Ciudad de México, octubre 1, 2022 22:04
Francisco Ortiz Pinchetti Opinión

POR LA LIBRE/ Riesgos de reportero

Los artículos de opinión son responsabilidad exclusiva de sus autores.

A lo largo de más de medio siglo de actividad como reportero efectivamente enfrenté ciertos riegos para conseguir el objetivo de mi trabajo, pero en todo caso estaría bien lejos de la imagen de un héroe.

POR FRANCISCO ORTIZ PINCHETTI

Existe el mito de que los reporteros somos una especie de superhéroes, capaces de sortear graves riesgos, sufrir amenazas y persecuciones y con frecuencia estar inclusive en peligro de muerte. No es mi caso por cierto. A lo largo de más de medio siglo de actividad reporteril activa efectivamente enfrenté ciertos riegos para conseguir el objetivo de mi trabajo, pero en todo caso estaría bien lejos de la imagen de un héroe. Más de una vez asumí el riesgo que implica por ejemplo meterme a hurtadillas a la hacienda Las Mendocinas de Raúl Salinas de Gortari en Chiautzingo, Puebla, sobrevolar sin permiso la inmensa propiedad en la playa sinaloense del entonces gobernador (1981 a 1986) Antonio Toledo Corro o reportear una narco carrera de caballos en Buenaventura, Chihuahua, donde dos capos de jugaron un millón de dólares en 12 segundos. Gajes del oficio, suele decirse.

Considero que en muy contadas ocasiones corrí un verdadero riesgo físico, incluso de muerte. Una sola vez recibí una carta con insultos y amenazas de loa Tecos de Guadalajara, luego de que publique un reportaje sobre sus actividades ilícitas. Fue la única en toda mi vida de reportero.

Puedo platicar acaso una ocasión en que realmente estuve con un compañero y un piloto en inminente peligro de un accidente aéreo, que pudo costarme la vida. Y no fue así. Se trató de un reportaje para Revista de Revistas el semanario de Excélsior que dirigía mi inolvidable amigo y maestro Vicente Leñero) sobre las pinturas rupestres recién encontradas en cuervas de la Sierra de San Francisco, en Baja California Sur, allá por 1975.

El fotógrafo Roberto Bolaños y yo viajamos a La Paz para hacer una serie de reportajes sobre la entidad federativa más joven de la República, pues el antiguo territorio de 74 mil kilómetros cuadrado acababa de ser erigido como Estado Libre y Soberano apenas el 8 de octubre de 1974. El gobierno del estado, entonces encabezado por Ángel César Mendoza Arámburo, su primer gobernador electo, ofreció facilidades para realizar trabajos periodísticos en la todavía  muy poco conocida parte sur de la insólita Península de Baja California.

El combustible se agotaba mientras nuestra aeronave daba vueltas en círculo. Fueron unos minutos terribles, sin que nadie hablara.  Nos dábamos cuenta que estábamos en peligro de un accidente fatal. Sólo el ronroneo del motor, mientras caía la noche. Y de pronto, una luz: “¡la gasolinera!”, gritó el piloto…”

Así, estuvimos en santuario de ballenas de Vizcaíno, en las salinas de Guerrero Negro, las más grandes del mundo; en la cárcel sin rejas de Mulegé. En ese recorrido fuimos acompañados y apoyados logísticamente por Jaime Susarrey, el simpático encargado de la comunicación social del gobierno local. Quizá el tema más atractivo de todos era la visita a las cuevas donde se habían descubierto extrañas pinturas rupestres, algunas de las cuales no habían sido siquiera exploradas. Nuestro objetivo era la mayor de estas cuevas, conocida como La Pintada.

La expedición requirió preparativos espaciales. Viajamos a la población de San Ignacio, en la parte norte del estado, donde establecimos nuestro centro de operaciones. En una avioneta Cessna de cuatro plazas, mono motor, volamos a la sierra para una primera aproximación. Aterrizamos en las inmediaciones de la zona de las cuevas, donde hicimos contacto con rancheros del lugar que pudieran servirnos como guías y proporcionarnos mulas para la travesía. Una vez acordados los términos y los horarios regresamos a San Ignacio para pernoctar y preparar nuestra excursión periodística del día siguiente. Susarrey decidió permanecer en el hotel, mientras Bolaños y yo volamos tempranito con el piloto nuevamente al sitio escogido en la sierra, donde ya nos esperaban nuestros guías. El piloto se quedó con otros lugareños al cuidado de la aeronave. La travesía en mula duró cerca de cuatro horas, bajo un sol ardiente y entre biznagas y huizaches espinosos.

Cueva La pintada.

La Pintada, en efecto, era una cueva alargada y poco profunda en cuyo alto techo se encontraban las extrañas figuras humanas de gran tamaño, de colores rojo, negro y ocre,  armados con arco y flechas y en actitud de cacería, aparentemente. Había también figuras de venados y otros animales. Lo increíble era la altura a la que se encontraban las pinturas, que los estudios de carbono 14 atribuían una antigüedad de 10 mil años. La única explicación era que habían empleado una suerte de andamios, lo que implicaría un nivel de desarrollo sorprendente, o que se trataba de una raza de gigantes.

Se dio vuelo Roberto, fallecido hace ya muchos años, tomando fotos con sus tres cámaras de diferentes formatos que llevaba en su maletín con el esmero que lo caracterizaba, mientras yo me solazaba asombrado con las enormes figuras y hacía anotaciones para poder describirlas posteriormente. Se nos pasó el tiempo sin sentirlo. De modo de que eran ya casi las tres de la tarde cuando emprendimos el regreso, otra vez a lomo de mula. Fue agotador, por supuesto. Y cuando arribamos al lugar donde se hallaban el piloto y la avioneta, aquél nos apremió a decidir: nos quedamos aquí hasta mañana o partimos de inmediato, dijo. La causa era obvia: la luz solar se agotaba y era peligroso regresar en la penumbra a San Ignacio. Optamos por irnos, agotados y maltrechos como estábamos. Fue un error. La salida del cañón fue sobrecogedora, pues el piloto tenía que ir midiendo la distancia de las alas con los acantilados. Salimos por fin y enfilamos a nuestro destino, distante unos 80 kilómetros. Caía la tarde. Oscurecía ya cuando el aviador nos pidió ayuda para localizar una gasolinera que está a las afueras de San Ignacio y que era el punto de referencia para la pista de aterrizaje. No se veía nada. En la radio no contestaba el operador del hotel.

El combustible se agotaba mientras nuestra aeronave daba vueltas en círculo. Fueron unos minutos terribles, sin que nadie hablara.  Nos dábamos cuenta que estábamos en peligro de un accidente fatal. Sólo el ronroneo del motor, monótono, mientras caía la noche… Y de pronto, una luz: “¡la gasolinera!”, gritó el piloto en el momento en que se escuchó al operador de la radio: “¡adelante!, ¡adelante!”. El piloto le pidió que de inmediato enviara a dos taxis para que se colocaran en la cabecera de la pista, que por supuesto carecía de iluminación, con las luces encendidas. La pista estaba a la vista, entre la penumbra; pero los autos no llegaban. El piloto tomó la decisión y se perfiló para aterrizar prácticamente a oscuras. Lo logró, claro (de lo contrario no les estaría contando esta historia). Dio dos, tres tumbos y se detuvo en el momento en que aparecían los taxis… Trepamos  en uno de ellos y al llegar al hotel Bolaños y yo corrimos al bar. Ahí estaba ya el piloto, en la barra, apurando un whisky Etiqueta Negra derecho, en lo que lo imitamos de inmediato. Los tres brindamos por nuestra aventura. “Estuvimos cerquita…”, dijo el piloto con una sonrisa pícara. Estábamos vivos… y teníamos el reportaje. Válgame.          

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