paradoja es inevitable: quien llegó con capital político propio, margen de interlocución y reconocimiento internacional, termina saliendo en uno de los momentos de mayor fragilidad diplomática para México en años recientes.
La versión oficial habla de salud. El contexto, en cambio, habla de desgaste.
Y entre ambas versiones queda flotando, incómoda, la pregunta que suele acompañar este tipo de salidas: si la renuncia fue inevitable… o simplemente necesaria.
















