Aunque la Guardia Nacional no se haya desplegado como tal en Palenque, en la entrada de este pueblo maya está migración, la policía federal y la policía militar, sin el brazalete que los identifica. Recién asumirán su nuevo papel a partir del 1 de julio, cuando lleguen los cascos y las nuevas instrucciones. 

Sin embargo, hay otras trancas que mantienen a la gente varada en México, que tienen que ver con las políticas tomadas durante los últimos días: la obligación impuesta a las compañías de transporte de exigir documentos antes de vender pasajes (en algunos sitios, hasta para entrar a la sala de espera de los autobuses, como en Villahermosa, Tabasco) ha recortado las opciones incluso de aquellos que habían obtenido sus visas humanitarias en instancias previas, y que ya no son reconocidas como válidas para abordar el transporte público.

Fotografías y Texto: ERNESTO ÁLVAREZ

En la colonia Pakal-Na, muy cerca del albergue “Casa del caminante”, puede verse graficada la situación en la que los migrantes han quedado divididos: en una pequeña plaza pública, desparramados en la sombra de los árboles frondosos, los solicitantes de refugio en México, añoran que el tiempo pase rápido. Dos cuadras más abajo, el resto, los que “van para arriba” aguardan el paso de “la Bestia” que les de el jalón. Hay niños, mujeres, adolescentes, hombres jóvenes con sus novias y otros mayores, viajando solos.
Hay personas que llevan más de siete días esperando el paso del tren, que en su última salida se llevó a 300 de sus compañeros: unos 45 minutos después de treparse al techo, cuando la máquina empezaba a correr, mientras el viento se les metía por cada poro y rendija de la ropa, llegó el operativo. Todos los que esperan en la vía saben que el retén se monta a la altura de la Cementera y que días atrás, los que se subieron fueron detenidos. Sin embargo, sólo unos pocos han avanzado caminando ante la desesperación por no sentir el temblor que la maquinaria bestial causa en las vías de fierro donde descansan.
Uno de los hombres que espera relató cómo vio pasar a las patrullas del Ejército y la policía federal y decidió no subirse al tren que pasó ese domingo. Por eso sigue libre y no deportado o detenido en la estación migratoria de Palenque como los otros.
Hay, también, algunos pocos que lograron salir de esa estación donde -según relataron los migrantes- albergaba entre 300 y 400 personas a finales de mayo, cuando su capacidad locativa no es mayor a las 80.
Así lo relató Emilio, un nicaragüense, solicitante de asilo en México que pasó casi todo el mes de mayo encerrado en ella. Relató cómo durante los primeros diez días nadie le decía si su solicitud iba a proceder o no, hasta que expresó su situación a un integrante de ACNUR, que visitó esta cárcel para migrantes. Entonces, finalmente, logró su libertad. Desde entonces, cada semana, debe presentarse a estampar su firma ante la oficina local del Instituto Nacional de Migración, para que su solicitud de asilo no caiga. Aunque ha pedido que se traslade su trámite a otro estado de la República mexicana, se lo han negado.
Otras, como una pareja de mujeres hondureñas que descansa en el banco, buscan un espacio para ejercer su decisión de amarse libremente. Como pareja homosexual han sufrido persecución y maltrato, por lo que han decidido pedir refugio en México. Ellas acaban de iniciar su trámite y llevan apenas un par de firmas estampadas en la oficina de “la migra”. La voluntad de conseguir un espacio mejor para ellas y sus hijos (cada quien trae a su hijo consigo, menor de edad) hace que busquen la manera de sobrevivir sin ningún tipo de apoyo, en el largo plazo que les espera por delante.
Aunque oficialmente la Comisión mexicana de ayuda al refugiado tiene un máximo de 90 días para concluir el trámite y dar respuesta a cada pedido, lleva casi 30,000 solicitudes retrasadas de años previos, además de otras 24,000 que recibió en lo que va del año 2019. Una de esas solicitudes es la de esta pareja de mujeres, que argumentó la discriminación por su orientación sexual como motivo para que se les permita vivir en México. Un lugar “más libre” de lo que les tocó en el norte hondureño, donde se cambiaron varias veces de ciudad, sin suerte.
Por lo pronto, no tienen ingresos (no se les dan documentos provisorios que les permiten trabajar) y tampoco han conseguido el apoyo que ACNUR brinda a los solicitantes de asilo, de 3,000 pesos mexicanos durante tres meses (el plazo oficial para obtener respuesta de la Comar)
Mientras tanto, alternan las noches en la plaza con las que consiguen sitio en el albergue. Buscan apoyo entre los vecinos o piden dinero si hace falta, porque a pesar de los sucesivos planes anunciados, ninguno ha contemplado el limbo de los solicitantes de refugio, que han quedado olvidados en el mar de cosas con y sin fundamento que se dicen sobre ellos. “Cada uno de nosotros trae una historia como para hacer un libro”, dice la más joven de las muchachas, mientras abre una sonrisa amplia y esperanzada, de encontrar en México un pedacito de libertad que hasta ahora, se les ha negado.
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