DINORAH PIZANO OSORIO

Amplias zonas del país son inseguras. Cada vez son más los mexicanos que enfrentan la zozobra como cotidianidad y el simple hecho de volver a casa se convierte en una victoria parcial. Como sociedad hemos perdido la apropiación y disfrute de espacios públicos. A medida que el correlato mexicano crece en violencia, la confianza y tranquilidad sufren fracturas, pierden cohesión todos los días.

Además de las cuestiones de carácter social afectadas por la violencia, tenemos las económicas. Negocios pierden clientes, muchos se ven obligados a cerrar, las mercancías no llegan, disminuye el turismo, se deprime el consumo interno. Así lo demuestra la Encuesta Nacional de Victimización y Percepción de la Seguridad Pública 2017, a cargo del Inegi, según la cual el costo total producto de la inseguridad y el delito en el año 2016 fue de 229.1 mil millones de pesos.

Lo anterior representa más del 1 por ciento del PIB, pero más allá de situarlo junto a un indicador abstracto, el cual sirve de referencia, es preciso colocar el acento en otro dato incluido en la citada medición: casi 29 mil víctimas por cada 100 mil habitantes. Sin obviar el carácter multifactorial de la fotografía actual en términos de seguridad, considero importante valorar el éxito y viabilidad del modelo económico que adoptaron y mantuvieron las administraciones federales durante las tres décadas recientes.

Foto: Cuartoscuro

 

Quizá sea tiempo de abandonar recetas cuya aplicación tiene saldos poco favorables para la mayoría. No es una cuestión de percepciones, México cuenta con 100 millones de personas con algún tipo de carencia. (https://www.jornada.com.mx/2017/03/31/opinion/024o1eco)

Por ejemplo, ¿no sería momento de incrementar la inversión pública para impactar positivamente la actividad productiva de la planta industrial nacional? Y es que, vale la pena enfatizar, el fenómeno delincuencial en espacios como el transporte, los parques y vía pública en general, tiene un germen compuesto (entre muchos otros ingredientes) por la ausencia de empleos bien remunerados, formales, con seguridad social. Se constriñen las posibilidades de estudiar, de emprender un negocio redituable y que permita vivir. Ningún ser humano nace con la ruta ineludible de cometer actos antisociales.

La indeterminación del futuro requiere estar rodeada de mejores condiciones para todos los mexicanos. No podemos eludir los tiempos políticos que cruzan la actualidad, donde se intenta hilvanar una narrativa de cambio, de esperanza que al día de hoy continúa sin asideros reales y objetivos. Por ello resulta impostergable buscar alternativas a la crisis económica y política, entre todos, pues no llegarán por decreto. La sociedad, quienes participamos de ella todos los días, debemos impulsar las modificaciones que propicien recuperar, en primera instancia, la tranquilidad y el horizonte de crecimiento.

 

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