Cada día, pone el texto de Dana Estrada,  es una ardua lucha contra su propio cuerpo, mover aunque sea unos centímetros los pies, las manos, la cabeza; cada músculo es un gran logro porque el paso del tiempo es duro y avasallante para los adultos mayores que son diagnosticados con ese temible mal.

Una joven bailarina tapatía se ha empeñado en ayudar a los abuelitos. Foto: Enrique Ordoñez. 

 

Sin embargo, desde hace cinco años, una joven bailarina oriunda de Guadalajara, Brandy Ruvalcaba, se ha empeñado en no dejar dormir el cuerpo de estos abuelitos, con Tangoterapia, un baile que no sólo les ofrece movimiento, sino, un grupo de apoyo, seguridad y autoestima.

Brandy, a pesar de contar hoy en día con un cuerpo ágil, sabe muy bien lo que significa no tener movilidad, pues nació con problemas de malformación en sus piernas y eso la imposibilitó, durante mucho tiempo, en cumplir su sueño de ser bailarina. Sin embargo, con una dura práctica y dedicación, lo logró. Eso es lo que quiere transmitir cada jueves a un grupo de ancianitos con este mal.

Añade el reportaje que las clases de esta joven se imparten cada jueves de 9:30 a 11:00 de la mañana en la ‘Asociación Mexicana del Parkinson’, ubicada en General Emiliano Zapata 115, colonia Portales de la alcaldía Benito Juárez, a donde llegan personas del Edomex y la Ciudad de México.

Tangoterapia. Ayuda a personas mayores con Parkinson. Foto: Enrique Ordoñez.

 

El alumno más destacado y aplicado de la clase de Tangoterapia es don Omar, de 67 años, quien viaja con todas las dificultades que representa el transporte público para su salud, desde Naucalpan, Estado de México. Y es que no se puede dejar caer, porque de él y su trabajo como artesano depende su madre, una mujer de 87 años.

Don Omar tiene dormida una parte de su cuerpo que le impide caminar y hablar libremente. Sin embargo, se las ingenia para elaborar sus figuritas de madera, pintarlas y escribir una dedicatoria. Después de su terapia, sale por toda la Ciudad de México para venderlas, porque en su familia no hay otro sustento económico que le permita parar.

Mario Alvarado Alcocer, pone el texto, aún está recio, su cuerpo es ancho y aunque en las últimas semanas no le ha respondido muy bien, ocasionándole una parálisis donde pierde por completo la fuerza y capacidad de ponerse de pie, intenta mantenerse despierto y ágil.

Mario era un boxeador de los picudos. Hace siete años le diagnosticaron Parkinson y no lo podía creer, ni lo quería aceptar. No quería saber nada de la enfermedad, incluso fue con brujos para que le quitaran el mal que estaba terminando con su fuerza y músculos, pero nada de eso funcionó, hasta que el tango llegó a su vida. hora, asiste cada jueves a clase, tiene amigos y una profunda admiración hacia Brandy.

Otro caso es el de Lalita, una mujer menudita y pequeña, que tiene 68 años de edad, y más de 10 de ellos con Parkinson. Es bailarina por naturaleza; aunque el lado derecho de su cuerpo y su equilibrio ya están dañados, le emociona bailar tango, porque la mantiene de buen humor, se siente útil y además hace buenos amigos.

“Para mí es importante bailar porque mis músculos no se atrofian. Disfruto mucho bailar, y cuando nos subimos a un escenario y recibimos aplausos se siente más bonito, porque muchas veces cuando nos dicen que estamos enfermos nos dejamos caer“, comentó Lalita.

Cuando no está en clase ella practica en su casa porque sabe que si no lo hace, su cuerpo se adormece, además de que se pondría triste y sus deseos de echarle ganas, disminuirían.

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francisco

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