Ciudad de México, enero 25, 2021 04:38
Mariana Leñero Opinión

Por qué corres Mariana…

En la película, de un momento a otro, Forrest Gump se detiene. Ha terminado y vuelve a casa. Yo aún no estoy lista. Yo quiero seguir corriendo.

Mariana Leñero

Hace varios años que comencé a correr.  Era esa época en que mis hijas dejaban de ser niñas y el tiempo destinado a sus cuidados comenzaba a sentirse incómodamente vacío e insulso.

Tengo presente el mismísimo día que me lancé a hacerlo. No llevaba ropa de ejercicio; sólo pantalones de mezclilla y tenis. Mis hijas, en bicicleta, platicaban con sus amigas adelante de mí. Había insistido en acompañarlas porque se hacía de noche.   

No pasó mucho tiempo cuando fue evidente que Regina y Sofía ya no podían esperarme. Se iban alejando felices, hablando de “no sé qué” con sus amigas.   Mis pasos se dieron por vencidos antes de salir a su alcance.

Recuerdo el instante en que Regina volteó a verme; había un aire de disculpa por el atrevimiento natural de salir a crecer.  Las impulsé a seguir mientras papaloteaba mi mano disfrazada de aire festivo.

–¿Ahora que chingados hago?–, recuerdo que me pregunté. 

Antes de contestar y sin pensar, me lancé a correr hacia el lado contrario del camino.  Ahora que lo escribo, más que una imagen poética o metafórica se desdoblaba una imagen que reclamaba auxilio, una imagen de emergencia. Una madre que sale corriendo disparada para el otro lado, sin saber a dónde, pero sabiendo que hay que salir.

–¡Corre,  Mariana, corre!

Pienso que había algo de Forrest Gump en mí. Ese maravilloso personaje de película  que repentinamente decide lanzarse a correr,  sin razón.  Atraviesa calles, carreteras, lugares, ciudades, con paso firme y mirada al frente. No sabemos sus razones, algunos se las inventan pero él simplemente sigue corriendo. A Forrest Gump le crecía la barba, su ropa se hacía vieja, diferente y mientras tanto permanecía en el camino corriendo.

Y no es porque pedantemente me quiera comparar con el personaje de una película. Simplemente porque en el momento en que busco las razones que me llevaron a comenzar a correr, pensé en él. Correr y correr y seguir corriendo. 

–¡Corre,  Mariana, corre!

Correr para hacer tratos con la vida para seguir moviéndome. Para huir de la ausencia pero también en honor a ella.  Correr por lo que ya no es y por lo que sigue siendo. Para reconocer ese nuevo olor que nace en mí de esa quien soy ahora. No del sudor que salía por empujar columpios, apurarme a recitales, o enseñar a andar en bicicleta.

Correr para no morirme de miedo y encontrar mi camino, para disfrazar las penas y encontrar consuelo. Correr para que el final de la ruta, recuerde que estoy viva y que tengo miedo pero también tengo huevos o mejor dicho ovarios.

Y claro, correr también para chingarme a los años. Que no se asienten en mis caderas, en la poca cintura que me queda o en las arrugas que ya no son de sol sino de años.

Correr para que la edad no me pegue de frente sino de pasadita, así como la brisa; para poder decir que me pegan los años pero los troto con orgullo. 

Correr para encontrarme con mis hijas después de su jornada, al otro lado del camino. No antes, no detrás, no después; darles su espacio y crear el mío, uno nuevo sin ellas, descubriendo su libertad y reconociendo la mía.   

En la película, de un momento a otro, Forrest Gump se detiene. Ha terminado y vuelve a casa. Yo aún no estoy lista. Yo quiero seguir corriendo. No sé por cuánto tiempo me aguanten las piernas y los huesos, pero por mientras lo celebro.  

–¡Corre, Mariana, corre!  

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